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La última raíz: a veces no nos retiene el pasado, sino la esperanza

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Hay despedidas que empiezan mucho antes de que nos marchemos.

A veces comienzan cuando dejamos de pedir algo que llevamos años necesitando. Cuando una conversación que antes intentábamos tener una y otra vez deja de parecernos posible. Cuando empezamos a reconocer que las cosas quizá no van a suceder como imaginábamos.

Y, sin embargo, seguimos ahí.

No siempre porque tengamos miedo a marcharnos. No necesariamente porque no sepamos lo que queremos o porque seamos incapaces de tomar una decisión.

A veces seguimos porque todavía esperamos algo.

Que una persona comprenda. Que una relación cambie. Que llegue una explicación. Que todo el tiempo, el esfuerzo y el afecto que hemos invertido terminen dando lugar a aquello que queríamos construir.

Quizá ya no confiamos demasiado en que suceda, pero tampoco hemos dejado de contemplar la posibilidad.

Y esa posibilidad, por pequeña que sea, puede llegar a tener un peso enorme en nuestra vida.

¿Qué ocurre cuando la esperanza que nos ayudó a permanecer empieza también a impedirnos avanzar?

La esperanza también nos ha sostenido

Tenemos una relación curiosa con la esperanza. Solemos considerarla una virtud, algo que debemos proteger incluso en las circunstancias más difíciles.

Y tiene sentido.

Esperar que las cosas puedan mejorar nos ayuda a afrontar situaciones complicadas, a perseverar en proyectos importantes y a seguir intentando encontrar soluciones cuando aparecen obstáculos.

Sin esperanza sería difícil emprender muchas de las cosas que dan sentido a nuestra vida.

Pero ninguna emoción, pensamiento o respuesta humana puede comprenderse adecuadamente sin tener en cuenta el contexto y la función que cumple.

Pensemos, por ejemplo, en alguien que ha dedicado muchos años a intentar mejorar una relación familiar.

Quizá esa esperanza le permitió seguir acercándose a una persona importante, encontrar momentos de conexión o mantener abierta una posibilidad de reconciliación que deseaba profundamente.

No sería justo mirar hacia atrás y concluir que todo ese esfuerzo fue inútil simplemente porque las cosas no terminaron como esperaba.

La esperanza pudo cumplir una función valiosa.

La cuestión es si sigue cumpliendo esa misma función hoy.

Porque las circunstancias cambian, las relaciones cambian y nosotros también cambiamos. Algo que en determinado momento nos permitió afrontar una dificultad puede necesitar ser revisado cuando esa dificultad se prolonga o adquiere otras características.

Y aquí conviene hacer una distinción importante: que una esperanza haya tenido sentido no significa que tengamos que seguir organizando nuestra vida alrededor de ella indefinidamente.

Reconocer esto no convierte nuestra historia en un error. Nos permite mirarla con la información que tenemos ahora.

Cuando una posibilidad empieza a parecer una promesa

Imaginemos una relación en la que una persona lleva tiempo esperando determinados cambios.

Ha habido conversaciones, desacuerdos, intentos de acercamiento y momentos en los que parecía que las cosas finalmente iban a ser diferentes.

Quizá después de una discusión llegó una disculpa sincera. O apareció un gesto que hacía tiempo no se producía. O durante unas semanas la relación pareció recuperar algo que se había perdido.

Es comprensible que esas experiencias alimenten la esperanza.

Después de todo, son acontecimientos reales. No tenemos por qué interpretarlos automáticamente como engaños, ni negarles su valor.

Pero hay una diferencia entre que algo pueda cambiar y que esté cambiando de una manera suficientemente consistente.

Una disculpa puede ser importante sin que eso signifique que el problema esté resuelto. Una conversación puede abrir nuevas posibilidades sin garantizar que ambas personas puedan sostener los acuerdos alcanzados.

A veces interpretamos esas señales como la confirmación de aquello que deseamos desde hace tanto tiempo.

Y otras veces, incluso reconociendo que los cambios son insuficientes, seguimos pensando que quizá el siguiente intento sea diferente.

Podríamos hablar, en sentido figurado, de un falso positivo de la esperanza: una señal que interpretamos como prueba de una transformación más amplia, aunque todavía no sepamos si esa transformación se está produciendo.

