logo eirene garcia letra E

¿Y si la esperanza también pudiera hacernos daño?

Tabla de contenidos

Pandora abrió la caja y se fue todo a la mierda.

Bueno, técnicamente era una tinaja, pero reconozcamos que «la tinaja de Pandora» tiene bastante menos gancho.

De allí salieron las enfermedades, los sufrimientos y toda clase de desgracias que, según el mito griego, terminaron complicándonos considerablemente la existencia.

Pero hubo algo que no salió.

La esperanza.

Se quedó dentro, tan pancha.

Y nosotros llevamos siglos convencidos de que eso fue una buena noticia.

Porque la esperanza nos parece algo bonito. Una virtud. Una especie de reserva de emergencia a la que recurrir cuando las cosas se ponen feas.

Hasta que aparece Friedrich Nietzsche y nos estropea la fiesta.

En Humano, demasiado humano, el filósofo sostiene que la esperanza es «el peor de los males» porque prolonga los sufrimientos humanos.

Así, sin anestesia.

Y aunque no tengamos por qué darle la razón, quizá merezca la pena hacerle una pregunta a esa esperanza que tenemos tan bien considerada:

¿Y si eso que nos ayuda a aguantar también pudiera impedirnos cambiar?

Nietzsche, Pandora y una esperanza con bastante mala fama

La historia que conocemos procede de la mitología griega, especialmente del relato de Hesíodo en Los trabajos y los días.

Pandora abre una gran tinaja y libera las desgracias que acabarán acompañando a los seres humanos. Solo Elpis permanece dentro.

Habitualmente traducimos Elpis como «esperanza», aunque la palabra griega también puede expresar expectativa o anticipación, y su significado en el mito sigue siendo objeto de debate.

Hay interpretaciones que consideran que la esperanza representa el último consuelo disponible frente al sufrimiento. Otras se preguntan si esa expectativa puede formar parte del problema.

Nietzsche eligió claramente la segunda posibilidad.

En el aforismo 71 de Humano, demasiado humano (1878), presenta la esperanza como algo que nos mantiene soportando desgracias porque seguimos confiando en que algún día las cosas mejorarán.

Es una interpretación provocadora. También profundamente pesimista.

Y conviene recordar que estamos leyendo una reflexión filosófica, no una explicación científica del funcionamiento de la esperanza.

Pero la provocación tiene algo interesante.

Porque todos conocemos, de una forma u otra, esa situación en la que seguimos esperando algo incluso cuando nuestra experiencia nos ofrece muy pocas razones para pensar que sucederá.

Y aquí la caja de Pandora empieza a parecerse bastante menos a un mito y bastante más a la vida cotidiana.

La esperanza tiene muy buena prensa

Pensemos en lo que solemos decirle a alguien cuando atraviesa un momento difícil.

«No pierdas la esperanza».

«Seguro que todo cambia».

«Mientras haya esperanza…».

Y, por supuesto, el clásico «lo último que se pierde es la esperanza».

A veces estas frases acompañan de verdad. Nos recuerdan que una situación dolorosa no tiene por qué ser permanente, que todavía existen posibilidades y que podemos encontrar recursos que ahora mismo no vemos.

La esperanza puede ser muy importante.

Puede ayudarnos a sostener un tratamiento difícil, atravesar un periodo de incertidumbre, recuperarnos de un contratiempo o perseverar en algo que merece nuestro esfuerzo.

En psicología también encontramos perspectivas que explican su valor.

Charles R. Snyder, por ejemplo, propuso una teoría de la esperanza vinculada a nuestra capacidad de imaginar caminos hacia objetivos significativos y sentir que podemos movilizarnos para recorrerlos.

En ese planteamiento, esperar no consiste simplemente en sentarse a desear que ocurra algo bueno.

También implica identificar posibilidades y encontrar maneras de actuar.

Y esta distinción nos interesa muchísimo.

Porque no es lo mismo pensar «quizá las cosas puedan mejorar y voy a explorar qué puedo hacer» que pasar años esperando una transformación que depende, fundamentalmente, de otra persona.

Las dos experiencias pueden llamarse esperanza.

Pero no necesariamente están haciendo lo mismo por nosotros.

«Esta vez sí». Las tres palabras que más trabajo le dan a la esperanza

Imaginemos una relación que lleva tiempo atravesando dificultades.

Ha habido discusiones, conversaciones, promesas de cambio. Quizá también momentos muy buenos, porque las relaciones importantes rara vez caben en una descripción sencilla.

