Cada vez más personas utilizan la inteligencia artificial para trabajar, estudiar, organizar su vida e incluso tomar decisiones personales. ChatGPT, Gemini, Grok, Claude y otros asistentes virtuales prometen ahorrar tiempo, reducir errores y aumentar nuestra productividad. Y lo cierto es que cumplen buena parte de esas promesas.
¿Qué bien, no?
Sin embargo, varios hechos acontecidos y diversos estudios invitan a hacernos una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando dejamos que la inteligencia artificial piense por nosotros?
¿La IA nos está volviendo tontos?
La cuestión no es si la IA nos hace más eficientes. La cuestión es si el uso excesivo de la inteligencia artificial puede afectar a habilidades cognitivas fundamentales como el pensamiento crítico, la memoria o la toma de decisiones.
Y las primeras evidencias apuntan a que quizá deberíamos plantearnos cuándo usar la IA puede ayudarnos también a largo plazo, y cuando, por el contrario, nos está volviendo más tarumbas.
Cómo afecta la inteligencia artificial a la toma de decisiones
Tomar decisiones no siempre es agradable. De hecho, cuando tenemos que tomar una primera decisión en un nuevo escenario puede generarnos ansiedad porque significa salir de la zona de confort.
Elegir implica asumir riesgos, aceptar incertidumbre y convivir con la posibilidad de equivocarnos. Por eso nuestro cerebro busca constantemente formas de ahorrar esfuerzo mental.
Y en este contexto nuestro cerebro ve en la inteligencia artificial al Señor Lobo de Pulp Fiction:
“Soy el Señor Lobo, soluciono problemas”
No sabemos qué estrategia seguir en el trabajo. Preguntamos a la IA.
No sabemos qué comprar. Preguntamos a la IA.
No sabemos cómo responder a un correo delicado. Preguntamos a la IA.
No sabemos qué pensar sobre un tema complejo. También preguntamos a la IA.
Porque si no tengo que tomar decisiones, tengo menos estrés.
A simple vista parece una ventaja evidente. El problema aparece cuando dejamos de utilizar nuestro propio criterio y empezamos a delegar sistemáticamente nuestras decisiones.
Y es que, igual que los músculos se debilitan cuando dejan de utilizarse, las habilidades cognitivas van menguando si no las ejercitamos.
El estudio del MIT que encendió las alarmas
En 2025, investigadores del MIT Media Lab realizaron un experimento para analizar cómo influye ChatGPT en la actividad cerebral durante tareas de escritura.
Los participantes fueron divididos en varios grupos. Algunos escribían utilizando ChatGPT, otros recurrían a buscadores tradicionales y otros trabajaban sin ayuda tecnológica. Mientras realizaban la tarea, los investigadores registraban su actividad cerebral mediante electroencefalografía.
Los resultados fueron muy reveladores.
Los usuarios que utilizaban ChatGPT mostraron una menor implicación cognitiva durante la tarea y una actividad neural menos intensa que quienes trabajaban de forma autónoma. Además, muchos recordaban peor cada parte del contenido que acababan de producir.
Es importante matizar que los investigadores no concluyeron que la inteligencia artificial dañe el cerebro ni que vuelva menos inteligente a quien la utiliza. Lo que observaron fue algo más sutil: cuando una herramienta realiza una parte importante del trabajo mental, tendemos a involucrarnos menos en el proceso.
Y eso puede tener consecuencias a largo plazo.
El cerebro es eficiente, no ambicioso
Existe una idea equivocada sobre cómo funciona nuestra mente.
Nos gusta pensar que nuestro cerebro busca constantemente aprender, mejorar y desarrollar nuevas capacidades.
La realidad no te va a gustar
El cerebro tiende a ser un vago; siempre está buscando la manera de ahorrar energía.
Si encuentra una forma más sencilla de resolver un problema, la utilizará.
De ahí que no deleguemos únicamente cálculos o tareas mecánicas. Empezamos a delegar razonamientos, análisis, síntesis de información e incluso decisiones personales.