No es que esperar sea un problema en sí mismo.

El problema puede aparecer cuando la posibilidad de un futuro diferente empieza a tener más peso en nuestras decisiones que la realidad que vivimos cada día.

Y esto no afecta únicamente a las relaciones.

Podemos continuar durante años en un trabajo esperando que finalmente se reconozca nuestra aportación. Mantener un proyecto que ya no responde a nuestras necesidades porque recordamos lo mucho que significó al principio. Seguir intentando ocupar un lugar en nuestra familia que, por las razones que sean, nunca hemos conseguido encontrar.

En cada una de estas situaciones hay preguntas que merecen explorarse.

¿Qué ha cambiado realmente?

¿Qué seguimos esperando?

¿Qué depende de nosotros y qué requiere decisiones que únicamente pueden tomar otras personas?

Porque comprender las razones por las que algo ocurre no nos concede necesariamente la capacidad de modificarlo.

Y esa diferencia puede resultar especialmente dolorosa cuando lo que está en juego nos importa mucho.

Las raíces que sostienen y las que nos mantienen inmóviles

Las raíces de un árbol le permiten obtener recursos del suelo y mantenerse en pie.

Sin ellas, no podría vivir.

Pero imaginemos por un momento un árbol cuyas raíces permanecen aferradas a un terreno que ya no reúne las condiciones que necesita.

Desde fuera, todavía podemos observar el árbol y sus raíces. La conexión sigue existiendo.

Sin embargo, que esa conexión permanezca no significa que el árbol esté encontrando todo lo necesario para crecer.

La imagen no pretende explicar cómo funcionan nuestras relaciones, sino ayudarnos a pensar en algo que a veces resulta difícil distinguir.

No todo lo que nos mantiene unidos a algo continúa sosteniéndonos de la misma manera.

Nuestros vínculos también tienen raíces.

Hay historias compartidas, responsabilidades, afectos, aprendizajes y experiencias que forman parte de quienes somos. Algunas conexiones nos ofrecen seguridad, pertenencia y apoyo. Otras pueden ser dolorosas y, aun así, seguir siendo enormemente significativas.

Además, no siempre podemos separar limpiamente unas cosas de otras.

Podemos querer profundamente a alguien y sentirnos agotados dentro de la relación. Valorar una etapa de nuestra vida y reconocer que ya no queremos continuar en ella. Agradecer lo recibido y lamentar aquello que nunca llegó.

Dos realidades aparentemente contradictorias pueden coexistir.

Por eso sería demasiado sencillo afirmar que debemos cortar cualquier raíz que nos produzca sufrimiento.

Las relaciones importantes atraviesan dificultades. Los proyectos requieren esfuerzo. Comprometerse con algo valioso implica, en ocasiones, afrontar frustraciones y renuncias.

La cuestión no es eliminar todo aquello que nos incomoda.

Es comprender qué está ocurriendo, qué posibilidades reales de cambio existen y qué consecuencias tiene continuar sosteniendo una determinada situación.

Porque también podemos permanecer durante tanto tiempo intentando conservar algo que terminemos dejando en segundo plano otras partes importantes de nuestra vida.

Y quizá entonces merezca la pena preguntarnos si seguimos eligiendo permanecer o si hemos dejado de plantearnos que existen otras posibilidades.

El coste de lo que todavía esperamos

Cuando pensamos en terminar una relación, abandonar un proyecto o alejarnos de una situación importante, solemos identificar rápidamente lo que podríamos perder.

La persona. La estabilidad. Los planes compartidos. La identidad que habíamos construido. Los años invertidos. La posibilidad de que las cosas finalmente salgan bien.

Son pérdidas que merecen ser tomadas en serio.

Pero existe otra pregunta que a veces dejamos sin responder:

¿Qué estamos dejando de vivir mientras seguimos esperando?

Quizá hemos pospuesto decisiones importantes. Quizá una parte considerable de nuestra atención está dedicada a anticipar cómo reaccionará otra persona. Tal vez llevamos tiempo adaptando nuestras necesidades a una situación que apenas cambia.

O quizá no sucede nada de esto. Quizá estamos atravesando una etapa difícil en la que todavía existen posibilidades de reparación, colaboración y crecimiento.

No hay una respuesta que sirva para todo el mundo.