Un día llega una disculpa.

Una conversación diferente.

Un gesto que llevábamos meses esperando.

Y pensamos: «Ahora sí».

Quizá algo esté empezando a cambiar.

O quizá estamos ante un momento valioso que todavía no permite saber si habrá una transformación duradera.

La diferencia importa.

Porque una disculpa puede ser sincera y, aun así, no ir acompañada de cambios suficientes.

Una conversación puede ser importante sin resolver todo lo que la hizo necesaria.

Y un fin de semana maravilloso puede convivir con problemas que llevan años sin abordarse.

Nada de esto significa que debamos desconfiar de cada gesto positivo.

Significa que una posibilidad no es lo mismo que una realidad que se mantiene en el tiempo.

La esperanza puede ayudarnos a reconocer oportunidades.

Pero también puede llevarnos a interpretar cada pequeña señal como el anuncio de algo mucho mayor.

A veces tenemos motivos para confiar.

Otras veces estamos tan necesitados de que algo suceda que cualquier indicio parece confirmar lo que llevamos tiempo deseando.

Y no siempre resulta fácil distinguir una cosa de la otra.

Tu jefe lleva cinco años diciéndote que el ascenso está al caer

Como siga cayendo, llega al centro de la Tierra.

Pero tú sigues esperando.

Y quizá tienes buenos motivos.

Has invertido tiempo, has construido relaciones, conoces tu trabajo, valoras a tus compañeros. Además, cambiar de empleo no es una decisión sencilla ni está al alcance de todo el mundo en cualquier momento.

Tal vez en tu empresa sí existen posibilidades reales de progresar.

O quizá cada año recibes una versión ligeramente actualizada de la misma promesa.

El problema no es que tengas ilusión por mejorar profesionalmente.

La pregunta es cuánto de tu vida laboral estás organizando alrededor de algo que todavía no ocurre.

¿Estás tomando decisiones con la información que tienes o con la que esperas recibir algún día?

¿Hay acciones concretas que indiquen que la situación está cambiando?

¿Existen alternativas que has dejado de considerar porque sigues pendiente de esa promesa?

Y, sobre todo, ¿qué parte de esa transformación depende realmente de ti?

Porque a veces seguimos esforzándonos en alcanzar algo sobre lo que tenemos un control muy limitado.

Y por mucho que nos esforcemos, no podemos tomar las decisiones que corresponden a otra persona.

Ni siquiera siendo extraordinariamente pacientes.

Hay una espera que puede acompañarnos hasta los cuarenta, los cincuenta o los sesenta

Tienes 45 años.

Pagas impuestos, solucionas problemas, quizá has criado hijos, has construido una vida y sabes perfectamente cómo funciona una declaración de la renta.

Pero todavía esperas que tu padre te diga que está orgulloso de ti.

Y cada vez que consigues algo importante, una parte de ti sigue pendiente de su reacción.

No porque no seas una persona adulta.

No porque no tengas recursos.

Sino porque hay reconocimientos que deseamos de alguien concreto. Y que nos los ofrezca otra persona no siempre ocupa el mismo lugar.

Quizá tu padre te quiere, pero nunca aprendió a expresar orgullo o afecto como tú necesitabas.

Quizá vuestra relación es complicada.

Quizá ha habido intentos de acercamiento y conversaciones que no llegaron a donde esperabas.

O quizá las circunstancias son completamente diferentes.

La cuestión no es construir un juicio sobre él a partir de unas pocas líneas.

Es reconocer algo más difícil:

Podemos haber construido una vida entera y seguir esperando una respuesta que nos importa profundamente.

Esa esperanza puede acompañarnos durante años.

Y no tenemos por qué avergonzarnos de ello.

Pero sí podemos preguntarnos qué ocurre cuando nuestro reconocimiento personal sigue dependiendo, en gran medida, de una respuesta ajena que quizá no llegue.

No se trata de obligarnos a dejar de necesitar cariño o aprobación.

Se trata de que esa ausencia no tenga que decidir para siempre cuánto valemos.

A veces seguimos esperando porque dejar de esperar duele más

Aquí Nietzsche vuelve a resultar incómodo.

¿Por qué continuar esperando algo que lleva tanto tiempo sin suceder?

Desde fuera puede parecer una decisión incomprensible.

«Pues deja de esperar».

«Cambia de trabajo».

«No le des más importancia».

«Pasa página».

Consejos estupendos, especialmente cuando los da alguien que no tiene que vivir las consecuencias.

