logo eirene garcia letra E

¿Te vestirías de colegiala si tu pareja te lo pidiera?

Tabla de contenidos

La pregunta parece sencilla.

Tu pareja te propone que, para un encuentro íntimo, te vistas de colegiala.

Quizá te hace gracia. Quizá te apetece probar algo diferente. Quizá te resulta completamente indiferente.

O quizá piensas: «¿Perdona? ¿De colegiala?».

Las respuestas pueden ser muy distintas.

Y, tratándose de dos personas adultas, probablemente empezaríamos hablando de consentimiento, preferencias sexuales y libertad para decidir qué queremos hacer en nuestra intimidad.

Hasta aquí, nada especialmente sorprendente.

Pero ahora imaginemos otra escena.

Tienes quince años. Vas al colegio con el uniforme que te exigen llevar. Y descubres que existe una industria que comercializa representaciones sexualizadas de esa misma ropa.

Ya no estamos hablando exactamente de lo mismo.

¿Puede una fantasía ser una elección privada entre adultos y, al mismo tiempo, formar parte de una representación cultural que merece ser cuestionada?

La pregunta se ha vuelto bastante más incómoda.

Y quizá por eso merece la pena hacerla.

Cuatro adolescentes que han decidido hacer una pregunta a los adultos

El 23 de octubre de 2026, cuatro adolescentes británicas, Rose, Mae, Aylin y Willow, publicaron un artículo en The Guardian que planteaba una cuestión difícil de ignorar.

Tienen entre catorce y quince años, forman parte del Little Feminist Book Club y están impulsando una campaña para prohibir el uso de uniformes escolares en la pornografía.

No están pidiendo a los adultos que dejen de tener fantasías.

Lo que cuestionan es que una prenda asociada a la vida escolar de niñas y adolescentes se utilice comercialmente como parte de una representación sexual.

En su artículo publicado en The Guardian, explican por qué esta asociación les preocupa y cómo puede influir en la forma en que viven algo tan cotidiano como salir a la calle con su uniforme.

También plantean una pregunta que va más allá de la industria pornográfica: ¿por qué tienen que ser ellas quienes estén reclamando que se preste atención a este problema?

Podemos debatir el alcance de su propuesta, su aplicación legal o cómo distinguir determinadas representaciones.

Pero antes conviene detenernos en algo.

Estas chicas no están discutiendo una fantasía abstracta desde fuera.

Están hablando de prendas que ellas mismas utilizan y de cómo se sienten al llevarlas.

Y eso introduce en la conversación una perspectiva que fácilmente quedaría fuera si solo habláramos de la libertad sexual de los adultos.

¿De dónde vienen nuestras fantasías sexuales?

Volvamos a la primera pregunta.

¿Te vestirías de colegiala si tu pareja te lo pidiera?

Una posible respuesta es: «Si los dos somos adultos y estamos de acuerdo, no veo el problema».

Y esa respuesta contiene algo importante.

La sexualidad adulta puede incluir imaginación, juegos, roles y preferencias diferentes. No existe una única forma de vivir el deseo que debamos considerar normal para todas las personas.

Tampoco podemos deducir automáticamente las intenciones, los valores o las conductas de alguien a partir de una fantasía.

Pero eso no significa que nuestras preferencias aparezcan completamente aisladas del mundo.

Lo que encontramos atractivo puede estar relacionado con experiencias personales, aprendizajes, emociones, recuerdos, asociaciones y representaciones culturales.

El cine, la publicidad, las narraciones románticas y la pornografía forman parte del entorno en el que aprendemos a interpretar imágenes y situaciones.

Esto no permite afirmar que una determinada fantasía tenga siempre una causa concreta.

Ni que consumir una representación produzca necesariamente un comportamiento.

Pero sí abre una pregunta interesante:

¿Cuántas veces nos detenemos a pensar por qué algo nos resulta atractivo?

Podemos reconocer que un deseo existe sin tener que convertirlo automáticamente en una obligación, una identidad o una decisión.

También podemos observarlo críticamente sin avergonzarnos por sentirlo ni por hacernos preguntas sobre él.

Porque comprender un deseo no significa justificar cualquier conducta, del mismo modo que sentir algo no nos obliga a llevarlo a la práctica.

