¿Qué es más fácil? ¿Encontrarte a un unicornio o a una persona en una sala de espera sin mirar el móvil?
Lo hacemos en todas partes. En una terraza, en el parque, en el coche, en el bus y hasta durante una comida familiar.
Salvo que hayas conseguido ser un alma zen, perteneces a ese grupo de personas para las que cualquier hueco se ha vuelto insoportable. No es que sea un gran vacío existencial, ni una crisis profunda, ni es una tarde entera sin planes. Hablamos de treinta segundos sin estímulo. Treinta segundos en los que no pasa nada. Y aun así algo dentro te inquieta.
La mano busca el móvil antes incluso de que hayamos pensado en buscarlo.
No siempre buscamos entretenimiento.
A veces buscamos no quedarnos a solas con un hueco.
Y quizá ahí empieza el problema: no en aburrirnos, sino en el miedo automático que nos da
aburrirnos un poco.
Lo que vemos cuando desaparecen los estímulos
En consulta, muchas personas no hablan de «miedo al aburrimiento». Hablan de no poder
quedarse quietas, de necesitar ruido de fondo, de comprobar el móvil sin darse cuenta o de notar
que, cuando todo se calla, aparecen pensamientos que llevaban horas intentando mantener lejos.
Esto no convierte cualquier uso del móvil en un problema. Tampoco significa que debamos
disfrutar siempre del silencio. La cuestión es otra: cuánto margen tenemos para elegir y cuánto
sentimos que necesitamos escapar en cuanto aparece un pequeño hueco.
El aburrimiento no es el enemigo
Durante mucho tiempo hemos entendido el aburrimiento como algo que hay que eliminar. Como
si aburrirse fuera una pérdida de tiempo, una señal de pereza o una especie de fallo personal.
Pero el aburrimiento no aparece porque sí.
Westgate y Steidle (2020) explican que el aburrimiento funciona como una señal: nos avisa de
que algo no está captando bien nuestra atención o no nos está resultando significativo. Es como
una lucecita interna que dice: «Oye, aquí hay algo que no te está implicando».
Y visto así, el aburrimiento no es tan inútil.
Puede ser incómodo, sí. A veces incluso desesperante. Pero también puede ayudarnos a darnos
cuenta de que algo no encaja: la actividad, el contexto, el ritmo o simplemente la manera en la
que estamos intentando estar en ese momento.
El problema no es aburrirse un rato.
El problema es que cualquier mínimo aburrimiento nos parezca una amenaza.
El terror de los huecos
Hay algo muy actual en no saber qué hacer con los espacios vacíos.
Ese minuto antes de que empiece una reunión; la espera en el ascensor; el trayecto corto en
autobús; ese silencio raro cuando una conversación baja de intensidad.
Son huecos pequeños.
Antes quizá mirábamos alrededor, pensábamos en nuestras cosas, nos perdíamos un poco o,
sencillamente, esperábamos. Ahora muchos de esos huecos se cierran al instante con una pantalla.
Hsee, Yang y Wang (2010) hablaron de la aversión a la inactividad: esa tendencia a preferir estar
haciendo algo antes que no hacer nada, pero necesitando además una excusa que lo justifique. No
basta con moverse; muchas veces necesitamos sentir que ese movimiento tiene algún sentido.
Quizá por eso nos cuesta tanto estar quietos.
No quietos durante una semana en una cabaña sin cobertura. Quietos durante cuarenta segundos.
Que parece poco, pero a veces se nos hace eterno.
Estar contigo también puede resultar incómodo
Hay un estudio muy conocido de Wilson y sus compañeros (2014) en el que pidieron a varias
personas que pasaran unos minutos solas, sin hacer nada más que pensar. Para muchas, la
experiencia resultó poco agradable. En uno de los experimentos, algunos participantes llegaron a
administrarse una pequeña descarga eléctrica durante ese tiempo.
No hace falta llevarlo a ese extremo para entender la idea.
A veces no escapamos del aburrimiento porque el aburrimiento sea terrible. Escapamos porque,
cuando no hay estímulos fuera, empezamos a escuchar lo que hay dentro.
Y eso puede ser incómodo, porque pueden aparecer preocupaciones, cansancio o conversaciones
pendientes.
Por eso el móvil funciona tan bien.
Porque ofrece una puerta de salida inmediata:
- Un vídeo.
- Otro vídeo.
- Un mensaje.
- Una noticia.
Cualquier cosa antes que quedarnos un momento ahí.
Cambiar de vídeo no siempre ayuda
Lo curioso es que muchas de las cosas que usamos para escapar del aburrimiento no siempre lo
reducen. A veces lo aumentan.
Tam e Inzlicht (2024) estudiaron algo que hacemos constantemente: saltar de un contenido a otro,
cambiar de vídeo, adelantar, pasar al siguiente, buscar algo más entretenido. Encontraron que
solemos hacerlo para evitar aburrirnos, pero muchas veces acabamos sintiéndonos más aburridos,
menos satisfechos y menos implicados con lo que estamos viendo.