Precisamente por eso necesitamos mirar la situación completa, y no únicamente el temor a perderla.

En psicología se ha estudiado cómo las personas regulamos nuestro compromiso con objetivos importantes cuando aparecen dificultades para alcanzarlos.

Investigaciones sobre el ajuste de metas han encontrado asociaciones entre la capacidad de desvincularse de objetivos inalcanzables, orientarse hacia otros objetivos significativos y determinados indicadores de bienestar psicológico.

Esto no significa que exista una fórmula científica para decidir cuándo terminar una relación, ni que podamos saber desde fuera qué objetivo debería abandonar una persona.

Sí nos ofrece una perspectiva interesante: perseverar puede ser valioso, pero también puede serlo revisar nuestros objetivos cuando las circunstancias cambian.

No todo compromiso necesita mantenerse de la misma manera para seguir siendo coherente con nuestros valores.

A veces, continuar intentando reparar algo expresa cuidado y responsabilidad.

Otras veces, cuidar de nosotros mismos puede requerir reconocer que no disponemos de los recursos, la colaboración o las condiciones necesarias para construir aquello que deseamos.

Y eso no convierte automáticamente a nadie en culpable.

Aceptar no es dejar de querer

Hay una idea sobre la aceptación que puede resultar especialmente difícil de comprender: aceptar una realidad no significa que nos guste, que nos parezca justa ni que dejemos de desear que fuera diferente.

Podemos aceptar que una persona no está dispuesta a cambiar determinadas conductas y seguir deseando que algún día lo haga.

Podemos reconocer que una relación no puede continuar en las condiciones actuales y sentir todavía mucho amor.

Podemos decidir alejarnos y experimentar una tristeza profunda por aquello que estamos dejando atrás.

Desde los enfoques psicológicos centrados en la aceptación y la flexibilidad psicológica, aceptar no equivale a resignarse pasivamente ante cualquier circunstancia.

Implica, entre otras cosas, desarrollar una relación más abierta con nuestras experiencias internas y poder actuar de acuerdo con lo que consideramos importante, incluso cuando aparecen emociones difíciles.

Aplicado a la reflexión que nos ocupa, esto permite introducir una distinción.

No tenemos por qué conseguir que desaparezca todo deseo de cambio antes de tomar una decisión.

Tampoco necesitamos convencernos de que una persona es mala, de que todo lo vivido fue negativo o de que ya no sentimos nada.

En ocasiones podemos comprender su historia, reconocer sus dificultades, sentir empatía y, al mismo tiempo, aceptar que no queremos o no podemos continuar viviendo una situación determinada.

Comprender a alguien no nos obliga a asumir indefinidamente las consecuencias de sus decisiones.

Y aceptar que una relación tiene límites no nos obliga necesariamente a romperla.

Puede conducirnos a plantear conversaciones distintas, revisar acuerdos, modificar expectativas, establecer distancia o buscar ayuda para comprender mejor lo que necesitamos.

A veces esas decisiones permiten transformar un vínculo. Otras veces ayudan a reconocer que su continuidad ya no resulta posible o deseable.

Lo importante no es alcanzar una conclusión determinada, sino disponer de mayor claridad para decidir.

Conviene recordar, además, que no todas las personas cuentan con las mismas posibilidades materiales o emocionales para cambiar una situación. Cuando existen dependencia económica, responsabilidades de cuidado, coerción, violencia o riesgos para la seguridad, la decisión de alejarse requiere considerar circunstancias concretas y puede necesitar apoyo especializado.

La libertad de elección nunca debería utilizarse para culpabilizar a alguien por las condiciones en las que se encuentra.

La última raíz

Hay despedidas que implican perder algo que tenemos.

Pero existen otras en las que lo más doloroso puede ser renunciar a algo que nunca terminó de suceder.

La relación que imaginábamos. El reconocimiento que esperábamos. La conversación que habría cambiado nuestra manera de entender una historia. La familia que deseábamos tener. La vida que pensábamos que acabaría llegando.

A veces nos hemos despedido mentalmente de muchas cosas, pero todavía conservamos una última posibilidad.

Quizá algún día.

Y esa esperanza puede convertirse en la última raíz que nos mantiene emocionalmente unidos a una situación.

