El grupo de WhatsApp del cole: adultos que se comportan como niños

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Son las 17:12.

Alguien pregunta qué deberes hay para mañana.

A las 17:24 ya estamos discutiendo si la profesora explica bien las cosas. A las 17:39, si el colegio informa lo suficiente. A las 17:52, si determinados padres deberían implicarse más.

A las 18:03, la delegada ha escrito por tercera vez que intentemos calmarnos. Alguien responde con un audio de cuatro minutos. Otro propone hablar con dirección. Y una madre, que acaba de recoger a sus hijos de extraescolares, pregunta si alguien puede hacerle un resumen.

Los deberes siguen sin aparecer.

A las 21:48 llega el último mensaje:

«Perdonad, que no he podido leer todo. ¿Al final había que llevar cartulina?».

Bienvenidos al grupo de WhatsApp del cole. Ese lugar donde veinticinco adultos pueden dedicar una tarde entera a resolver un problema que quizá nunca existió.

Y donde, curiosamente, a veces hacemos justo lo que les pedimos a nuestros hijos que no hagan.

Todo el mundo sabe quién es el padre o madre “tiquismiquis” del grupo

Está quien pregunta por algo que ya se comunicó tres veces. Quien envía mensajes a las once de la noche y empieza con un «perdonad las horas». Quien interpreta cualquier cambio de horario como una falta de organización intolerable. Quien responde a todo, aunque nadie le haya preguntado.

También está quien nunca escribe, pero lee absolutamente todo.

Y, por supuesto, está quien piensa que el resto de los padres y madres son unos exagerados.

Es fácil reconocer a esos personajes. Probablemente, mientras lees, ya tienes varias caras en mente.

Lo incómodo llega cuando dejamos de pensar en los demás y quien aparece en tu mente eres… tú mismo/a.

Porque quizá alguna vez hemos enviado un mensaje en caliente. Hemos repetido algo que nos contó nuestra criatura sin comprobarlo. Hemos criticado a un profesor delante de otras familias. O hemos pensado que quienes no participan en una actividad escolar sencillamente no quieren implicarse.

No hace falta ser una persona conflictiva para ser “la personaje”.

Basta con estar cansada, preocupada por tu criatura, convencida de que tienes razón y disponer de un teléfono desde el que puedes compartirlo con otras veinticuatro familias en diez segundos.

Cuando proteger a tu hijo se convierte en juzgar al de los demás

Imaginemos una situación:

«Mi hija dice que Marcos lleva toda la semana molestándola».

El mensaje aparece en el grupo.

Otra familia responde que su hijo también ha tenido problemas con Marcos. Alguien recuerda un incidente del trimestre pasado. Otra persona considera que el colegio debería tomar medidas.

En unos minutos, un niño tiene más mala reputación que Pablo Escobar, entre adultos que quizá apenas le conocen.

Y Marcos no está allí para contar su versión.

Por supuesto, hay situaciones que deben preocuparnos y lo que es más importante, de las que nos debemos ocupar. Si nuestro hijo o hija nos cuenta que está sufriendo, que alguien le hace daño o que existe un problema de convivencia, tenemos que escucharlo, acompañarlo y buscar la intervención adecuada. En determinadas circunstancias, actuar con rapidez es imprescindible.

Pero escuchar y proteger no significa convertir una conversación entre niños en un juicio público entre adultos.

Los niños y niñas interpretan los conflictos desde su experiencia, sus emociones y la información de la que disponen. Igual que nosotros. Un relato puede ser sincero y, al mismo tiempo, incompleto.

A veces olvidamos esta posibilidad cuando el o la protagonista es nuestra criatura.

Seamos sinceras: si fuese nuestra criatura la señalada, querríamos que la escucharan. Que la comprendieran. Que no la etiquetaran injustamente.

¿Estamos dispuestos a ofrecer esa misma consideración a las demás?

