Es 26 de octubre.
Todavía no has comprado o terminado el disfraz de Halloween para el colegio, tienes que llevar algo para la merienda de la clase y el grupo de WhatsApp acaba de anunciar una fiesta el viernes.
Otra.
Porque resulta que también está la de Nacho, la de la urbanización y una excursión para pedir caramelos que alguien ha decidido organizar por todo el barrio.
Tu criatura está entusiasmada.
Tú tienes 36 mensajes sin leer y una pestaña abierta con instrucciones para fabricar una escoba de bruja con materiales reciclados.
Y entonces llega otra invitación y piensas:
«Como inviten a mi hija a otra fiesta de Halloween, les voy a decir dónde pueden meterse la calabaza».
Por supuesto, respondes:
«¡Qué buena idea! Muchas gracias por organizarlo ❤️». Con un emoji de corazón.
Porque hay algo verdaderamente extraordinario en la crianza contemporánea: puedes estar al borde de un ataque de nervios y, aun así, escribir «nos hace muchísima ilusión».
Cuando ser madre o padre incluye organizar una agenda cultural
No hace tantos años, Halloween podía resolverse con una sábana, dos agujeros y cierta tolerancia al ridículo.
Ahora es posible encontrarse con tres fiestas, dos concursos, un disfraz temático y una petición del colegio para llevar algo casero.
Y no acaba el 31 de octubre.
Después llegan las actividades de Navidad, el amigo invisible, las actuaciones, los cumpleaños, los regalos colectivos, las excursiones, las lecturas escolares y los proyectos que empiezan con una frase inquietante:
«Es una actividad muy sencilla para hacer en familia».
Lo que muchas veces significa: una persona adulta buscando cartulina a las diez y media de la noche.
No es que ninguna de esas actividades sea mala.
Muchas son divertidas. Algunas crean recuerdos bonitos. Otras permiten conocer a otras familias y construir una comunidad y red de apoyo.
El problema aparece cuando algo que debería ser una posibilidad empieza a vivirse como una obligación.
Cuando dejar de asistir a una fiesta parece una pérdida. Cuando no preparar un disfraz elaborado nos hace sentir que no estamos esforzándonos lo suficiente. Cuando el fin de semana deja de ser un espacio de descanso y se convierte en otra agenda que gestionar.
Y cuando, en medio de tanto entusiasmo organizado, alguien empieza a preguntarse dónde ha quedado su propio tiempo.
No es solo hacer las cosas. Es tenerlas permanentemente en la cabeza
Imaginemos que en casa hay un reparto de tareas.
Una persona lleva a la criatura a Halloween. La otra la recoge.
Parece razonable.
Pero ¿quién ha leído la invitación? ¿Quién ha comprobado si se requiere confirmación? ¿Quién sabe a qué hora empieza? ¿Quién ha preguntado si hay que llevar merienda? ¿Quién recuerda que el disfraz del año pasado ya no le sirve?
¿Y quién se ha dado cuenta de que el viernes coinciden dos actividades?
Todo eso también es trabajo.
La socióloga Allison Daminger ha estudiado esta dimensión cognitiva de las tareas domésticas [1]: anticipar necesidades, buscar soluciones, tomar decisiones y comprobar que las cosas se hagan.
Es un trabajo que puede resultar difícil de observar precisamente porque gran parte ocurre antes de que nadie vea una tarea realizada.
No solo hay que comprar un disfraz.
Hay que acordarse de que hace falta comprarlo.
Y si alguien pregunta «¿por qué no me lo dijiste y lo habría comprado yo?», quizá esté ilustrando exactamente el problema.
Porque una cosa es colaborar en una tarea y otra compartir la responsabilidad de que esa tarea exista.
Esta desigualdad no aparece en todas las familias de la misma manera, pero las investigaciones sobre cuidados siguen encontrando que las madres asumen una parte desproporcionada de muchas responsabilidades de organización y seguimiento.
Y pensar constantemente en lo que queda pendiente también puede agotar. Según el informe Estado de las Paternidades en España 2026, el 67 % de las madres y el 62 % de los padres encuestados afirmaron no disponer de tiempo suficiente para el descanso, el autocuidado y el ocio [2].
La culpa de no estar fabricando recuerdos inolvidables
Pero hay otra cuestión que merece atención.
¿Por qué nos cuesta tanto decir que no?
En ocasiones, porque queremos participar. Nos gusta ver a nuestras criaturas disfrutar y nos hace ilusión compartir experiencias con ellas.
Otras veces, porque no queremos decepcionarlos.
«Todos van».
Dos palabras con un poder extraordinario.
De pronto, una fiesta que no teníamos ninguna intención de organizar en nuestra agenda se convierte en algo importante.
No queremos que nuestra criatura se quede fuera, que pierda oportunidades o que piense que somos los únicos que nunca pueden.
