Esta vez lo digo en serio: las negociaciones que mantenemos con nuestro cerebro

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Son las diez de la mañana.

Te duele la cabeza, tienes el estómago revuelto y alguien ha cometido la imprudencia de abrir las persianas. La luz del día te parece una agresión personal.

Y entonces lo dices: «No vuelvo a beber en mi vida».

Esta vez va en serio. No es una frase para que dejen de preguntarte cómo estás. Lo tienes clarísimo. Recuerdas algunas cosas de la noche anterior, preferirías olvidar otras y empiezas a pensar que quizá deberías revisar tu relación con el alcohol.

A las diez y cuarto estás dispuesto a convertirte en una persona completamente diferente. Una que bebe agua, duerme ocho horas y quizá hasta sale a correr los domingos.

A las seis de la tarde, sin embargo, tu cerebro ha convocado una reunión extraordinaria.

Ya no te encuentras tan mal. El día ha mejorado. Además, alguien comenta que una cervecita puede ayudar a quitarse la resaca. Y aparece una idea: «Pues igual una me sienta bien».

Lo curioso es que las dos afirmaciones se han pronunciado con absoluta convicción.

Antes de seguir, una precisión: beber más alcohol no cura la resaca; aunque pueda aliviar temporalmente alguna molestia, puede prolongarla. Aquí nos interesa esa justificación tan convincente, no recomendarla.  [5]

¿En qué momento hemos pasado de una cosa a la otra? ¿Cómo podemos estar tan seguros de dos cosas que parecen incompatibles?

Nuestro cerebro tiene una capacidad extraordinaria para cambiar de argumentos

Nos gusta pensar que tomamos decisiones coherentes: valoramos lo que nos conviene, elegimos una dirección y actuamos en consecuencia. En la práctica, somos algo más complicados.

La persona que decide dejar de beber por la mañana y la que considera tomarse una cerveza por la tarde no son dos personas distintas. Tampoco significa necesariamente que una de ellas estuviera mintiendo. Lo que ha cambiado es el contexto.

A las diez de la mañana, la consecuencia desagradable de beber es evidente. Está en tu cabeza, en tu estómago y en tu promesa solemne de no volver a pasar por aquello. A las seis, parte de ese malestar puede haber disminuido. Ahora resulta más fácil recordar el sabor, la compañía, el placer, la costumbre o la expectativa de relajarse.

Lo que parecía un precio demasiado alto vuelve a parecer negociable.

Esto no significa que tengamos dos cerebros independientes, uno sensato y otro irresponsable. En nuestras decisiones intervienen necesidades inmediatas, emociones, experiencias anteriores, hábitos y objetivos a largo plazo. Y no siempre tiran todos en la misma dirección.

En una adicción, el conflicto puede hacerse especialmente difícil de manejar: el deseo intenso de consumir, las señales asociadas al consumo y los mecanismos de aprendizaje y recompensa pueden contribuir a que una decisión anterior cueste sostenerse.  [1] · [2]

No basta con recordar que algo tiene consecuencias negativas. Si bastara, muchas dificultades humanas serían bastante más sencillas de resolver.

«Solo hoy». «Me lo merezco». «El lunes empiezo»

Hay frases que todos reconocemos: «Esta es la última vez». «Hoy ha sido un día horrible. Me lo merezco». «Una sola no cuenta». «Ya he estado toda la semana sin hacerlo». «Cuando esté más tranquilo, lo dejo». «Tampoco es para tanto».

Lo interesante no es hacer una clasificación de excusas. Es preguntarnos qué sucede cuando aparece cada una.

Pensemos en «me lo merezco». Quizá has tenido un día agotador y necesitas descansar. Puede ser completamente cierto. La necesidad es real. Lo que merece la pena explorar es cómo hemos llegado a la conclusión de que esa conducta concreta es la mejor, o la única, manera de conseguirlo.

O pensemos en «el lunes empiezo». El lunes tiene una ventaja formidable: siempre permite imaginar un cambio sin tener que afrontarlo todavía.