La psicología de la sexualidad no debería consistir en repartir etiquetas entre fantasías buenas y malas, sino en ayudarnos a comprenderlas y a decidir qué lugar queremos darles, teniendo en cuenta nuestros valores, el consentimiento y el bienestar de las personas implicadas.

Si estas preguntas generan malestar, vergüenza, confusión o dificultades en la vida íntima, la sexología online puede ofrecer un espacio para explorarlas sin partir de una única manera correcta de experimentar el deseo.

El consentimiento importa. Pero no responde a todas las preguntas

Cuando hablamos de sexualidad, insistir en el consentimiento es fundamental.

Dos personas adultas tienen derecho a decidir qué prácticas desean compartir y cuáles no.

Y ese acuerdo debe ser libre, específico y revocable.

Pero hay una diferencia entre preguntarnos si dos personas consienten una práctica y preguntarnos qué significados culturales se están utilizando para representarla.

Son dos conversaciones relacionadas, pero no idénticas.

Un encuentro privado entre adultos no equivale a la producción y distribución comercial de contenido sexual.

En el segundo caso intervienen otras cuestiones: qué se representa, cómo se presenta, a quién va dirigido, quién obtiene beneficios y qué asociaciones se difunden.

El uniforme escolar, además, tiene una particularidad.

No es simplemente una prenda cualquiera.

Está vinculado a una institución y a una etapa de la vida en la que muchas personas son menores de edad.

Por eso, la controversia no puede reducirse a si un adulto tiene derecho a vestirse de una determinada manera.

La pregunta también es qué ocurre cuando una industria convierte los símbolos de la infancia o la adolescencia en recursos comerciales sexualizados.

Y, sobre todo, qué piensan de ello quienes todavía están viviendo esa etapa.

¿Y si a tu pareja le apetece algo que a ti te incomoda?

Aquí aparece otro asunto que suele quedar fuera cuando hablamos de fantasías sexuales como si fueran simples preferencias de consumo.

¿Qué pasa si tu pareja propone algo que a ti no te gusta?

Quizá no tienes ningún problema con que otras personas lo hagan.

Pero tú no quieres.

Quizá la fantasía te incomoda por lo que representa.

O puede que simplemente no te resulte atractiva, sin ninguna explicación especial.

No debería hacer falta elaborar una defensa filosófica para decir que no.

Y, sin embargo, en algunas relaciones aparecen argumentos como estos:

«Pero si solo es un juego».

«No significa nada».

«Pensaba que conmigo tendrías confianza».

«Si no quieres, parece que me estás juzgando».

Es posible que quien propone algo se sienta rechazado o vulnerable. Compartir una fantasía puede dar vergüenza y requiere cierta confianza.

Pero esa vulnerabilidad no convierte el deseo de una persona en una obligación para la otra.

Tampoco significa que rechazar una propuesta implique rechazar a la pareja.

Hay una diferencia importante entre poder hablar abiertamente sobre lo que nos apetece y sentir que debemos aceptar algo para demostrar amor, confianza o apertura sexual.

La intimidad no necesita que siempre estemos de acuerdo. Necesita que podamos estar en desacuerdo sin que eso se convierta en una amenaza para la relación.

Y esto no solo se aplica a los juegos de roles.

Puede aparecer cuando existen diferencias de deseo, cuando una persona propone una práctica nueva o cuando cambian las preferencias sexuales con el tiempo.

La terapia de pareja online puede ayudar a explorar estas diferencias y las dificultades de comunicación cuando generan conflictos, presión o distanciamiento.

No para decidir quién tiene razón, sino para entender qué necesita cada persona y qué acuerdos son posibles.

Cuando la pornografía también participa en nuestra educación sexual

Hay otra pregunta que merece la pena plantear.

¿Dónde aprendemos lo que se supone que ocurre en una relación sexual?

Idealmente, contaríamos con educación afectivo-sexual adecuada, conversaciones de confianza y oportunidades para comprender el cuerpo, el consentimiento, el deseo y los límites.

Pero la realidad es que muchas personas llegan a la adolescencia con información fragmentaria, silencios incómodos y una enorme cantidad de imágenes disponibles en internet.

La pornografía puede formar parte de ese entorno.

Y aquí conviene evitar dos simplificaciones.

La primera sería afirmar que cualquier contenido pornográfico produce directamente violencia o comportamientos problemáticos. La investigación no permite sostener una relación causal tan general: los resultados varían según el tipo de contenido, las características de quien lo consume y las conductas que se estudian.