Porque dejar de esperar no consiste simplemente en cambiar de opinión.

A veces significa reconocer una pérdida.

La relación que imaginábamos.

La familia que queríamos tener.

La conversación que creíamos que algún día lo aclararía todo.

El reconocimiento por el que llevamos tanto tiempo esforzándonos.

Y hay algo especialmente doloroso en esas pérdidas: muchas veces estamos renunciando a algo que nunca llegamos a tener.

Mientras seguimos esperando, todavía existe una posibilidad.

Quizá el año que viene.

Quizá cuando las circunstancias sean distintas.

Quizá después de la próxima conversación.

Dejar de organizar nuestra vida alrededor de esa posibilidad puede obligarnos a reconocer que una parte importante de lo que deseábamos quizá no se haga realidad.

Y eso merece más comprensión que un «tienes que soltar».

Porque la esperanza pudo ayudarnos durante mucho tiempo.

Pudo darnos fuerzas, permitirnos mantener una relación significativa o atravesar circunstancias que no podíamos cambiar entonces.

No tenemos que despreciar esa función para preguntarnos si sigue siendo la misma ahora.

Lo que dice la psicología sobre dejar de perseguir ciertos objetivos

La investigación psicológica sobre la regulación de metas aporta una perspectiva interesante.

Carsten Wrosch y sus colaboradores estudiaron cómo se relaciona el bienestar con nuestra capacidad para ajustar el compromiso con objetivos que se han vuelto inalcanzables y orientar nuestros esfuerzos hacia otros que siguen siendo significativos.

Sus investigaciones encontraron asociaciones entre determinadas formas de desvinculación y reorientación de metas y mayores niveles de bienestar psicológico.

Esto no demuestra que abandonar cualquier objetivo nos haga sentir mejor.

Tampoco nos dice cuándo debemos terminar una relación, cambiar de empleo o renunciar a una esperanza concreta.

Pero cuestiona una idea bastante extendida: que perseverar siempre es mejor que cambiar de dirección.

A veces perseverar nos ayuda a construir algo valioso.

Otras veces puede ser necesario revisar aquello en lo que seguimos invirtiendo nuestra energía.

Y eso no es necesariamente un fracaso.

Hay una enorme diferencia entre abandonar algo porque aparece la primera dificultad y reconocer, después de mucho esfuerzo, que las circunstancias requieren otra decisión.

También es importante distinguir entre las posibilidades reales de una persona y las que suponemos desde fuera.

No todo el mundo puede dejar un trabajo, abandonar una convivencia o tomar distancia de una relación familiar sin afrontar consecuencias económicas, sociales o emocionales importantes.

Cuando existen dependencias, responsabilidades de cuidado, coerción o violencia, cualquier decisión requiere considerar esas condiciones y, en ocasiones, buscar apoyo especializado.

La flexibilidad psicológica no consiste en exigirle a alguien que cambie inmediatamente una situación que quizá todavía no puede cambiar.

Aceptar la realidad no significa darle la razón

Aquí suele aparecer otro malentendido.

Pensamos que aceptar algo significa aprobarlo.

Que si aceptamos que una persona no cambia, estamos justificando su comportamiento.

Que si dejamos de esperar una disculpa, estamos diciendo que no la merecíamos.

Que si revisamos una relación, todo lo que hemos vivido pierde valor.

Pero no tiene por qué ser así.

Desde los enfoques psicológicos centrados en la aceptación y la flexibilidad psicológica, podemos distinguir entre reconocer lo que ocurre y resignarnos pasivamente a ello.

Aceptar puede significar mirar una situación con la mayor claridad posible, reconocer nuestras emociones y decidir cómo responder de acuerdo con aquello que consideramos importante.

Podemos seguir creyendo que merecíamos una disculpa sin dedicar los próximos veinte años a esperar que llegue.

Podemos desear que alguien cambie sin hacer depender cada decisión de ese cambio.

Podemos conservar afecto por una relación y reconocer que necesitamos modificar nuestra manera de participar en ella.

Y también podemos decidir seguir intentando algo cuando existen motivos, recursos y posibilidades que lo hacen significativo.

No se trata de convertir la aceptación en una nueva obligación.

Ni de decirle a nadie qué debe hacer con sus vínculos.

Se trata de recuperar margen para decidir.

Quizá la pregunta no sea si todavía tienes esperanza

A veces necesitamos dejar de preguntarnos exclusivamente:

«¿Y si algún día cambia?».

