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Última actualización: Febrero 2026
Amor propio y relaciones: cómo quererte sin dejar de querer a los demás | Eirene García
Índice
- El mito de «primero quiérete y luego podrás amar»
- El falso dilema: yo o los demás
- Señales de que te estás perdiendo en tus relaciones
- Cómo afecta la falta de amor propio a tus relaciones
- Amar desde otro lugar: qué cambia cuando te incluyes
- 4 claves para amar sin perderte
- Ejercicio: El mapa de tu amor
- Cuándo buscar ayuda profesional
- Preguntas frecuentes
El amor propio y las relaciones tienen una conexión más profunda de lo que parece. Y no, no me refiero al discurso de Instagram que dice que necesitas quererte del todo antes de querer a alguien. Me refiero a algo mucho más real y desordenado.
Hay una idea que flota en el ambiente y que, cada vez que la escucho, me chirría un poco:
«Primero quiérete. Hasta que no te quieras, no podrás querer a nadie.»
Suena bien. Queda bonito en un carrusel. Pero tiene un problema: es media verdad disfrazada de verdad entera. Y las medias verdades, en psicología, son peligrosas.
El mito de «primero quiérete y luego podrás amar»
Si fuera cierto que necesitas quererte completamente antes de poder amar a alguien, entonces casi nadie podría tener una relación sana. Porque casi nadie tiene su autoestima «resuelta» del todo. Y eso no es un fallo: es ser humano.
La realidad es más bonita y más desordenada que eso: se puede aprender a quererse mientras se quiere a otras personas. De hecho, muchas veces es en las relaciones donde descubrimos las heridas que necesitamos sanar.
Lo que la ciencia nos dice es diferente a lo que cuentan las frases motivacionales. La investigación sobre autocompasión de Kristin Neff muestra que el amor propio no es un interruptor de todo o nada. Es una práctica. Algo que se construye día a día, muchas veces en el contexto de nuestros vínculos con otras personas.
¿Significa esto que da igual cómo te trates? No. Lo que significa es que no necesitas tener la autoestima «perfecta» para merecer amor. Pero sí necesitas empezar a incluirte en la lista de personas a las que cuidas.
El falso dilema: yo o los demás
En consulta me encuentro con mucha gente que vive como si existieran solo dos opciones:
- O me dedico a los demás y me olvido de mí.
- O me priorizo a mí y soy egoísta.
Es un dilema falso, pero increíblemente extendido. Sobre todo en personas que han crecido en entornos donde cuidar era sinónimo de sacrificarse.
Recuerdo a alguien que vino a consulta agotado. Estaba volcado en su familia, su pareja, sus amistades. Siempre disponible. Siempre el primero en llamar, en ofrecer, en sostener. Y cuando le pregunté qué hacía por sí mismo, se quedó en blanco:
«No lo sé. Es que no me lo he preguntado nunca.»
No era que no se quisiera. Era que se había entrenado tan bien en querer a los demás que se había borrado del mapa. Y cuando eso pasa, no solo te vacías tú: las relaciones también se resienten, porque empiezas a dar desde la obligación, no desde el deseo.
Esto conecta directamente con lo que explico en el artículo sobre cómo te hablas por dentro cuando nadie escucha: la forma en que te tratas determina la forma en que te dejas tratar. Y si tu diálogo interno te dice que tus necesidades son menos importantes que las de los demás, tus relaciones van a reflejar exactamente eso.
Señales de que te estás perdiendo en tus relaciones
Perderte en una relación no siempre es evidente. A veces se disfraza de generosidad, de compromiso, de «es que yo soy así». Pero hay señales claras de que el equilibrio entre amor propio y relaciones se ha roto:
- Dices que sí cuando quieres decir que no, y luego te enfadas contigo.
- Antepones las necesidades de los demás de forma automática, no por elección, sino porque ni se te ocurre hacer otra cosa.
- Sientes que si dejas de dar, dejarán de quererte. Como si tu valor dependiera de lo que ofreces.
- Te cuesta recibir cumplidos, ayuda o atención sin sentir incomodidad.
- Cuando te preguntan «¿qué necesitas tú?», te quedas sin respuesta.
- No recuerdas la última vez que hiciste algo solo por ti, sin que estuviera relacionado con cuidar a alguien más.
Nada de esto te convierte en mala persona ni en alguien «roto». Simplemente es un patrón que aprendiste y que puedes desaprender. Si quieres profundizar en cómo se establecen estos patrones, te recomiendo el artículo sobre cómo poner límites para una mejor salud mental que publicamos en el blog.
Cómo afecta la falta de amor propio a tus relaciones

Cuando la relación contigo no está cuidada, tus relaciones con los demás se ven afectadas de formas que no siempre son obvias:
1. Das desde el vacío, no desde la abundancia
Hay una diferencia enorme entre dar porque quieres y dar porque necesitas que te quieran.
