Por qué preferimos que se hunda el barco llevando la razón antes que tener que reconocer el error y salvarnos: La base científica de nuestra tozudez.
¿Hay algo más ridículamente gratificante en las interacciones sociales que soltar un «te lo dije»?
Los seres humanos preferimos, con alarmante frecuencia, hundirnos con el barco de nuestras propias convicciones antes que reconocer que estábamos equivocados, reflexionar y pedir que nos hagan sitio en el bote salvavidas.
Somos capaces de celebrar una pérdida económica, una infidelidad o cualquier otro conflicto si eso confirma algo que llevábamos tiempo pensando.
Recuerdo varias situaciones en mi vida en las que tener razón suponía aceptar la llegada de una auténtica tragedia.
Saber que la persona a la que amaba nunca volvería a contactar conmigo. Intuir que me iban a despedir de mi trabajo. Convencerme de que iba a suspender el examen de conducir.
Y, a pesar de todo el sufrimiento que esas situaciones implicaban, había una pequeña parte de mí que celebraba haber acertado.
¿Por qué ocurre esto?
La respuesta no tiene que ver únicamente con el orgullo ni con un defecto de personalidad. En realidad, existen varios mecanismos psicológicos que explican por qué nos aferramos tanto a nuestras propias conclusiones.
1. La necesidad de control
Nuestro cerebro odia la incertidumbre.
Aunque una noticia sea negativa, resulta menos angustiante sentir que la vimos venir que enfrentarnos a la sensación de no saber qué va a ocurrir.
Cuando acertamos una predicción, incluso una desagradable, sentimos que tenemos cierto control sobre el mundo que nos rodea. Y eso nos aporta una sensación de seguridad.
2. El ego
Reconocer que nos hemos equivocado no siempre es fácil.
Si creemos que algo malo va a ocurrir y finalmente sucede, una parte de nosotros interpreta ese acierto como una demostración de inteligencia, experiencia o capacidad de observación.
Lo mismo sucede cuando atribuimos determinados comportamientos a otras personas y estos terminan confirmándose.
Aunque el resultado sea doloroso, nuestro ego encuentra una pequeña recompensa en la idea de haber sido capaces de verlo antes que los demás.
3. La necesidad de coherencia
Las personas necesitamos que nuestra visión del mundo tenga sentido.
Por extraño que parezca, a veces resulta más cómodo pensar que «el mundo es injusto» o que «la gente siempre decepciona» que aceptar que la realidad es impredecible y compleja.
Las creencias negativas también pueden proporcionar una sensación de orden.
Por eso algunas personas terminan adoptando el «piensa mal y acertarás» como una especie de filosofía de vida. No porque les haga más felices, sino porque reduce la incertidumbre.
4. La profecía autocumplida
Este es probablemente el mecanismo más peligroso de todos.
Las experiencias dolorosas del pasado pueden convertirse en predicciones sobre el futuro.
Si sufrimos una traición, un despido o una relación especialmente dañina, es normal que nuestra mente intente protegernos anticipando que algo parecido volverá a ocurrir.
El problema aparece cuando dejamos de interpretar esas ideas como posibilidades y empezamos a vivirlas como certezas.
Entonces actuamos desde el miedo, la desconfianza o la ansiedad, aumentando sin querer las probabilidades de que nuestros temores terminen influyendo en lo que ocurre.
Es lo que conocemos como profecía autocumplida.
Cuando tener razón nos hace daño
El problema no es querer entender el mundo.
El problema aparece cuando la necesidad de tener razón es tan fuerte que preferimos confirmar nuestros peores pronósticos antes que permitirnos descubrir que estábamos equivocados.
Porque, en ocasiones, equivocarnos habría sido la mejor noticia posible.
Si notas que los pensamientos catastróficos aparecen con frecuencia, que anticipas constantemente resultados negativos o que experiencias dolorosas del pasado siguen condicionando tu forma de relacionarte con el presente, la terapia psicológica puede ayudarte a comprender qué está ocurriendo y a desarrollar herramientas para gestionar esos patrones de pensamiento de una manera más saludable.
Si crees que este puede ser tu caso, puedes reservar una sesión de acogida gratuita en el siguiente enlace.