Y cuanto más cómodo resulta, más difícil se vuelve tomar nuestras propias decisiones.
Yo sabía andar antes, y ahora tengo que preguntarle a ChatGPT hasta cómo tengo que hacer para respirar
La IA es adictiva
Un peligro enorme que tiene la Inteligencia Artificial es que es terriblemente adictiva. Se presenta como un caramelo para un niño en una fiesta de cumpleaños. Nos da una respuesta instantánea, muy completa y que parece contrastada, ante cualquier problema que le planteemos, a cualquier hora del día.
A nuestro cerebro le encanta todo eso: Inmediatez, argumentación y disponibilidad
Sin embargo, como venimos adelantando, la falta de ejercicio no solo es mala para los músculos. También afecta a la mente…
¿Estamos perdiendo pensamiento crítico?
Cuando una respuesta llega redactada con seguridad, bien estructurada y aparentemente razonada, tendemos a cuestionarla menos.
Sin embargo, la IA también puede equivocarse.
Y a veces lo hace con una confianza sorprendente. Y si la pillas no se baja del burro. Hace lo que se conoce como «huida hacia delante». Todavía no la he visto reconocer errores. Si hubiera una Asociación de Cuñadismo, sería la presidenta.
Volviendo con la seriedad que caracteriza este artículo, tengo que señalar que existen varios estudios sobre automatización que han mostrado que los seres humanos solemos sobreconfiar en sistemas que percibimos como expertos o tecnológicamente avanzados.
Dicho de otro modo: cuanto más competente parece una herramienta, menos tendencia tenemos a verificar sus conclusiones.
Y eso puede llevarnos a sustituir el análisis propio por una aceptación automática de las respuestas.
Y es que también menos análisis es más comodidad. Es como cuando tenemos que aceptar las 27 páginas de Términos y Condiciones la próxima App que vamos a instalar en el móvil. Lo cómodo es “Aceptar” y seguir adelante. Lo difícil es pararse a comprobar qué estamos aceptando realmente.
Cómo usar la inteligencia artificial sin dejar de pensar
La solución no pasa por abandonar la inteligencia artificial.
Los avances tecnológicos bien utilizados pueden hacernos más productivos, sin dejar de esforzarnos.
La clave está en cómo la utilizamos.
Una estrategia sencilla consiste en responder primero y consultar después.
Antes de preguntar a la IA:
- Formula tu propia opinión.
- Propón una solución inicial.
- Toma una decisión provisional.
- Intenta resolver el problema con tu razonamiento.
Y solo entonces y de manera opcional, puedes usar la inteligencia artificial para contrastar, mejorar o ampliar tu conclusión.
De esta forma, la IA funciona como una herramienta de apoyo.
Lo importante es que aprendas a cambiar la manera en la que te relacionas con la IA para seguir afrontando la incertidumbre por ti misma.
El cambio constante que tanto nos preocupa es algo con lo que tenemos que aprender a vivir.
El verdadero problema
Si algo demuestra todo esto es que el verdadero problema no es la inteligencia artificial.
El problema es nuestra relación con la incertidumbre.
Muchas veces no buscamos respuestas porque seamos incapaces de encontrarlas por nosotros mismos. Las buscamos porque nos cuesta tolerar el malestar de no saber qué hacer, de equivocarnos o de tomar una decisión imperfecta.
Y, sin embargo, la incertidumbre forma parte de la vida. Ninguna tecnología podrá eliminarla por completo.
Aprende a vivir el cambio
Aprender a convivir con ella, gestionar la ansiedad que provoca y desarrollar confianza en nuestro propio criterio son habilidades que pueden marcar una enorme diferencia en nuestro bienestar psicológico.
Si quieres profundizar en este tema, te recomendamos Cuando nada es seguro, todo es posible, un libro que explora cómo afrontar la incertidumbre sin quedar paralizados por ella y cómo convertir aquello que no controlamos en una oportunidad de crecimiento personal.
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