Cuando das desde el vacío, el amor se convierte en transacción: «yo te doy esto, y a cambio necesito que me valides, que no te vayas, que me demuestres que merezco la pena». Eso no es generosidad: es supervivencia emocional.No pones límites (o los pones con culpa)
Si no te priorizas, poner un límite se siente como un acto de egoísmo. Y eso hace que tragues con cosas que no deberías tragar. No porque la relación sea mala, sino porque no te has dado permiso para decir «esto no me vale». Si este tema te resuena, en cómo dejar de discutir con tu pareja hablo de las dinámicas que se generan cuando los límites no están claros.
2. Confundes amor con necesidad
Cuando no tienes una base sólida contigo, es fácil confundir la conexión genuina con la dependencia. Necesitar al otro para sentirte bien no es amor: es una señal de que algo dentro necesita atención.
3. Te pierdes
Poco a poco, sin darte cuenta, vas dejando de hacer lo que te gusta, de ver a tu gente, de tener opiniones propias. Te conviertes en un satélite de la otra persona. Y cuando un día te preguntas «¿quién soy yo sin esta relación?», la respuesta te asusta.
Amar desde otro lugar: qué cambia cuando te incluyes
Esto es lo que más me gusta trabajar en consulta, porque el cambio es profundo y visible:
Cuando una persona empieza a incluirse en su propia lista de gente a cuidar, sus relaciones no empeoran. Mejoran.
Porque deja de dar desde el miedo a perder y empieza a dar desde la elección. Deja de necesitar que la otra persona le complete y empieza a disfrutar de la conexión. Deja de callarse y empieza a comunicar.
Recuerdo perfectamente la sesión en la que aquella persona que no sabía qué hacía por sí misma, después de meses de trabajo, me dijo:
«El otro día le dije a mi pareja que necesitaba una tarde a solas. Y no me sentí culpable. Es la primera vez.»
Eso no es egoísmo. Es salud. Y la relación no se rompió por eso. De hecho, su pareja le dijo que le veía «más tranquilo, más real».
Porque cuando estás bien, el amor que das es de otra calidad. No es urgente, no es ansioso, no es desesperado. Es un amor que elige estar, no que necesita estar.
Esto es coherente con lo que trabajamos desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): actuar según tus valores, no según tus miedos. Cuando aprendes a identificar qué es importante para ti (y te incluyes en esa lista), tus relaciones se alinean con lo que de verdad quieres, no con lo que crees que deberías dar para ser querido.
4 claves para amar sin perderte

No voy a darte una lista de «10 pasos para amarte». Pero sí algunas claves que trabajamos en terapia y que puedes empezar a explorar:
1. Preguntarte qué necesitas (de verdad)
No qué deberías necesitar. No qué es razonable necesitar. Sino qué necesitas tú, ahora, sin filtros. A veces es descanso, a veces es silencio. A veces es que alguien te pregunte cómo estás y espere la respuesta real.
La investigación de la psicóloga Harriet Lerner, autora de La danza de la ira, lleva décadas mostrando cómo la dificultad para identificar y comunicar necesidades propias erosiona las relaciones. El primer paso no es pedir: es saber qué necesitas.
2. Practicar el «no» pequeño
No hace falta empezar por los grandes «no». Empieza por los pequeños: no ir a ese plan que no te apetece, no contestar ese mensaje ahora mismo, no ofrecer ayuda cuando nadie te la ha pedido. Cada pequeño «no» es un «sí» a ti.
3. Dejar de pedir perdón por existir
Observa cuántas veces al día dices «perdón» por cosas que no requieren disculpa: por ocupar espacio, por tener una opinión, por pedir algo, por sentir. Cada «perdón» innecesario es un mensaje a tu cerebro de que tu presencia es una molestia. Y no lo es.
4. Aceptar que se puede querer «mal» y aprender a querer mejor
Querer no es un talento innato. Es una habilidad. Y como toda habilidad, se aprende, se practica y se afina. Si vienes de un lugar donde el amor era condicionado, sacrificado o invisible, tu forma de amar va a reflejar eso. No es tu culpa. Pero sí es tu responsabilidad aprender otra manera.
Aquí es donde la terapia marca una diferencia real. Trabajar con un profesional permite identificar esos patrones aprendidos y construir formas de vincularte que no te cuesten la salud emocional. Si quieres saber más sobre cómo trabajamos, puedes leer sobre nuestro enfoque terapéutico.
Ejercicio: El mapa de tu amor
Este ejercicio es sencillo pero revelador. Necesitas un papel y un bolígrafo.