Prometernos algo para el futuro puede aliviar momentáneamente la incomodidad de reconocer que hoy estamos haciendo lo contrario de lo que queremos. Y ese alivio también cuenta.

A veces el pensamiento que justifica continuar no elimina el conflicto. Solo consigue que podamos apartarlo durante un rato. Esta ambivalencia —querer cambiar y, a la vez, encontrar razones para no hacerlo todavía— es un fenómeno reconocido en las intervenciones motivacionales.  [3]

El curioso caso del trastero que nunca se ordena

Vamos a alejarnos un momento del alcohol y de las adicciones.

Es sábado por la noche y decides que el domingo vas a ordenar el trastero. La idea es estupenda. Vas a tirar las cajas vacías, llevar algunas cosas al punto limpio, colocar estanterías y recuperar ese espacio que lleva tres años funcionando como almacén de decisiones aplazadas. Incluso haces una lista.

El sábado estás motivadísimo. El domingo hace frío.

A las diez estás mirando Instagram. A las once has visto un vídeo sobre organización doméstica. A las doce estás leyendo sobre un método japonés para ordenar espacios pequeños.

El trastero sigue igual. Pero ahora sabes muchísimo sobre cómo ordenar trasteros.

¿Qué ha ocurrido? El sábado pensabas en el resultado: el espacio despejado y la satisfacción de haber terminado. El domingo apareció lo menos atractivo: levantarte del sofá, pasar frío, decidir qué conservar y mover cajas.

Así que apareció una alternativa más agradable. Incluso podía hacerte sentir que avanzabas hacia tu objetivo. Al fin y al cabo, estabas investigando cómo organizarte. La diferencia es que investigar cómo ordenar el trastero no ordena el trastero.

¿Qué cambió entre el momento en que decidiste hacerlo y el momento en que tenías que hacerlo?

Por supuesto, aplazar una tarea doméstica no es comparable clínicamente con una adicción. El ejemplo solo ayuda a reconocer algo cotidiano: podemos querer sinceramente una cosa y encontrarnos con emociones, esfuerzos y recompensas inmediatas que compiten con ese propósito. En las adicciones intervienen, además, procesos específicos que hacen el conflicto mucho más complejo.  [1]

A veces, lo que una conducta nos aporta explica por qué cuesta cambiarla

Ante una conducta con consecuencias negativas solemos preguntar: «¿Por qué sigues haciéndolo si sabes que te perjudica?». Parece lógico, pero supone que conocer las consecuencias debería ser suficiente para cambiar.

Las conductas no se mantienen únicamente por lo que nos cuestan. También importa lo que proporcionan a corto plazo.

Quizá beber parece facilitar una reunión social. Quizá apostar produce excitación y la expectativa de una recompensa. Quizá una conducta ofrece un alivio pasajero del malestar. O quizá determinadas situaciones se han asociado repetidamente a ella y despiertan impulsos difíciles de gestionar.

Nada de esto elimina sus consecuencias. Significa que, si queremos comprender por qué se repite, hace falta mirar algo más que sus efectos negativos. En el consumo problemático de alcohol se han descrito los mecanismos de recompensa, alivio de estados desagradables y señales que desencadenan deseo de beber.  [1]

Entender para qué nos ha servido algo no implica justificar lo que nos está costando.

¿Y si en lugar de discutir con nuestro cerebro empezáramos a observarlo?

Volvamos al trastero. Imagina que el sábado escribes qué quieres hacer, por qué es importante y qué podría impedirte hacerlo. El domingo llega y no lo haces. En lugar de limitarte a pensar «soy un desastre», vuelves a tus notas.

¿Qué estaba sintiendo cuando llegó el momento? ¿Qué pensé justo antes de posponerlo? ¿Qué hice en su lugar? ¿Qué conseguí con esa alternativa?

Quizá descubres que estabas cansado, que la tarea te parecía inabarcable o que mirar el móvil ofrecía una recompensa mucho más inmediata. Quizá ni siquiera habías decidido por dónde empezar.