Tiene sentido.
Si cada vez que algo no nos atrapa en tres segundos pasamos a otra cosa, acostumbramos a
nuestra atención a no quedarse en ningún sitio. No llegamos a entrar del todo en una película, en
una lectura, en una conversación o en una canción, porque siempre existe la posibilidad de que
haya algo más estimulante en otra parte.
Y cuando todo puede ser cambiado al instante, cualquier cosa empieza a parecernos insuficiente.
No porque lo sea.
Sino porque nuestra atención ya está con un pie fuera.
El bolsillo como salida de emergencia
No se trata de demonizar el móvil. El móvil sirve, ayuda, conecta, entretiene y muchas veces nos
facilita la vida.
Pero una cosa es usarlo y otra muy distinta es necesitarlo cada vez que aparece un pequeño
hueco.
Castelo y sus compañeros (2025) estudiaron qué ocurría cuando se bloqueaba el acceso a internet
móvil en el teléfono durante dos semanas. En conjunto, observaron mejoras en la atención
sostenida, el bienestar subjetivo y varios indicadores de salud mental. Los cambios se
relacionaron parcialmente con menos consumo de medios, mayor conexión social, más
autocontrol y más horas de sueño.
Esto no significa que tengamos que vivir sin internet ni tirar el teléfono por la ventana. Tampoco
permite afirmar que el mismo efecto vaya a producirse igual en todas las personas.
Significa algo más sencillo: cuando no tenemos una vía de escape constante en el bolsillo,
empiezan a aparecer otras formas de estar.
A veces más lentas.
A veces menos brillantes.
A veces más incómodas al principio.
Pero también más presentes.
Aburrirse también se aprende
Elpidorou (2014) defiende que el aburrimiento puede tener una función positiva: empujarnos a
buscar algo que tenga más sentido para nosotros. No siempre hay que apagarlo rápido. A veces
conviene escucharlo.
Esto no significa idealizar el aburrimiento ni convertirlo ahora en una obligación espiritual. No
hace falta decir: «Me voy a aburrir todos los días veinte minutos porque lo pone en un estudio».
Por favor, no convirtamos también el aburrimiento en una nueva tarea.
Se trata más bien de recuperar la capacidad de no salir corriendo cada vez que aparece.
No todos los huecos hay que cerrarlos
Quizá el objetivo no sea aburrirnos más.
Quizá el objetivo sea tener menos miedo a aburrirnos.
Poder esperar sin sacar el móvil. Poder caminar cinco minutos sin llenar el silencio. Poder dejar
que una conversación tenga pausas. Poder mirar por la ventana sin convertir ese gesto en algo
útil, profundo o especialmente interesante.
Porque el aburrimiento no siempre anuncia un problema.
A veces solo marca una transición.
Un espacio entre una cosa y otra.
Y si no lo tapamos inmediatamente, quizá descubramos que no todos los huecos vienen a
quitarnos algo.
Algunos vienen a devolvernos presencia.
Cuando el problema no es el aburrimiento
Aburrirse de vez en cuando es una experiencia normal. Sin embargo, si cualquier momento sin
estímulos activa ansiedad intensa, rumiación, recuerdos dolorosos o una necesidad de evasión que
interfiere con el descanso, el sueño, el trabajo o las relaciones, puede ser útil pedir ayuda
profesional.
La terapia no consiste en obligarte a estar en silencio ni en quitarte el móvil. Puede ayudarte a
entender qué aparece cuando paras y a ampliar tu capacidad para permanecer con esa experiencia
sin tener que escapar de ella automáticamente.
Referencias
Castelo, N., Kushlev, K., Ward, A. F., Esterman, M., & Reiner, P. B. (2025). Blocking mobile internet on
smartphones improves sustained attention, mental health, and subjective well-being. PNAS Nexus, 4(2), pgaf017.
https://doi.org/10.1093/pnasnexus/pgaf017
Elpidorou, A. (2014). The bright side of boredom. Frontiers in Psychology, 5, 1245.
https://doi.org/10.3389/fpsyg.2014.01245
Hsee, C. K., Yang, A. X., & Wang, L. (2010). Idleness aversion and the need for justifiable busyness. Psychological
Science, 21(7), 926-930. https://doi.org/10.1177/0956797610374738
Tam, K. Y. Y., & Inzlicht, M. (2024). Fast-forward to boredom: How switching behavior on digital media makes
people more bored. Journal of Experimental Psychology: General, 153(10), 2409-2426.
https://doi.org/10.1037/xge0001639
Westgate, E. C., & Steidle, B. (2020). Lost by definition: Why boredom matters for psychology and society. Social
and Personality Psychology Compass, 14(11), e12562. https://doi.org/10.1111/spc3.12562
Wilson, T. D., Reinhard, D. A., Westgate, E. C., Gilbert, D. T., Ellerbeck, N., Hahn, C., Brown, C. L., & Shaked, A.
(2014). Just think: The challenges of the disengaged mind. Science, 345(6192), 75-77.
https://doi.org/10.1126/science.1250830
