Una niña se prepara para salir disfrazada en Halloween. Al día siguiente, en esa misma familia, alguien compra flores para llevarlas al cementerio. Quizá una abuela recuerde que cuando ella era pequeña nadie llamaba a las puertas para pedir caramelos. Quizá su nieta no entienda por qué hay que visitar una tumba justo ese día.
Las dos escenas pueden convivir sin que ninguna invalide a la otra. Y ambas nos acercan, por caminos muy distintos, a una cuestión que nos acompaña desde hace mucho antes de que existieran las calabazas de plástico: ¿qué relación tenemos los seres humanos con la muerte?
En España, el 1 de noviembre se celebra Todos los Santos y el 2 es el Día de los Fieles Difuntos. Aunque son celebraciones diferentes en el calendario católico, es frecuente visitar los cementerios en torno al día 1, tradicionalmente festivo. A estas costumbres se suman otras formas de vivir estas fechas, religiosas o no.
Pero lo que me interesa no es abrir un debate sobre qué celebración es mejor ni lamentar que las costumbres cambien. Es preguntarnos para qué seguimos haciendo determinados rituales ante la ausencia que dejan quienes amamos cuando mueren. Y por qué algunos nos ayudan a sentirnos cerca de quien murió, aunque sea de una forma diferente, mientras que otros pueden llegar a pesarnos.
¿Para qué hacemos algo cuando ya no podemos cambiar lo ocurrido?
A veces, para honrar a quienes han muerto, llevamos flores al cementerio. Encendemos una vela. Nos reunimos a comer. Guardamos un objeto que tiene valor sentimental, como una nota o una tarjeta de cumpleaños escrita a mano. Hacemos una receta que esa persona solía hacer. Volvemos al lugar donde pasamos un buen rato con ella. Otras veces, nada.
Estas acciones no modifican lo ocurrido ni hacen desaparecer la ausencia. Sin embargo, para quienes las realizamos tienen un sentido muy concreto y profundo, vinculado a varias tareas en el proceso de duelo: conectar con nuestras emociones y gestionarlas, recolocar emocionalmente a nuestro ser querido, transformar el vínculo.
Un ritual es una acción —a menudo repetida, compartida o cargada de símbolos— a la que atribuimos un significado emocional. Por ejemplo, llevar un ramo al cementerio es un símbolo y una forma de reservarle un lugar, un tiempo, en nuestro presente.
La psicología ha estudiado cuáles son las funciones de los rituales. Una revisión de Hobson y colaboradores reúne investigaciones que los relacionan, entre otras cosas, con la regulación emocional y la conexión social.
Poner un gesto allí donde faltan las palabras
Cuando alguien muere, podemos sentir emociones muy variopintas: tristeza y alivio, cariño y rabia, gratitud y asuntos pendientes. A veces no encontramos palabras para expresarlas. En otras ocasiones no queremos hacerlo todavía.
Los rituales nos pueden permitir expresar algo profundo sin tener que poner palabras. Ya lo dice el refrán: «A veces, una imagen vale más que mil palabras». Y eso también lo podemos aplicar a una acción, a un gesto. Una persona puede necesitar hablar durante horas; otra, colocar una fotografía, permanecer un rato en silencio y, simplemente, llorar. Ninguna de esas respuestas, por sí sola, indica que se esté viviendo mejor o peor el duelo.
El ritual también puede marcar un tiempo y un espacio. Frente a una pérdida que altera tantas cosas, saber que hay un momento para reunirse, recordar o despedirse puede marcar un antes y un después. No resuelve la incertidumbre ni borra el dolor, pero para algunas personas puede hacer que esa experiencia resulte más abarcable y facilitar que puedan integrarla.
Los rituales también dicen: «esta persona me importa»
El dolor es la cara triste del amor. Sentimos dolor ante la pérdida de aquello o de quienes amamos. Hay una dimensión social que a veces olvidamos. Un funeral, una despedida o una comida con personas cercanas puede decirle a quien está de duelo que su pérdida ha sido reconocida socialmente y que no está sola: que otras personas saben que su mundo ha cambiado y están ahí.
Esto importa porque el duelo no sucede al margen de la vida cotidiana. Sucede mientras hay que volver al trabajo, cuidar de la familia, responder mensajes, hacer la compra. Las ceremonias no sustituyen el acompañamiento de los meses siguientes. Pero pueden ser una de las formas en que una comunidad acompaña.
Y aquí aparece una pregunta interesante: ¿somos capaces de organizar una despedida y, al mismo tiempo, no saber qué hacer con la tristeza de alguien cuando pasan las primeras semanas?
Los rituales que heredamos: ¿cariño, pertenencia o deber?
Hay familias en las que visitar el cementerio en noviembre es algo tan habitual como reunirse en Navidad. La costumbre puede conectar con la propia infancia, con otras personas de la familia y con una manera compartida de expresar afecto. A veces el gesto recuerda el legado de amor que nos dejó quien murió y también recuerda a quienes nos enseñaron a hacerlo.
Pero heredar una tradición no garantiza vivirla y sentirla del mismo modo. Para una persona puede ser un momento íntimo de conexión; para otra, una visita que hace por no discutir; para otra, un recordatorio doloroso que prefiere evitar. Incluso dentro de una misma familia pueden existir todas esas experiencias a la vez.
Cuando alguien dice «si no vienes, parece que no te importaba», quizá está expresando su propia necesidad de compartir el recuerdo. Pero la conclusión no se sostiene: el afecto no se puede medir por asistir o no a una ceremonia ni por el tamaño del ramo de flores que llevamos.