Ahora tenemos información. No una etiqueta sobre tu personalidad: información sobre lo que ocurrió.

En psicoterapia se pueden utilizar registros y otras herramientas para explorar la relación entre situaciones, pensamientos, emociones, impulsos y conductas. En el abordaje del consumo de alcohol, por ejemplo, el NIAAA propone observar qué desencadena el deseo de beber y recordar los motivos para cambiar; SAMHSA también describe el autorregistro como posible apoyo dentro de intervenciones motivacionales.  [2] · [4]

No es un diario para demostrar que alguien incumple sus promesas. La idea es comprender qué ocurre entre la intención y la acción, y qué condiciones podrían favorecer una respuesta diferente.

¿Qué necesitas en ese momento? ¿Qué alternativas son realistas? ¿Qué apoyos pueden hacer falta? Las respuestas no son idénticas para todas las personas.

Cuando nuestro cerebro nos presenta una propuesta muy convincente

Muchas veces no pensamos «voy a hacer algo que no quiero hacer». Pensamos que, dadas las circunstancias, hemos encontrado una excepción perfectamente razonable.

«Hoy sí, porque ha sido un día especial». «Solo esta vez, porque mañana tengo tiempo». «Ya lo llevo bastante bien, así que puedo permitírmelo».

A veces esas explicaciones contienen elementos verdaderos. El día ha sido especial. Estamos cansados. Hemos hecho esfuerzos importantes.

Pero una razón puede ser comprensible y, aun así, no ayudarnos a sostener la decisión que queremos tomar.

Quizá la pregunta no sea solo si lo que estamos pensando es verdad o mentira. También podemos preguntarnos: ¿qué efecto tiene sobre mí creer esto ahora mismo? ¿Me acerca a algo importante? ¿O facilita que vuelva a aplazar una decisión que me importa?

No necesitamos convertir cada pensamiento en un enemigo. Tampoco obedecerlo porque suena convincente. Podemos aprender a reconocerlo y explorar cómo responder.

Comprender el conflicto no significa que tengas que resolverlo a solas

No todo consumo, ni toda conducta repetida, implica una adicción. Para comprender qué está ocurriendo hay que valorar el contexto, las dificultades para regular la conducta, sus consecuencias y otros factores. Un artículo no permite diagnosticar.

Cuando existe un trastorno adictivo, el proceso de cambio puede requerir tratamiento psicológico especializado, atención médica u otros recursos. Si hay dependencia física del alcohol, dejarlo bruscamente puede ser peligroso y requiere valoración sanitaria.  [6]

La terapia no consiste simplemente en recordar las razones para cambiar. Puede ofrecer un espacio para explorar por qué una conducta se mantiene, qué circunstancias la favorecen, qué ocurre cuando intentas modificarla y qué recursos o apoyos necesitas.

En Eirene García Psicología, la página de terapia online para adicciones explica cómo se valora cada situación y cuándo el acompañamiento online puede ser apropiado o cuándo conviene acudir a recursos médicos o especializados. No necesitas llegar con un diagnóstico para pedir orientación.

Porque quizá una de las partes más difíciles de cambiar sea aceptar que podemos desear sinceramente cosas incompatibles. Y que, para acercarnos a la vida que queremos, no siempre necesitamos una promesa más solemne. A veces necesitamos empezar a entender qué pasa cuando dejamos de cumplirla.

Fuentes y lecturas complementarias

[1] NIAAA — The Cycle of Alcohol Addiction

[2] NIAAA — How to Stop Alcohol Cravings

[3] SAMHSA — TIP 35: Enhancing Motivation for Change in Substance Use Disorder Treatment

[4] SAMHSA — TIP 35, documento completo (autorregistro y planificación)

[5] NIAAA — Hangovers (mito del «hair of the dog»)

[6] NHS — Alcohol-use disorder (seguridad ante la retirada)

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Psicóloga sanitaria colegiada

Sobre Eirene García

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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