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Batallas de aura: de TikTok a la plaza, ¿para destacar o para pertenecer?

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Hay un grupo de adolescentes reunidos en una plaza. Forman un círculo y dos de ellos salen al centro. Uno hace un gesto exagerado, el otro responde con una pose imposible. La gente grita, se ríe, aplaude. Alguien está grabando con el móvil.

Para quien pase por allí sin conocer el juego, la escena puede resultar bastante desconcertante. ¿Qué están haciendo? ¿Por qué les hace tanta gracia?

Ellos lo tienen clarísimo. Están en una batalla de aura.

Lo curioso es que estamos acostumbrados a escuchar que las redes sociales mantienen a los adolescentes encerrados en sus habitaciones, pendientes de una pantalla y cada vez más alejados de las relaciones cara a cara. Sin embargo, aquí tenemos a cientos de jóvenes que han salido a la calle precisamente para hacer algo que aprendieron en internet.

Y eso plantea una pregunta interesante: ¿y si lo digital no estuviera simplemente sustituyendo nuestra forma de relacionarnos, sino transformando también la manera en que nos encontramos?

¿Qué son las batallas de aura y por qué todo el mundo parece entenderlas menos nosotros?

En el lenguaje de internet, tener aura es algo así como tener carisma, estilo, presencia. Esa cualidad difícil de explicar que hace que alguien parezca interesante, seguro de sí mismo o, sencillamente, muy guay.

Farmear aura significa intentar acumularla, normalmente mediante gestos, poses o acciones que los demás consideran carismáticos o divertidos.

Las batallas convierten esta idea en un juego colectivo. Dos participantes se enfrentan interpretando movimientos, imitaciones y referencias que se han hecho virales en redes. El público reacciona y decide quién ha ganado.

Pero hay algo especialmente curioso: muchos de esos gestos no tienen ningún significado evidente fuera de su contexto.

No son movimientos que necesariamente expresen una emoción reconocible. Tampoco necesitan contar una historia. Su significado está en que los demás saben de dónde vienen, qué representan o por qué resultan graciosos.

Es un lenguaje compartido.

Y, como ocurre con tantos lenguajes, entenderlo te permite participar de algo que para otras personas puede resultar incomprensible.

Lo que empezó en una pantalla ahora sucede en una plaza

Tendemos a separar la vida digital de la vida real, como si fueran dos mundos entre los que hubiera que elegir.

Pero las batallas de aura muestran una relación bastante más compleja.

Un gesto aparece en un vídeo. Alguien lo imita, otra persona lo transforma, se convierte en una broma reconocible y acaba formando parte del repertorio de un grupo. Después, esos jóvenes quedan en una plaza y utilizan las referencias que conocen para jugar juntos.

Y cuando termina el encuentro, los vídeos vuelven a circular por las redes.

El movimiento no va únicamente de internet a la calle. Va y viene.

Algo parecido ha ocurrido siempre con las culturas juveniles. Las canciones, los bailes, la ropa, las expresiones o las películas han servido durante generaciones para reconocerse entre iguales. Lo que antes se aprendía en el patio del colegio, escuchando música o viendo determinados programas, ahora también se aprende a través de TikTok.

Han cambiado los medios, la velocidad de difusión y el tamaño de la audiencia. Pero seguimos encontrando una necesidad humana conocida: compartir referencias con otras personas y sentir que formamos parte de algo.

De hecho, una investigación longitudinal publicada en Computers in Human Behavior en 2024 siguió a 812 jóvenes entre los 10 y los 18 años. Encontró que un aumento en determinadas formas de participación en redes sociales se relacionaba con pasar algo más de tiempo con amistades fuera de internet. La asociación era pequeña y los resultados no fueron iguales para todos los perfiles.

Esto no significa que las redes mejoren necesariamente nuestras relaciones. Pero sí cuestiona una idea que a veces repetimos demasiado deprisa: que el tiempo dedicado a ellas tiene que ser, por definición, tiempo que dejamos de compartir con otras personas.

La realidad parece bastante menos sencilla.

Tener aura: la paradoja de esforzarse por parecer natural

Hay algo que me resulta especialmente interesante del concepto de aura.

En teoría, quien tiene mucha aura desprende seguridad sin necesitar demostrarla. No necesita llamar la atención para conseguirla.

Sin embargo, ahora tenemos competiciones donde las personas intentan demostrar, delante de un público, lo poco que necesitan esforzarse para resultar carismáticas.

Tiene su gracia, ¿verdad?