No necesariamente porque ignoremos lo que ocurre. En ocasiones somos plenamente conscientes de ello.

Pero dejar de esperar puede significar enfrentarnos a una pérdida que hasta entonces habíamos conseguido aplazar.

Si dejamos de confiar en que aquello suceda, tendremos que encontrar otra manera de relacionarnos con nuestra historia.

Y eso puede doler.

Podemos sentir que renunciamos demasiado pronto, que estamos traicionando nuestros propios valores o que todo el esfuerzo realizado pierde su significado.

Sin embargo, lo que vivimos no deja de haber existido porque decidamos cambiar de dirección.

El afecto fue real si lo sentimos. El compromiso formó parte de nuestras decisiones. Las experiencias compartidas pueden conservar valor, aunque el futuro que imaginábamos ya no sea aquel hacia el que queremos dirigirnos.

Y quizá aquí aparezca una posibilidad que merece la pena considerar.

Podemos seguir deseando que algo cambie sin seguir esperando a que cambie para permitirnos vivir.

Podemos desear que alguien comprenda y dejar de necesitar esa comprensión para tomar nuestras propias decisiones.

Podemos conservar cariño sin continuar una relación.

Podemos reconocer que un proyecto fue importante y permitirnos construir otro.

No siempre será fácil. Tampoco será posible de la misma manera en todas las circunstancias.

Pero tal vez podamos empezar a distinguir entre lo que sentimos y lo que decidimos hacer con aquello que sentimos.

¿Y qué queda cuando dejamos de esperar?

No necesariamente llega una sensación inmediata de libertad.

A veces llega el silencio.

El espacio que antes ocupaban los intentos, las conversaciones imaginadas, la atención constante a las señales de cambio.

Puede aparecer alivio. También tristeza, incertidumbre, culpa o nostalgia.

Incluso podemos preguntarnos si hemos tomado la decisión adecuada.

Nada de eso demuestra, por sí solo, que nos hayamos equivocado.

Tampoco significa que debamos permanecer firmes en una decisión sin permitirnos revisarla. Las circunstancias pueden cambiar y nosotros podemos reconsiderar nuestras elecciones a la luz de nueva información.

Aceptar no consiste en cerrar todas las puertas para no volver a sentir dudas.

Se parece más a aprender a mirar lo que ocurre con la mayor honestidad posible, reconocer nuestros límites y decidir cómo queremos responder.

Volvamos entonces al árbol.

Sus raíces cuentan una historia. Hablan del lugar en el que creció, de las condiciones que lo sostuvieron, del terreno del que obtuvo lo necesario para vivir.

No tendría sentido negar su importancia.

Pero nosotros no somos árboles.

No estamos obligados a mantener intactas todas las conexiones que formaron parte de nuestra historia. Podemos revisar algunas, transformar otras y, cuando las circunstancias lo permiten y lo consideramos necesario, alejarnos de aquello que ya no queremos seguir sosteniendo.

No porque el pasado carezca de valor.

Sino porque reconocer su valor no exige que continúe determinando cada decisión de nuestro presente.

Quizá la última raíz no sea una persona, una relación o un lugar.

Quizá sea la esperanza de que algún día todo aquello se convierta en lo que necesitábamos.

Y tal vez no tengamos que arrancar esa esperanza de nosotros para empezar a vivir de otra manera.

Puede bastar, en algunos momentos, con dejar de pedirle que decida por nosotros.

Porque una cosa es conservar la esperanza de que algo cambie. Y otra muy distinta es dejar nuestra vida en suspenso hasta que suceda.

Fuentes y lecturas complementarias

  • Hayes, S. C., Levin, M. E., Plumb-Vilardaga, J., Villatte, J. L. y Pistorello, J. (2013). Acceptance and Commitment Therapy and Contextual Behavioral Science: Examining the Progress of a Distinctive Model of Behavioral and Cognitive Therapy. Behavior Therapy, 44(2), 180–198. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3635495/
  • Wrosch, C., Scheier, M. F., Miller, G. E., Schulz, R. y Carver, C. S. (2003). Adaptive Self-Regulation of Unattainable Goals: Goal Disengagement, Goal Reengagement, and Subjective Well-Being. Personality and Social Psychology Bulletin, 29(12), 1494–1508. https://doi.org/10.1177/0146167203256921

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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