Instrucciones:
- Dibuja un círculo en el centro de la hoja y escribe tu nombre dentro.
- Alrededor, dibuja otros círculos con los nombres de las personas importantes en tu vida (pareja, familia, amistades, etc.).
- Dibuja flechas: ¿hacia dónde va tu energía, tu tiempo, tu atención? ¿Cuántas flechas salen de ti hacia fuera? ¿Cuántas vuelven hacia ti?
- Ahora dibuja una flecha desde ti hacia ti. ¿Cómo de gruesa es? ¿Existe siquiera?
- Reflexiona: ¿qué necesitaría cambiar para que esa flecha hacia ti fuera un poco más visible?
No se trata de quitar flechas hacia los demás. Se trata de que la flecha hacia ti exista. De que no esté borrada, ni sea invisible, ni llegue última cuando ya no queda nada.
Si al hacer este ejercicio descubres que la flecha hacia ti es muy fina (o inexistente), no te juzgues. Ya has dado el primer paso: darte cuenta.
No es o tú o el resto. Puedes elegir «y»
Lo más bonito que he aprendido en estos años de profesión (y de vida) es que amar bien no requiere sacrificio. Requiere presencia.
Presencia contigo para saber qué necesitas. Presencia con la otra persona para escuchar qué necesita. Y la honestidad de poner ambas cosas sobre la mesa sin que una anule a la otra.
Puedes querer profundamente a alguien y cuidarte al mismo tiempo. De hecho, esa es la forma más sana de amar que existe.
El equilibrio entre amor propio y relaciones no es un destino al que llegas un día. Es algo que practicas, que ajustas, que a veces se tambalea y que vuelves a reconstruir. Y no tienes que hacerlo en solitario.
Cuándo buscar ayuda profesional
Puede ser buen momento para buscar acompañamiento si:
- Te reconoces en varias de las señales de este artículo y no sabes por dónde empezar.
- Llevas tiempo sintiéndote agotado en tus relaciones, dando mucho y recibiendo poco.
- Te cuesta poner límites sin sentir culpa o miedo al rechazo.
- Sientes que has perdido tu identidad dentro de una relación.
- Quieres aprender a querer de otra manera, pero no sabes cómo.
En terapia trabajamos con herramientas concretas desde ACT, terapia cognitivo-conductual y EMDR para identificar los patrones que te llevan a perderte en los vínculos y construir una forma de relacionarte que no te cueste la salud.
Reservar sesión de acogida gratuita →
No tienes que tenerlo todo claro. Solo tienes que querer empezar a tratarte un poco mejor.
Preguntas frecuentes sobre amor propio y relaciones
Sí, se puede amar a otras personas sin tener una autoestima plenamente desarrollada. Sin embargo, cuando la relación con uno mismo está descuidada, la forma de amar suele estar marcada por la dependencia, la necesidad de validación o la dificultad para poner límites. Trabajar el amor propio no es un requisito previo para amar, pero sí mejora la calidad de los vínculos.
Las señales más habituales son: dejar de hacer cosas que antes disfrutabas, no saber responder a «¿qué necesitas tú?», sentir que tu valor depende de lo que das, decir que sí cuando quieres decir que no, y sentir culpa cuando te priorizas. Si te reconoces en tres o más de estas señales, merece la pena prestarle atención.
No. Poner límites es un acto de cuidado hacia ti y hacia la relación. Cuando pones un límite, estás diciendo «esto es lo que necesito para estar bien y poder seguir aquí». Las relaciones sanas no solo toleran los límites: los necesitan para funcionar.
Sí. La falta de amor propio genera patrones como la dependencia emocional, la evitación del conflicto, el desgaste por dar demasiado o la incapacidad de comunicar necesidades. Con el tiempo, estos patrones erosionan la conexión. Trabajar la relación con uno mismo es también trabajar en la relación de pareja.
Desde la psicología, el amor propio se relaciona con la autocompasión (tratarte con la misma comprensión que darías a alguien que quieres), la autoestima (la valoración que haces de ti) y la capacidad de actuar según tus valores. No es narcisismo ni autocomplacencia: es incluirte en la lista de personas a las que cuidas.
Empieza por lo más pequeño: detectar cómo te hablas (tu diálogo interno), practicar pequeños «no» sin culpa, preguntarte qué necesitas de verdad y dejar de pedir perdón por ocupar espacio. Si sientes que necesitas acompañamiento, la terapia psicológica es el espacio más eficaz para trabajarlo de forma profunda y sostenida.
Si te ha servido este artículo, compártelo con alguien que lo necesite. Y si quieres que te acompañemos, reserva tu sesión de acogida gratuita aquí.
Eirene García · Psicóloga sanitaria · Enfoque contextual, ACT y EMDR eirenegarcia.com · @psico_eire