Los rituales que inventamos: una canción también puede ser un lugar
No todos los rituales tienen siglos de historia. A veces nacen cuando una persona piensa en cocinar el plato que preparaba alguien, escuchar su música el día de su cumpleaños, caminar por un sitio compartido, poner una silla más en una celebración o decidir que ese año no se va a poner.
Lo que para una persona es una costumbre sin importancia, para otra puede tener un enorme significado. Y ese significado no depende de que sea religioso, solemne ni público. Puede ser algo cotidiano e incluso cambiar con el tiempo.
En psicología se habla de «vínculos continuos» para describir distintas formas en las que una relación puede seguir teniendo presencia en nuestra vida después de la muerte, aunque de otro modo. Una revisión sistemática publicada en 2024 encontró experiencias tanto de consuelo como de malestar vinculadas a estas conexiones. No se puede afirmar que mantenerlas sea siempre beneficioso ni que desprenderse de ellas sea lo adecuado para todo el mundo.
Por eso la pregunta útil quizá no sea «¿debería seguir haciendo esto?», sino «¿qué significa hoy para mí y cómo me siento cuando lo hago?». La respuesta puede cambiar. Un ritual que antes consolaba puede dejar de hacerlo, y uno que parecía imposible puede adquirir sentido años después.
Y los rituales que no queremos seguir
Hay quien no desea ir al cementerio. Hay quien no quiere conservar las cenizas, hablar en un funeral o conmemorar una fecha. Puede que ese gesto no encaje con sus creencias, que despierte conflictos familiares, que la relación con la persona fallecida fuera difícil o que simplemente no lo necesite.
No participar no equivale necesariamente a negar la muerte, a querer menos a alguien o a «hacer mal» el duelo. Tampoco podemos concluir lo contrario: repetir una ceremonia no garantiza haber encontrado una manera sana de convivir con la pérdida.
Una revisión de estudios sobre prácticas funerarias encontró resultados cuantitativos poco concluyentes. Las investigaciones cualitativas apuntaban a que poder participar de una forma elegida y significativa —más que la ceremonia en sí— influía en cómo algunas personas vivían el acompañamiento y la despedida.
La cuestión no es eliminar las tradiciones, sino que tengan sentido para las personas que las hacen. Se puede respetar que alguien necesite un rito religioso y respetar también a quien no lo comparte. Se puede proponer una visita sin convertirla en una prueba de amor. Y dejar a las personas la libertad de elegir si quieren participar o no.
Cuando no pudimos despedirnos como habríamos querido
También existen pérdidas en las que no hubo posibilidad de elegir. Una muerte repentina, la distancia, una enfermedad, restricciones sanitarias o circunstancias familiares pueden impedir una despedida deseada. Y no es raro que, junto a la tristeza, aparezcan preguntas sobre lo que quedó por decir o hacer.
A veces encontrar otro gesto posterior puede ser valioso: una conversación, una reunión más pequeña, una carta que no se envía, un homenaje íntimo. Otras veces la persona no quiere hacer nada de eso.
También merece espacio la ambivalencia. Podemos echar de menos a alguien con quien tuvimos una relación difícil. Podemos no querer homenajear a quien nos hizo daño. Podemos sentir alivio después de una enfermedad larga y, al mismo tiempo, un dolor enorme. Ningún ritual debería ser obligado.
Después del rito, queda la vida
El cementerio cierra, las flores envejecen, las personas regresan a casa. Y el duelo sigue formando parte de la vida de maneras que no siempre son visibles. Puede aparecer un martes cualquiera, durante una conversación sin importancia o al escuchar una frase conocida.
No necesitamos expresar el dolor continuamente para demostrar amor, ni dejar de hacerlo para demostrar que estamos mejor. A veces necesitamos compañía; otras, intimidad. A veces hablar de esa persona ayuda. Otras, preferimos seguir con lo que estábamos haciendo. El significado de cada gesto depende de nuestra historia, del vínculo y del momento.
Si una pérdida está afectando de manera importante a tu vida y te gustaría comprender lo que estás viviendo o explorar qué apoyo podría ayudarte, puedes conocer cómo trabajamos en nuestra página sobre terapia online para el duelo. Pedir apoyo es una posibilidad, no una obligación, cuando aprender a vivir en el mundo sin esa persona se te hace muy cuesta arriba.
¿Y tú? ¿Qué ritual mantienes, inventaste o decidiste dejar atrás?
Me gustaría hacerte una pregunta, más que cerrar el tema con una conclusión. Cuando piensas en alguien que ha muerto y quieres recordarlo, ¿hay algún gesto que tenga sentido para ti? ¿Hay una tradición que hayas decidido no seguir, o una forma de recordar que tu familia quizá no comprende?
También nos gustaría abrir esta conversación en Instagram. Si decides participar, no hace falta contar una pérdida ni dar detalles personales. Y si prefieres guardar la respuesta para ti, también es una opción legítima.
Quizá tenga más sentido preguntarnos qué valor tiene para nosotros personalmente un ritual: si nos ayuda realmente a integrar lo ocurrido, a vincularnos desde un lugar que no nos haga daño y, si así lo deseamos, a vivir esa relación desde el amor.
Fuentes y lecturas complementarias
Conferencia Episcopal Española — Todos los Santos y Fieles Difuntos
Hobson et al. (2018) — The Psychology of Rituals
Burrell y Selman (2022) — Funeral Practices and Bereavement
Hewson et al. (2024) — The Impact of Continuing Bonds Following Bereavement
Child Bereavement UK — Faiths, Beliefs, Cultures and Communities




