Van Gogh pintó Los girasoles. Nosotros seguimos hablando de su oreja.
Hay que reconocer que tenemos una relación curiosa con el sufrimiento ajeno. Delante de una obra maravillosa, en lugar de preguntarnos cómo aprendió a pintar así, cuánto trabajó o qué quería contar, acabamos fascinados por el episodio más doloroso de su biografía.
No tiene nada de malo interesarse por la vida de un artista. Lo extraño empieza cuando convertimos su dolor en la explicación de su talento. Como si una gran obra necesitara venir con una desgracia de regalo.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿hay que estar hecho una mierda para crear algo extraordinario?
Una oreja que casi se come todos los girasoles
En agosto de 1888, Vincent van Gogh pintó varias versiones de Los girasoles en Arlés. Quería decorar la casa donde esperaba recibir a Paul Gauguin. Experimentaba con el color, trabajaba deprisa porque las flores se marchitaban y tenía una idea muy concreta de lo que quería conseguir. La National Gallery de Londres documenta ese proceso y las distintas versiones de la serie.
Meses después, en diciembre de 1888, atravesó una grave crisis psicológica durante la cual se lesionó una oreja. A lo largo de los años se ha discutido mucho sobre qué enfermedad podía explicar sus crisis, pero no existe un diagnóstico retrospectivo definitivo. Tampoco podemos deducir de aquel episodio de dónde salía su capacidad artística.
Y, sin embargo, seguimos colocando la oreja al lado del cuadro, como si las dos cosas pertenecieran al mismo mecanismo creativo. No es que debamos borrar esa parte de su vida. Es que tampoco deberíamos dejar que lo explique todo.
El genio atormentado: una historia que nos encanta contar
La figura del artista que sufre y, precisamente por eso, crea maravillas, no apareció con Instagram. En el siglo XIX ya se asociaban imaginación, genialidad y fragilidad psicológica. La historiadora del arte Laura Prins explica que incluso el propio Van Gogh se preguntó cuánto debía sacrificarse una persona por su trabajo.
Es una historia que tiene todos los ingredientes para engancharnos: alguien diferente, una vida difícil, una obra que sobrevive al paso del tiempo. Lo que no tiene necesariamente es una buena explicación psicológica.
Porque una biografía dramática puede volver una obra más intrigante para el público. Pero que algo nos intrigue no demuestra que sea la causa de lo que admiramos. Una ruptura puede aparecer en una canción magnífica. Eso no significa que sin ruptura no hubiera habido música.
Si sufrir diera talento, el Prado no daría abasto
El dolor no viene con pinceles, técnica, tiempo, práctica ni un manual de composición. Puede ofrecer material para una obra: una emoción, una pregunta, una experiencia que necesitamos contar. Pero convertir ese material en pintura, música o literatura implica muchas otras cosas.
En el caso de Van Gogh, también hablamos de aprendizaje, dibujo, observación, experimentación con los colores, decisiones artísticas y apoyo de personas como su hermano Theo. Todo eso desaparece cuando resumimos su trabajo en «pintaba así porque estaba mal».
La investigación sobre creatividad y problemas de salud mental tampoco permite una ecuación sencilla. Los resultados dependen de qué entendemos por creatividad, qué dificultades estudiamos y cómo se investiga. Encontrar una asociación en determinadas muestras no equivale a demostrar que sufrir produce talento.
¿Y las obras que no llegan a existir?
Hay una pregunta que solemos olvidar cuando admiramos al genio atormentado: ¿cuántas cosas deja de poder hacer alguien precisamente porque está sufriendo?
El propio Van Gogh atravesó periodos en los que sus crisis le impedían trabajar o le dificultaban enormemente hacerlo. El Van Gogh Museum insiste en que su talento no fue un producto de la enfermedad; siguió pintando cuando su estado se lo permitía.
No todo malestar tiene los mismos efectos, y algunas personas encuentran en la creación una forma valiosa de expresión. Pero tampoco deberíamos pasar por alto el cansancio, la falta de concentración, el aislamiento o los recursos que una persona puede necesitar para sostener su vida y su trabajo.
Quizá sea más justo admirar no solo lo que alguien hizo con su dolor, sino también el esfuerzo que supuso seguir trabajando a pesar de él.
¿Y si ponerse bien te quitara la inspiración?
Aquí está otra consecuencia del mito, más cercana de lo que parece. Si empiezas a creer que tu tristeza, tu caos o tu malestar son la parte más valiosa de ti como artista, mejorar puede llegar a sentirse como una amenaza para tu identidad.
No significa que todas las personas creativas piensen así, ni que podamos atribuir esa idea a alguien por escribir canciones tristes. Pero merece la pena preguntarse qué nos hacemos cuando convertimos el sufrimiento en requisito: ¿qué lugar dejamos al descanso, al cuidado, a los cambios y a la posibilidad de pedir ayuda?
Crear a partir de algo doloroso y necesitar que ese dolor continúe para poder crear son dos cosas muy distintas. Si te interesa esa otra pregunta, en «Crear desde el dolor» exploramos cuándo una obra ayuda a comprender lo vivido y cuándo podemos quedarnos dándole vueltas sin avanzar.
Lectura relacionada: Crear desde el dolor: ¿puede el arte ayudarnos?
Volvamos a mirar Los girasoles
Una obra puede nacer en un momento difícil y seguir siendo extraordinaria. También puede hacerse desde la alegría, la curiosidad, la rutina o el simple placer de trabajar bien. El valor de lo creado no depende de cuánto sufrió quien lo hizo.
Van Gogh fue una persona con dificultades reales, pero también un pintor con ambiciones, decisiones, aprendizaje y una enorme dedicación a su oficio. Merece que podamos hablar de ambas cosas sin reducir una a la otra.
Así que sí, hablemos de su vida. Pero quizá la próxima vez, antes de volver a su oreja, podríamos dedicarle un poco más de tiempo a esos girasoles.
No vaya a ser que acabemos recordando mejor la desgracia que la obra.
Fuentes y lecturas complementarias
National Gallery (Londres). Vincent van Gogh, Sunflowers. Obra y contexto de la serie (1888–1889).
Metropolitan Museum of Art. Vincent van Gogh: The Drawings. Sobre práctica y desarrollo artístico.





