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Todo está tranquilo, pero tu cuerpo sigue en alerta: la hipervigilancia después de un trauma

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Estás en casa. No hay ninguna discusión. Nadie te está amenazando. Puede que incluso estés atravesando una etapa bastante tranquila de tu vida.

Y, sin embargo, escuchas un ruido y te sobresaltas. Alguien cambia ligeramente el tono de voz y notas que te tensas. Te cuesta relajarte cuando hay otras personas cerca. O descubres que, incluso en los momentos de descanso, sigues pendiente de lo que ocurre a tu alrededor.

Tu cabeza puede tener bastante claro que ahora no hay peligro.

Pero hay una parte de ti que sigue comportándose como si tuviera que estar preparada para algo.

Cuando hemos vivido experiencias traumáticas, en algunos casos puede ocurrir algo parecido. La situación que nos puso en peligro ha terminado, pero determinadas respuestas de protección siguen apareciendo en el presente.

A esto podemos llamarlo hipervigilancia. Y comprender para qué pudo servir esa respuesta, y por qué puede seguir activándose, es un primer paso para entender lo que estás viviendo.

Qué es la hipervigilancia después de un trauma

La hipervigilancia es un estado de atención especialmente orientado a detectar posibles amenazas.

Puede manifestarse como una necesidad constante de observar el entorno, anticipar las reacciones de otras personas, comprobar que todo está bien o mantenerse preparada para responder rápidamente ante cualquier cambio.

A veces también aparece en el cuerpo: tensión muscular, sobresaltos frecuentes, dificultad para descansar o sensación de estar siempre en guardia.

La Organización Mundial de la Salud, al explicar el trastorno de estrés postraumático, describe esa mayor sensación de peligro y el estado de alerta como posibles manifestaciones de hiperactivación después de experiencias traumáticas.

Pero hay una diferencia importante: experimentar hipervigilancia no significa necesariamente tener un trastorno de estrés postraumático.

La sensación de alerta puede aparecer en situaciones diferentes y tener múltiples explicaciones. Para comprenderla necesitamos conocer la historia de la persona, el contexto en el que surge, cuánto tiempo lleva ocurriendo y cómo afecta a su vida.

Una respuesta que pudo ayudarte a protegerte

Imagina que durante un tiempo has vivido en un entorno donde no sabías cuándo iba a llegar el siguiente conflicto.

Quizá aprendiste a reconocer pequeños cambios en una expresión, una mirada o un tono de voz. Estar pendiente te permitía anticiparte, evitar determinadas situaciones o prepararte para responder.

En aquel contexto, prestar mucha atención podía tener una función protectora.

Y aquí aparece una cuestión interesante: una respuesta que fue útil en determinadas circunstancias puede seguir apareciendo cuando esas circunstancias ya han cambiado.

Esto no significa que el pasado determine inevitablemente tu presente. Tampoco que toda persona que haya vivido una experiencia difícil vaya a desarrollar hipervigilancia.

Significa que, en algunos casos, lo que aprendemos ante situaciones de amenaza puede influir en nuestra manera de interpretar y responder a experiencias posteriores.

Por eso, antes de preguntarnos cómo eliminar una reacción, quizá convenga comprender qué función ha tenido.

Cuando el pasado se parece demasiado al presente

Hay algo especialmente desconcertante en estas respuestas: no siempre identificamos qué las ha provocado.

Puede ser una expresión en el rostro de alguien. Un olor. Un ruido. Una situación que nos recuerda, aunque sea parcialmente, a otra que vivimos.

O puede que no sepamos explicar por qué hemos reaccionado de determinada manera.

El Centro Nacional para el TEPT del Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos explica cómo ciertos estímulos relacionados con experiencias traumáticas pueden evocar recuerdos y respuestas de alerta, incluso cuando las circunstancias actuales son diferentes.

Pero no todas las reacciones tienen un desencadenante evidente. Y tampoco debemos buscar necesariamente una experiencia traumática detrás de cualquier sobresalto o sensación de inseguridad.

Lo importante es que la intensidad de lo que sentimos no siempre corresponde con el peligro presente.

Puedes saber que estás manteniendo una conversación cotidiana y, aun así, experimentar una reacción de alerta que no esperabas.

Comprender racionalmente la situación y modificar una respuesta aprendida no son exactamente el mismo proceso.

La tormenta que ya pasó, pero cuya sombra permanece

Imagina una habitación tranquila.

Entra la luz por la ventana. Los muebles están en su sitio. Fuera no está ocurriendo nada extraordinario.

Sin embargo, sobre una de las paredes permanece la sombra de una tormenta.

