Hay pérdidas que dejan preguntas. Y hay pérdidas en las que las preguntas parecen que se quedan para siempre.
Después de un suicidio pueden aparecer una y otra vez las mismas: «¿Por qué?», «¿cómo no me di cuenta?», «¿y si hubiera llamado ese día?», «¿y si hubiera dicho otra cosa?».
Buscar una explicación tiene sentido. Cuando ocurre algo que rompe de golpe nuestra manera de entender lo que estaba pasando, intentamos reconstruir la historia. Volvemos a conversaciones, mensajes, recuerdos y momentos que antes parecían normales buscando una pieza que quizá se nos escapó.
El problema es que esa reconstrucción no termina en una respuesta que cierre todo.
Y por esto, en el duelo por suicidio pueden aparecer con especial fuerza la culpa, la vergüenza, la necesidad de entender lo ocurrido y la sensación de rechazo o incomodidad por parte de los demás (Hanschmidt et al., 2016; Wagner et al., 2021).
Aprender a convivir con algunas preguntas abiertas también puede formar parte del duelo.
Cuando el pasado se convierte en una investigación
Después de la muerte es fácil mirar hacia atrás con información que antes no teníamos.
Una conversación que entonces parecía una conversación cualquiera ahora puede adquirir otro significado. Una frase se relee de otra manera. Un día en el que no llamaste puede convertirse en «tenía que haber llamado».
Y empiezan los «y si…».
La culpa es una reacción especialmente frecuente después de una muerte por suicidio. Puede aparecer alrededor de lo que hicimos, lo que no hicimos, lo que creemos que deberíamos haber visto o incluso por seguir adelante después de la muerte.
Wagner y colaboradores (2021) estudiaron a 154 adultos que habían perdido a alguien por suicidio y encontraron que una mayor culpa se relacionaba con más síntomas de depresión, duelo prolongado y estrés postraumático. El estudio no permite decir que la culpa sea la causa de esos problemas, pero sí señala hasta qué punto puede convertirse en una parte importante del sufrimiento.
Sentirse culpable, sin embargo, no significa haber sido responsable.
Nuestro conocimiento de hoy puede hacernos creer que en aquel momento «era evidente». Pero nosotros conocemos el final de la historia. La persona que éramos entonces, no.
El «por qué» quizá no tenga una única respuesta
A veces buscamos una explicación porque imaginamos que, si conseguimos encontrarla, todo encajará un poco mejor.
El problema aparece cuando esa búsqueda se convierte en una obligación: tengo que entender exactamente por qué ocurrió para poder seguir adelante.
Puede que lleguemos a comprender muchas cosas de lo sucedido. Puede que con el tiempo aparezca información que ayude a ordenar parte de la historia. Pero también puede haber pensamientos, emociones o experiencias de la persona fallecida a los que nunca tendremos acceso completo.
Eso puede ser especialmente difícil de aceptar cuando la pregunta parece necesitar urgentemente una respuesta.
Entender una muerte no siempre significa encontrar una causa que cierre la historia. A veces significa poder construir una explicación suficientemente amplia para seguir viviendo sin tener que resolver cada incógnita.
No porque las preguntas dejen de importar, sino porque nuestra vida no puede quedarse permanentemente esperando una respuesta que quizá nadie pueda darnos.
Y encima, a veces cuesta hablar de ello
El duelo ya puede ser solitario. El estigma puede hacerlo todavía más.
Una revisión sistemática encontró experiencias de vergüenza, culpa, sensación de ser juzgado, rechazo y evitación entre personas que habían perdido a alguien por suicidio. Algunas terminaban ocultando cómo había ocurrido la muerte, hablando menos de ella o alejándose de otras personas (Hanschmidt et al., 2016).
No siempre hablamos de alguien diciendo algo cruel de forma explícita.
A veces el estigma se parece más al silencio. Gente que cambia de tema. Personas que dejan de preguntar. Amigos que no saben qué decir y terminan evitando la conversación. O la sensación de que puedes hablar de cuánto echas de menos a esa persona, pero no de cómo murió.
Una revisión mucho más reciente reunió 100 estudios sobre el estigma relacionado con el suicidio. Los resultados no fueron idénticos en todos ellos, pero el patrón más habitual relacionaba un mayor estigma con más dificultades emocionales, problemas en el duelo y menor búsqueda de ayuda. Entre las personas en duelo por suicidio aparecían con frecuencia sentimientos de culpa, vergüenza, rechazo y responsabilidad (Wyllie et al., 2025).
Cuando hablar parece incómodo para los demás, es fácil acabar pensando que es mejor no hablar.