Hay una diferencia enorme entre decir «mi hijo me ha contado algo que me preocupa y voy a hablar con el colegio» y escribir en un grupo, señalando con el dedo: «hay un niño en clase que siempre está causando problemas».

La primera frase busca comprender y resolver. La segunda puede dejar una etiqueta difícil de retirar.

Y estamos hablando de menores que todavía están aprendiendo a convivir, equivocarse, reparar y cambiar.

La profesora tiene la culpa. El colegio también.

Otra escena conocida.

El colegio modifica la fecha de una actividad.

Una madre pregunta por qué. Otro padre considera que se ha comunicado tarde. Alguien recuerda una excursión del año anterior que tampoco salió como esperaba.

En poco tiempo, la conversación ya no trata de una fecha, sino de la competencia del centro, la implicación del profesorado y la sensación de que las familias nunca son escuchadas.

Puede que la queja esté completamente justificada.

Los colegios se equivocan. El profesorado también. Hay decisiones que merecen explicaciones, comunicaciones que podrían ser mejores y situaciones en las que las familias deben reclamar.

La cuestión no es si tenemos derecho a criticar. Lo tenemos.

La cuestión es qué ocurre cuando empezamos a hacerlo colectivamente, en ausencia de las personas implicadas y sin conocer todos los detalles.

Una interpretación se convierte en sospecha. La sospecha encuentra apoyos. Y cada nuevo mensaje puede hacer que la versión compartida parezca más sólida.

No necesariamente porque haya aparecido información nueva, sino porque más personas están de acuerdo.

Además, cuando hablamos de lo que afecta a nuestros hijos e hijas, no siempre escuchamos una crítica como algo relacionado con una decisión concreta. Podemos vivirla como una amenaza a su bienestar o como una señal de que no estamos haciendo suficiente por ellos.

Eso ayuda a entender por qué una conversación sobre una excursión puede alcanzar una intensidad emocional que sorprendería a cualquiera que no estuviera dentro del grupo.

No significa que haya que callarse.

Significa que tener motivos para estar enfadado no convierte cualquier manera de expresar ese enfado en la más útil.

¿Y la delegada? Que lo arregle la delegada

Hay un personaje que merece un capítulo propio.

La delegada.

Esa persona que aceptó representar a las familias y que, en algunos grupos, termina gestionando rifas, recogiendo dinero, recordando fechas, preguntando por excursiones y tratando de impedir que dos adultos terminen discutiendo sobre la educación de sus respectivos hijos e hijas a las once de la noche.

«Delegada, ¿puedes preguntar?».

«Delegada, diles que estamos descontentos».

«Delegada, a ver si puedes mediar».

«Delegada, creo que deberías decir algo».

A veces parece que quien aceptó colaborar con el centro hubiera firmado también un contrato de disponibilidad emocional ilimitada.

Conviene recordar algo: la figura del delegado o delegada de madres y padres existe para favorecer la participación, representar inquietudes colectivas y facilitar la relación con el centro. En Andalucía también puede colaborar en la mediación, dentro de lo previsto en el plan de convivencia.

Pero representar a las familias no significa resolver personalmente cada problema ni hacerse responsable de cada reacción que aparece en el móvil.

Y tampoco convierte a esa persona en portavoz automático de opiniones que quizá no comparte.

Podemos valorar mucho el trabajo de quien se ofrece a colaborar y, al mismo tiempo, olvidarnos de que también tiene familia, trabajo, preocupaciones y una vida fuera del grupo.

Hay algo revelador en esta contradicción: queremos enseñar a nuestros hijos e hijas a solucionar sus desacuerdos hablando, pero a veces esperamos que otro adulto gestione los nuestros.

Tenemos iPasen. ¿Por qué seguimos necesitando el WhatsApp?

En Andalucía contamos con iPasen, una aplicación que permite la comunicación entre los centros educativos y las familias, además de consultar información académica, avisos y otros datos escolares.