La tormenta no está ahí. Pero su sombra sigue ocupando parte de la habitación.

Es una imagen, no una explicación literal de cómo funciona el sistema nervioso. Pero puede ayudarnos a comprender la distancia que a veces existe entre lo que estamos viviendo ahora y las respuestas que hemos aprendido en otros momentos.

El propósito de comprender esa sombra no es convencerte de que todo está bien cuando no lo está.

Es empezar a distinguir qué pertenece a la situación actual, qué puede estar relacionado con experiencias anteriores y qué necesitas hoy para sentirte y actuar con mayor seguridad.

Y esa distinción no siempre se consigue simplemente repitiéndose «no pasa nada».

Lo que hacemos para sentirnos a salvo también importa

Cuando vivimos en alerta, es comprensible que intentemos reducir la incertidumbre.

Quizá necesites comprobar varias veces que una puerta está cerrada. Tal vez te cueste dejar de observar las reacciones de otras personas. Evites determinados lugares o conversaciones. O prefieras no exponerte a situaciones en las que sientes que podrías perder el control.

No todas estas conductas son problemáticas. Hay precauciones necesarias, límites saludables y situaciones en las que protegerse sigue siendo importante.

Por eso no tendría sentido decirte que debes dejar de evitar, confiar más o bajar la guardia sin comprender antes tus circunstancias.

La pregunta es otra:

¿Lo que estás haciendo te protege de un peligro presente o está limitando tu vida ante un peligro que ya no está ocurriendo?

Y, por supuesto, ambas cosas pueden mezclarse.

En algunas situaciones, la evitación reduce el malestar a corto plazo, pero también puede dificultar que la persona descubra nuevas formas de responder ante circunstancias que hoy sí son seguras.

Eso no significa que deba enfrentarse a todo de golpe. Ni que tenga que demostrar valentía soportando situaciones para las que todavía no se siente preparada.

Significa que merece la pena comprender qué está ocurriendo y qué alternativas pueden construirse a su ritmo.

No se trata de obligarte a sentir seguridad

A alguien que vive en estado de alerta, decirle «tranquilízate, ya pasó» puede resultarle bastante poco útil.

Porque puede que ya lo sepa.

Lo difícil no siempre es comprender que el peligro terminó. A veces es conseguir que esa comprensión tenga espacio en la manera de sentir, interpretar y actuar en el presente.

En un proceso terapéutico relacionado con experiencias traumáticas, puede ser importante explorar qué ocurrió, cómo afectó a la persona, qué respuestas desarrolló para protegerse y cuáles siguen apareciendo hoy.

También qué recursos tiene, qué circunstancias actuales necesita cambiar, qué desea recuperar y qué ritmo resulta adecuado.

No existe una única explicación ni una técnica que deba aplicarse a todas las personas.

La terapia online para el trauma puede ofrecer un espacio para realizar esa valoración y trabajar las dificultades que estén afectando a la vida de la persona, cuando sea una opción apropiada para su situación.

Y algo importante: trabajar lo vivido no significa obligarse a perdonar, reconciliarse con alguien o encontrar una explicación positiva a lo que ocurrió.

Recuperar la posibilidad de bajar la guardia

Quizá llevas mucho tiempo preguntándote por qué reaccionas así cuando aparentemente todo está bien.

Y quizá has intentado corregirlo a base de razonamientos, control o exigencia personal.

Pero hay otra manera de acercarse a esa experiencia.

En lugar de preguntarte únicamente «¿cómo consigo dejar de estar alerta?», puedes empezar a explorar:

«¿Qué aprendí que tenía que vigilar, qué está ocurriendo realmente ahora y cuánto espacio quiero que siga ocupando esa vigilancia en mi vida?»

No para responsabilizarte de una respuesta que posiblemente tuvo sentido en otras circunstancias.

Sino para empezar a recuperar capacidad de elección.

Porque el objetivo no tiene por qué ser no volver a sobresaltarte nunca, ni conseguir una calma perfecta.

Puede ser que, poco a poco, la necesidad de estar pendiente de todo deje de decidir por ti.

Y que una habitación tranquila pueda volver a ser, sencillamente, una habitación tranquila.

Si quieres comprender mejor cómo pueden influir las experiencias traumáticas en el presente y qué posibilidades de acompañamiento existen, puedes consultar cómo trabajamos la terapia online para el trauma.

Si lo que reconoces es principalmente una sensación de activación física sin una relación clara con experiencias traumáticas, también puedes leer nuestro artículo sobre ansiedad sin motivo aparente.

Fuentes y lecturas complementarias

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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