La Organización Mundial de la Salud señala precisamente que los espacios de apoyo tras una muerte por suicidio pueden ayudar a romper ese silencio y reducir el estigma, ofreciendo un lugar donde hablar abiertamente del duelo.
Estar muy afectado no significa estar haciendo mal el duelo
Una muerte por suicidio puede tener algunas características especialmente difíciles, pero eso no significa que todas las personas que pasan por ella vayan a desarrollar un problema psicológico.
El duelo sigue siendo duelo: tristeza, añoranza, rabia, desconcierto, recuerdos que aparecen cuando menos toca y días en los que parece que has avanzado mucho seguidos de otro en el que vuelves a sentirte desbordado.
Al mismo tiempo, conviene prestar atención a quien queda.
En un estudio con 3.432 jóvenes que habían sufrido una muerte repentina, quienes habían perdido a alguien por suicidio mostraron una mayor probabilidad de haber realizado posteriormente un intento de suicidio que quienes habían sufrido una muerte repentina por causas naturales. Esa diferencia no apareció al compararlos con otras muertes repentinas no naturales, y el propio estudio encontró que el estigma podía estar desempeñando un papel importante (Pitman et al., 2016).
No es una razón para mirar cada duelo con miedo. Es una razón para no olvidarnos de cuidar también a las personas que permanecen aquí.
La terapia no puede darte la respuesta que falta, pero sí ayudarte a vivir con ella
Un proceso terapéutico no puede saber qué estaba pensando otra persona ni reconstruir con certeza todo lo que ocurrió.
Pero sí puede ayudarte a mirar con algo más de distancia esas preguntas que aparecen una y otra vez. A diferenciar entre lo que sabes y lo que la culpa ha ido rellenando después. A poner palabras a la rabia, la tristeza o la vergüenza. Y también a entender que seguir viviendo no significa dejar atrás a la persona que has perdido.
Desde enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), aprendemos a relacionarnos con nuestros pensamientos de otra manera. Que aparezca «tenía que haberme dado cuenta» no obliga a convertir esa frase en una sentencia sobre ti. Que todavía duela no significa que estés haciendo algo mal.
También puede haber espacio para recuperar poco a poco partes de tu vida que han quedado congeladas alrededor de la pérdida: volver a acercarte a otras personas, retomar cosas importantes para ti, permitirte momentos agradables sin sentir que estás traicionando a nadie o encontrar una forma de mantener el vínculo con quien murió que no dependa únicamente del último capítulo de su vida.
No existe un camino idéntico para todo el mundo, pero sí hay cosas que pueden ayudar: poder hablar sin sentirte juzgado, revisar la culpa con más perspectiva, recuperar apoyo, entender mejor tus propias reacciones y volver a tomar decisiones que te acerquen a la vida que quieres seguir construyendo.
Tal vez algunas preguntas encuentren respuesta. Otras cambiarán con el tiempo. Y puede que alguna siga ahí.
El objetivo no tiene por qué ser cerrarlas todas.
Puede ser conseguir que esas preguntas puedan acompañarte sin decidir por ti cómo tiene que ser el resto de tu vida.
Si sientes que este duelo está ocupando demasiado espacio y te gustaría poder hablarlo con un profesional, puedes solicitar una sesión de acogida gratuita para contar tu situación y orientarte sobre qué tipo de apoyo podría encajar contigo, sin compromiso.
Si después de una pérdida estás pensando en suicidarte o temes poder hacerte daño, en España puedes llamar al 024, de forma gratuita y confidencial, las 24 horas del día. Ante una emergencia inmediata, llama al 112.
Referencias
Hanschmidt, F., Lehnig, F., Riedel-Heller, S. G., & Kersting, A. (2016). The stigma of suicide survivorship and related consequences—A systematic review. PLOS ONE, 11(9), e0162688. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0162688
Pitman, A. L., Osborn, D. P. J., Rantell, K., & King, M. B. (2016). Bereavement by suicide as a risk factor for suicide attempt: A cross-sectional national UK-wide study of 3432 young bereaved adults. BMJ Open, 6(1), e009948. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2015-009948
Wagner, B., Hofmann, L., & Grafiadeli, R. (2021). The relationship between guilt, depression, prolonged grief, and posttraumatic stress symptoms after suicide bereavement. Journal of Clinical Psychology, 77(11), 2545–2558. https://doi.org/10.1002/jclp.23192
Wyllie, J. M., Robb, K. A., Sandford, D., Etherson, M. E., Belkadi, N., & O’Connor, R. C. (2025). Suicide-related stigma and its relationship with help-seeking, mental health, suicidality and grief: Scoping review. BJPsych Open, 11(2), e60. https://doi.org/10.1192/bjo.2024.857