Y alrededor de esa preocupación aparece una idea difícil de cuestionar:
Un buen padre o una buena madre debería intentar ofrecerle a su hijo o hija todas las experiencias posibles.
¿Pero de verdad?
¿Cuántas experiencias hacen falta para tener una buena infancia?
¿Y quién ha decidido que todas deben ser memorables?
Las redes sociales tampoco ayudan siempre a relativizar estas expectativas. Un informe del Cirujano General de Estados Unidos señala la presión cultural y las redes sociales entre los factores que pueden contribuir al estrés parental [3]. Vemos las calabazas perfectamente decoradas, las celebraciones temáticas, los desayunos especiales y los disfraces que parecen haber salido de un taller profesional.
Lo que normalmente no vemos es el cansancio, el tiempo, el dinero y las discusiones que puede haber detrás.
O, sencillamente, que otras familias han elegido no hacer nada de eso.
Cuando las expectativas sobre la crianza dejan poco espacio para vivirla
Hay un fenómeno especialmente curioso.
Podemos estar tan ocupados preparando experiencias para nuestros hijos e hijas que apenas nos queda energía para disfrutarlas.
Planificamos la fiesta, compramos los materiales, organizamos los desplazamientos, contestamos mensajes y nos aseguramos de que todo salga bien.
Y cuando por fin llega el momento, estamos agotados.
Entonces aparece otra contradicción.
Queríamos hacer algo bonito por nuestras criaturas.
Pero acabamos deseando que termine cuanto antes.
Esto no significa que no nos guste estar con ellas. Ni que seamos egoístas, impacientes o poco cariñosos.
Quizá significa que estamos intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo.
Y que conviene preguntarse cuánto de lo que hacemos responde a las necesidades de nuestras criaturas y cuánto a las expectativas que hemos ido incorporando sobre cómo debería ser una buena maternidad o paternidad.
No siempre resulta fácil diferenciarlas.
¿Y si una buena infancia también necesita fines de semana sin planes?
No todas las invitaciones necesitan una respuesta afirmativa.
No todas las actividades escolares necesitan convertirse en un proyecto familiar.
No todas las festividades tienen que celebrarse por todo lo alto.
A veces podemos elegir una fiesta y rechazar otras tres.
Podemos comprar un disfraz en lugar de confeccionarlo.
Podemos decir que este año no participamos en el concurso de calabazas.
Y podemos dejar una tarde libre sin buscar inmediatamente una actividad para llenarla.
Eso no significa que haya que renunciar a las experiencias compartidas. Significa que podemos preguntarnos cuáles tienen sentido para nuestra familia y cuáles estamos manteniendo más por obligación que por deseo.
También implica repartir de verdad las responsabilidades entre los adultos que cuidan, no solo distribuir la ejecución de las tareas cuando alguien ya lo ha pensado todo.
En ocasiones habrá desacuerdos. Habrá criaturas que se enfaden porque no pueden ir a una fiesta. Habrá cierta incomodidad al decir que no.
Pero quizá educar también incluya mostrar que el tiempo, el dinero y la energía tienen límites.
Y que esos límites no son una medida del cariño.
Tus hijos no necesitan que seas el departamento de eventos de su infancia
La presión de la crianza contemporánea no se resuelve simplemente comprando una agenda más grande.
A veces hace falta revisar las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos, la manera en que distribuimos los cuidados y lo difícil que puede resultarnos tolerar que nuestras criaturas se pierdan alguna experiencia.
También merece la pena observar cuándo una actividad nos ilusiona de verdad y cuándo la aceptamos porque sentimos que deberíamos hacerlo.
La psicoterapia puede ofrecer un espacio para explorar estas exigencias, la culpa asociada a poner límites y las dificultades para equilibrar nuestras necesidades con las de nuestra familia. En Eirene García Psicología, la terapia online para la ma/paternidad aborda, entre otros desafíos, el estrés, el agotamiento y las presiones que acompañan a la crianza.
No existe una única forma correcta de criar.
Y desde luego no existe un número mínimo de fiestas de Halloween al que haya que asistir para demostrar que queremos a nuestros hijos e hijas.
Así que, si aparece otra invitación, quizá no haga falta explicar dónde pueden meterse la calabaza.
Quizá baste con responder:
«Muchas gracias, pero esta vez no vamos».
Y dejar que, por una vez, el sábado sea sábado.
Fuentes y lecturas complementarias
[1] Daminger, A. (2019). The Cognitive Dimension of Household Labor. American Sociological Review. Consultar fuente
[2] Ministerio de Igualdad (2026). Estado de las Paternidades en España 2026. Consultar fuente
[3] U.S. Surgeon General (2024). Parents Under Pressure. Consultar fuente