Entonces, ¿para qué sirve el grupo de WhatsApp?

En principio, para algo diferente: comunicarnos entre familias.

Compartir una iniciativa, organizar una celebración, resolver una duda puntual o ayudar a alguien que lo necesita. Puede ser una herramienta muy útil, especialmente para quienes disponen de menos oportunidades de relacionarse presencialmente con otros padres y madres.

El problema aparece cuando el grupo informal se convierte en una segunda vía de comunicación escolar, con sus propias exigencias y expectativas.

El colegio envía una comunicación. Alguien la comparte en WhatsApp. Otra persona pregunta si se sabe algo más. Alguien dice que a su hijo le han contado otra cosa. Se abre un debate sobre lo que realmente significa el aviso.

La información ya había llegado.

Lo que comienza después es otra cosa.

Y así podemos terminar sintiendo que, para estar al día de la vida escolar de nuestros hijos, no basta con leer las comunicaciones oficiales. También hay que seguir conversaciones que crecen mientras trabajamos, conducimos, cenamos o intentamos descansar.

No todos pueden hacerlo. Ni todos quieren.

Sin embargo, la sensación de quedarse fuera puede ser suficiente para mantenernos pendientes.

«¿Y si precisamente hoy dicen algo importante?».

Es una pregunta pequeña. Pero repetida muchas veces puede convertirse en una carga más.

¿Desde cuándo ser buen padre significa enterarse de absolutamente todo?

Quizá este sea el asunto de fondo.

Hoy podemos conocer con enorme rapidez cambios de horario, deberes, exámenes, incidencias, excursiones y actividades.

Tener más información puede ayudarnos a acompañar mejor a nuestros hijos.

Pero también puede alimentar la expectativa de que debemos estar permanentemente informados y disponibles.

Si una madre pregunta qué deberes había, otra envía una fotografía del cuaderno. Si alguien olvidó una autorización, aparece una familia dispuesta a recordárselo. Si un niño no sabe qué tiene que llevar mañana, el grupo encuentra la respuesta.

Eso puede ser una red de apoyo valiosa.

También puede llevarnos, casi sin darnos cuenta, a asumir tareas que nuestros hijos e hijas podrían y tendrían que aprender a gestionar progresivamente. Porque no vamos a estar siempre en sus vidas y nuestra misión es enseñarles a que se puedan valer por sí mismos/as.

Naturalmente, no esperamos lo mismo de una criatura de cinco años que de una de doce. Tampoco todos los niños tienen las mismas necesidades o circunstancias. Hay quienes requieren apoyos adicionales, y pedir ayuda no es un fracaso, es algo necesario.

Pero merece la pena preguntarnos si nuestra necesidad de tener todo controlado deja suficiente espacio para que aprendan a responsabilizarse de sus cosas, preguntar cuando no entienden algo o afrontar pequeñas consecuencias proporcionadas a su edad.

Nos preocupa que adquieran autonomía.

Y, mientras tanto, quizá estamos construyendo entre adultos un sistema para que nunca les falte una cartulina ni les pongan un cerapio por no haberse llevado la ficha o el libro a casa.

Lo que el grupo dice sobre nosotros

Existe otra dimensión menos visible.

La comparación.

Una familia organiza una actividad extraordinaria. Otra anuncia que su hijo o hija ya ha terminado el proyecto de la semana siguiente. Alguien recuerda que hacen falta voluntarios para decorar el aula.

«Todos estamos muy ocupados, pero si nos organizamos, se puede».

Parece una frase inofensiva.

Pero no todas las familias tienen la misma disponibilidad, la misma red de apoyo, los mismos recursos económicos ni las mismas circunstancias personales.

Hay quien puede participar en todas las actividades. Hay quien trabaja durante el horario escolar. Hay familias que están atravesando situaciones difíciles que no tienen por qué explicar al grupo.