Y empezar a introducir otras preguntas.

¿Qué está cambiando realmente?

No qué nos gustaría que cambiara ni qué podría llegar a pasar, sino qué estamos observando en el presente.

¿Qué parte de aquello que espero depende de mí?

Hay acciones que podemos emprender, conversaciones que podemos proponer y decisiones que podemos revisar. Pero no podemos garantizar las respuestas de otras personas.

¿Qué estoy posponiendo mientras espero?

No siempre habrá una respuesta preocupante. Quizá la espera forme parte de un compromiso que sigue teniendo sentido.

Pero si llevamos años dejando otras posibilidades fuera de nuestra vida, conviene poder verlo.

¿Podría seguir deseando esto sin esperar a que suceda para tomar mis propias decisiones?

Esta última pregunta me parece especialmente importante.

Porque no exige dejar de sentir.

No pide que olvidemos a nadie.

No obliga a convertir una historia valiosa en un error.

Solo nos invita a considerar que nuestros deseos y nuestras decisiones no tienen por qué estar permanentemente atados.

Igual Nietzsche tenía una parte de razón. Pero no toda.

Volvamos a Pandora.

La esperanza quedó dentro de la tinaja.

Nietzsche vio en ella una trampa: la posibilidad de seguir soportando sufrimientos porque siempre queda algo que esperar.

Es una advertencia interesante.

Pero convertir toda esperanza en un mal sería tan simplificador como considerarla siempre una virtud.

La esperanza puede sostenernos cuando todavía existen caminos por explorar.

Puede permitirnos imaginar futuros que hoy parecen muy lejanos.

Puede acompañarnos incluso cuando no tenemos ninguna certeza.

Y también puede necesitar ser revisada cuando empezamos a organizar toda nuestra existencia alrededor de algo que apenas cambia.

No hace falta elegir entre Nietzsche y una taza con la frase «Nunca pierdas la esperanza».

Podemos hacernos una pregunta bastante más útil:

¿Esta esperanza está ampliando mis posibilidades de vivir o las está reduciendo?

En La última raíz: a veces no nos retiene el pasado, sino la esperanza exploramos precisamente el peso emocional de esas posibilidades que seguimos conservando, incluso cuando una parte de nuestra historia parece haberse terminado.

Porque quizá no necesitamos dejar de esperar que algo bueno suceda.

Quizá necesitamos dejar de pedirle a esa posibilidad que decida por nosotros.

Y entonces podemos volver al mito.

Pandora abrió la caja. Salieron todas las desgracias.

La esperanza se quedó allí, tan pancha.

Que se quede, si quiere.

Tú no tienes por qué quedarte esperando con ella.

Fuentes y lecturas complementarias

• Hesíodo. Los trabajos y los días, versos 90–105. Edición del Center for Hellenic Studies. Consultar fuente

• Nietzsche, F. (1878). Humano, demasiado humano, I, aforismo 71, «La esperanza».. Consultar fuente

• Eidinow, E. (2025). From Modern “Hope” to Ancient Elpis. En Pursuing Hope in the Premodern World.. Consultar fuente

• Snyder, C. R. (2002). Hope Theory: Rainbows in the Mind. Psychological Inquiry, 13(4), 249–275.. Consultar fuente

• Wrosch, C., Scheier, M. F., Miller, G. E., Schulz, R. y Carver, C. S. (2003). Adaptive Self-Regulation of Unattainable Goals: Goal Disengagement, Goal Reengagement, and Subjective Well-Being. Personality and Social Psychology Bulletin, 29(12), 1494–1508.. Consultar fuente

• Hayes, S. C., Levin, M. E., Plumb-Vilardaga, J., Villatte, J. L. y Pistorello, J. (2013). Acceptance and Commitment Therapy and Contextual Behavioral Science. Behavior Therapy, 44(2), 180–198.. Consultar fuente

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

Cómo cuidamos lo que lees

No publicamos por publicar. Revisamos la información, las fuentes y la forma de contarla para que lo que encuentres aquí sea claro, riguroso y útil de verdad.

¿No sabes por dónde empezar?

A veces lo difícil no es pedir ayuda, sino saber qué necesitas o por dónde empezar. Puedes escribirnos y vemos contigo cuál puede ser el primer paso.

¿Quieres consultar las fuentes?

Cuando un artículo incluye información clínica o científica, encontrarás las referencias que hemos utilizado para sostenerla y seguir profundizando por tu cuenta.

Más articulos