Pero detrás del absurdo también aparece una cuestión muy relacionada con la construcción de nuestra identidad.

Durante la adolescencia exploramos distintas formas de ser y de presentarnos ante los demás. Probamos comportamientos, maneras de hablar, estilos, opiniones. Observamos cómo responden otras personas y vamos descubriendo qué encaja con nosotros y qué no.

A veces imitamos a alguien que admiramos. Otras exageramos determinados rasgos de nuestra personalidad. En ocasiones nos comportamos de manera diferente según el grupo con el que estamos.

Y eso no significa necesariamente que estemos fingiendo.

Experimentar con la propia imagen también puede ser una forma de descubrir quién queremos ser.

Una revisión sistemática publicada en Adolescent Research Review en 2025, que analizó 32 estudios, encontró asociaciones entre la participación activa en redes sociales y la exploración de la identidad. También observó relaciones entre la comparación social y mayores dificultades o malestar en determinados aspectos de ese proceso.

La investigación no permite concluir que una cosa cause directamente la otra. Lo que sí sugiere es que importa mucho qué hacemos en las redes, cómo participamos y qué significado tienen esas experiencias para nosotros.

Desde esta perspectiva, una batalla de aura puede funcionar como un espacio donde ensayar una versión de uno mismo: más atrevida, más cómica, más desinhibida.

Para algunas personas será simplemente una tontería divertida. Para otras puede representar el pequeño desafío de atreverse a hacer algo delante de los demás.

No tenemos por qué atribuir el mismo significado a todos los participantes.

¿Queremos que nos miren o queremos sentir que pertenecemos?

Imagina que sales al centro del círculo y haces un movimiento ridículo. Durante unos segundos, todas las miradas están sobre ti.

Puede que te salga bien, puede que te equivoques o que termines riéndote de ti mismo.

Entonces los demás reconocen el gesto y empiezan a reír contigo.

Quizá lo importante de ese momento no sea haber ganado. Quizá sea haber conseguido que los demás entiendan lo que estás haciendo.

El reconocimiento tiene muchas formas. No siempre buscamos admiración. A veces buscamos complicidad.

Y la complicidad necesita un terreno compartido: una historia, una referencia, una experiencia que tenga sentido para quienes participan.

Cuando dos personas se ríen de algo que solo ellas entienden, la risa no nace únicamente del chiste. También nace de reconocerse en él.

En estas batallas podríamos estar viendo algo parecido, pero a escala colectiva.

Esto no convierte cada encuentro en una experiencia profunda de conexión emocional. Muchas veces será solo un rato de diversión, y eso ya tiene valor por sí mismo.

Tampoco todos los adolescentes necesitan participar para pertenecer. Algunos disfrutan observando, otros prefieren relacionarse de otra manera y habrá quienes no encuentren ninguna gracia en la tendencia.

Lo interesante no es establecer una nueva forma correcta de socializar.

Es comprender que lo que desde fuera parece una simple búsqueda de atención puede tener funciones muy diferentes para las personas que participan.

Y que querer destacar y querer pertenecer no son necesariamente deseos contradictorios.

Cuando las risas dejan de ser compartidas

Hasta aquí podríamos pensar que estamos ante una curiosa forma de juego colectivo, sin mayores complicaciones.

Pero hay otra cara que merece atención.

En septiembre de 2026, un instituto de A Coruña prohibió las batallas de aura durante los recreos después de que se produjeran incidentes relacionados con burlas, presión hacia algunos alumnos y comportamientos humillantes.

Esto nos lleva a una distinción importante: no es lo mismo reírse con alguien que convertir a alguien en el objeto de las risas.

La diferencia puede parecer evidente desde fuera, pero dentro de un grupo no siempre resulta fácil reconocerla.

¿Qué sucede cuando alguien participa porque todo el mundo le insiste? ¿Cuando no quiere exponerse, pero teme quedar excluido? ¿Cuando una broma continúa después de que una persona haya dejado de encontrarla divertida?

Y hay otra cuestión: la cámara.

Antes, una situación vergonzosa podía quedarse en el patio o en la plaza. Ahora puede grabarse, compartirse y llegar a personas que ni siquiera estuvieron presentes.

Eso modifica las condiciones del juego. La audiencia ya no está formada solamente por quienes participan en ese momento.

Por eso, más que decidir que las batallas de aura son buenas o malas, quizá convenga observar qué ocurre realmente en cada contexto.

¿Las personas participan porque quieren? ¿Pueden retirarse sin consecuencias? ¿Se respetan sus límites? ¿Pueden decidir si desean que las graben?