Y hay padres y madres que llegan al final del día con la sensación de estar fallando en demasiados sitios a la vez.

En ese contexto, una conversación aparentemente trivial puede despertar culpa, frustración o la impresión de que los demás lo hacen todo mejor.

No porque el resto de las familias quiera provocar esas emociones, sino porque interpretamos los mensajes desde nuestra propia realidad.

Por eso conviene tener cuidado con frases como «si todos ponemos un poco de nuestra parte» o «hay padres y madres que nunca se implican».

Puede que detrás del silencio no haya desinterés.

Puede que haya una persona haciendo lo que puede.

Les pedimos que no difundan rumores. Después abrimos el grupo.

Volvamos a las criaturillas.

Les enseñamos que no deben burlarse de sus compañeros. Que una historia tiene más de una versión. Que no está bien hablar de alguien a sus espaldas. Que es importante escuchar antes de juzgar y aprender a resolver los desacuerdos.

Son enseñanzas razonables.

Pero los adultos también vivimos momentos de enfado, inseguridad, impulsividad y necesidad de pertenecer a un grupo. Y no siempre manejamos esas emociones de la manera que nos gustaría.

Podemos decir algo injusto sobre un profesor. Repetir un rumor. Responder con ironía. Interpretar una pregunta como un ataque. O sumarnos a una queja porque otras personas ya lo han hecho.

Reconocerlo no convierte a nadie en mal padre o mala madre.

Nos recuerda algo más sencillo: educar no nos coloca fuera de las dificultades humanas que intentamos ayudar a gestionar a nuestros hijos.

Y quizás sea precisamente ahí donde encontramos una oportunidad para enseñarles algo importante.

Que uno puede equivocarse y rectificar.

Que estar enfadado no obliga a atacar.

Que escuchar otra versión no significa traicionar a nuestro hijo o hija.

Que es posible reclamar con firmeza sin humillar a nadie.

Y que no todas las situaciones necesitan una respuesta inmediata, mucho menos delante de veinticinco espectadores (o 50).

Antes de pulsar «enviar»

No hace falta convertir el grupo del colegio en un espacio solemne, donde todo el mundo mida cada palabra y nadie pueda bromear, desahogarse o preguntar una tontería.

Sería bastante insoportable.

Tampoco necesitamos otro decálogo de normas para cumplir perfectamente. Bastantes exigencias acumulamos ya.

Pero sí podemos hacernos algunas preguntas.

¿Estoy buscando información o necesito que alguien me dé la razón?

¿Se trata de un asunto colectivo o debería hablarlo en privado?

¿Sé realmente qué ha ocurrido?

¿Es justo hablar de este niño o de esta profesora delante de personas que no tienen por qué participar en el conflicto?

¿Estoy pidiendo ayuda o trasladando a otra persona una responsabilidad que me corresponde?

Y quizá la más difícil: ¿es necesario resolver esto ahora mismo?

A veces la respuesta será sí. Hay problemas reales, situaciones urgentes y motivos legítimos para intervenir.

Otras veces podremos dejar el teléfono sobre la mesa, hablar con nuestro hijo/a, esperar a disponer de más información o dirigir la pregunta a quien realmente pueda responderla.

No se trata de participar menos en la educación de nuestros hijos/as.

Se trata de distinguir entre acompañarlos y vivir permanentemente pendientes de todo lo que les sucede.

Porque algún día quizá nuestros hijos/as lean cómo nos comunicábamos entre nosotros.

Cómo hablábamos de sus profesores. Cómo tratábamos a otras familias. Qué hacíamos cuando alguien pensaba distinto. Cómo reaccionábamos cuando algo nos parecía injusto.

Y entonces la pregunta dejará de ser quién era el padre o madre tiquismiquis del grupo.

¿Nos gustaría que nuestros hijos aprendieran a relacionarse como lo hacemos nosotros en ese WhatsApp?

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Psicóloga sanitaria colegiada

Sobre Eirene García

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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