No hace falta convertir un juego adolescente en un problema psicológico. Pero tampoco debemos confundir diversión con consentimiento, ni popularidad con bienestar.

¿Y qué hacemos los adultos con todo esto?

Aquí aparece otra parte de la historia.

Quizá tu hijo o tu hija te haya enseñado un vídeo y no hayas entendido absolutamente nada. O hayas visto a un grupo de adolescentes haciendo estos gestos y hayas pensado que las nuevas generaciones están perdiendo el norte.

Puede que incluso hayas soltado un «vaya tontería».

No sería ninguna novedad. Probablemente nuestros padres tampoco entendían algunas de las cosas que nos parecían divertidísimas a nosotros.

Sin embargo, hay una diferencia entre no entender algo y concluir que no tiene ningún valor.

Cuando un adolescente intenta compartir una referencia de su mundo, puede estar ofreciendo una pequeña oportunidad de acercamiento. No necesariamente busca una conversación profunda. Quizá solo quiere enseñarnos algo que le hace gracia.

Y cuando respondemos ridiculizando aquello que le interesa, es posible que la próxima vez prefiera no compartirlo.

No hace falta aprenderse todos los memes, hablar con su jerga ni intentar convertirse en el padre o la madre más moderno del instituto. De hecho, probablemente tampoco nos lo agradecerían demasiado.

Podemos empezar con algo mucho más sencillo: sentir curiosidad.

Preguntar qué significa un gesto, por qué les hace gracia, quién ha inventado una determinada broma o qué les gusta de participar.

Escuchar la respuesta, incluso cuando no nos parece especialmente interesante.

Y desde esa misma curiosidad también podemos hablar de los límites. De qué ocurre cuando alguien se siente presionado, de la diferencia entre una broma y una humillación, de cuándo está bien grabar a otra persona y cuándo no.

Comprender su mundo no significa aprobar todo lo que sucede dentro de él.

Significa intentar conocerlo antes de juzgarlo.

Además, la relación entre padres e hijos adolescentes no se construye únicamente en las grandes conversaciones sobre emociones, problemas o decisiones importantes.

También se construye en esos momentos aparentemente insignificantes en los que alguien siente que puede enseñarnos algo suyo sin miedo a que nos burlemos.

Al final, la pregunta no es quién tiene más aura

Probablemente dentro de unos meses otra tendencia habrá ocupado su lugar. Cambiarán los gestos, las palabras y las bromas. Muchos adolescentes olvidarán las batallas de aura y quienes ahora intentamos comprenderlas quizá lleguemos tarde a la siguiente moda.

Pero las preguntas que nos dejan seguirán ahí.

¿Cómo descubrimos quiénes somos a través de los demás? ¿Qué nos hace sentir parte de un grupo? ¿Hasta qué punto necesitamos su aprobación? ¿Cómo diferenciamos jugar con nuestra imagen de sentir que tenemos que representar siempre un papel?

Y, sobre todo, ¿cómo podemos acercarnos a las experiencias de otras generaciones sin dar por hecho que las nuestras eran más auténticas?

Quizá las batallas de aura no nos estén contando una historia sobre adolescentes obsesionados con conseguir atención.

O, al menos, no solamente eso.

También pueden hablarnos de jóvenes que encuentran nuevas maneras de compartir códigos, ocupar los espacios públicos, jugar con su identidad y reconocerse entre iguales.

La próxima vez que veamos a un grupo de adolescentes haciendo algo que no entendemos, quizá podamos preguntarnos primero qué significa para ellos.

No hace falta que nos haga gracia.

Pero entender por qué a ellos sí, puede ser una buena manera de empezar a entendernos.

Cuando la comunicación familiar se vuelve difícil, aparecen conflictos recurrentes o sentimos que cada vez cuesta más comprendernos, puede ser útil contar con un espacio profesional para explorar qué está ocurriendo. En Eirene García ofrecemos acompañamiento psicológico para madres y padres, atendiendo a las necesidades y circunstancias de cada familia.

Fuentes y lecturas complementarias

Steinsbekk, S. et al. (2024). The new social landscape: Relationships among social media use, social skills, and offline friendships from age 10–18 years. Computers in Human Behavior.

Avci, H., Baams, L. y Kretschmer, T. (2025). A Systematic Review of Social Media Use and Adolescent Identity Development. Adolescent Research Review.

Pew Research Center (2025). Teens, Social Media and Mental Health.

Cadena SER (2026). Un instituto de A Coruña pone freno al farmeo de aura.

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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