La segunda sería considerar que las representaciones pornográficas carecen de relevancia porque quienes aparecen son adultos o porque se trata de una ficción. Que algo sea una representación no significa que carezca de influencia: también puede contribuir a configurar expectativas, creencias y guiones sobre la sexualidad, el deseo, el consentimiento y las relaciones. Eso no implica que todas las personas interpreten o reproduzcan lo que ven de la misma manera, pero tampoco que debamos ignorar los mensajes que determinados contenidos transmiten.

En resumen, esto nos lleva a hacer preguntas importantes sobre aprendizaje, expectativas, modelos de consentimiento y alfabetización mediática.

Una investigación publicada en 2019 analizó cómo se representaba la comunicación del consentimiento en una muestra de películas pornográficas comerciales. Sus autores identificaron distintos patrones narrativos y señalaron la necesidad de investigar cómo los espectadores pueden interpretar o incorporar esas representaciones.

Eso no demuestra que todas las personas imiten lo que ven.

Pero sí recuerda algo importante: las imágenes también pueden proponer ideas sobre cómo se supone que funcionan las relaciones.

De ahí que la educación afectivo-sexual no consista únicamente en explicar aspectos biológicos.

También implica aprender a reconocer estereotipos, cuestionar expectativas, distinguir representación de realidad y comprender que el deseo de una persona no obliga a otra a satisfacerlo.

¿Cómo hablamos de esto con nuestros hijos sin convertirlo en una conversación imposible?

Imaginemos que una hija adolescente llega a casa hablando de la campaña de las cuatro chicas británicas.

Quizá pregunta por qué se sexualizan los uniformes escolares.

O por qué aparecen determinadas imágenes en internet.

O qué tiene de malo si los adultos que participan están de acuerdo.

Son preguntas incómodas.

Y quizá lo primero que nos salga sea intentar cerrar la conversación.

«Eso no son cosas para tu edad».

«No te preocupes por esas tonterías».

«La gente está fatal».

Pero cerrar una conversación no hace desaparecer el tema.

Simplemente puede dejar a nuestros hijos buscando respuestas en otro lugar.

No hace falta explicar todos los aspectos de la sexualidad adulta para poder hablar de lo que les preocupa.

Podemos escuchar primero.

Preguntar qué han visto, qué han entendido y qué les inquieta.

Hablar de cómo se sienten cuando reciben atención no deseada.

Explicar que la ropa no convierte a nadie en responsable de las miradas, comentarios o comportamientos de otras personas.

Y conversar sobre el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y sobre los límites de los demás.

La Organización Mundial de la Salud considera que una educación sexual integral, adaptada a la edad, incluye cuestiones como las relaciones, el consentimiento, los estereotipos de género, el respeto, la seguridad y la interpretación crítica de los medios digitales.

No se trata de adelantar conversaciones para las que un niño o adolescente no está preparado.

Se trata de poder responder de forma adecuada cuando esas preguntas aparecen.

Y de que sepan que pueden acudir a nosotros sin temor a recibir únicamente una reprimenda.

A veces, las dificultades para mantener estas conversaciones también ponen de manifiesto nuestras propias dudas, experiencias y creencias sobre la sexualidad.

La orientación psicológica en ma/paternidad puede ser un apoyo cuando necesitamos acompañar situaciones relacionadas con la adolescencia, la comunicación familiar o nuestras propias preocupaciones sobre la educación de nuestros hijos.

La pregunta quizá nunca fue solo si te vestirías de colegiala

Empezamos preguntando por una fantasía entre adultos.

Y hemos terminado hablando de adolescentes, imágenes comerciales, educación sexual, consentimiento y relaciones.

Quizá parezca que nos hemos alejado mucho de la pregunta original.

Pero es precisamente lo interesante.

Podemos defender que las personas adultas vivan su sexualidad de manera libre y consentida.

Podemos aceptar que una fantasía no define por sí sola a quien la tiene.

Y, al mismo tiempo, podemos preguntarnos qué ocurre cuando determinadas representaciones se comercializan, se repiten y empiezan a tener significados que van más allá de quienes participan en ellas.

No necesitamos resolver todas estas cuestiones con una condena ni con una absolución.

Tampoco convertir cada preferencia sexual en un diagnóstico o cada preocupación cultural en una prohibición.

Podemos sostener una conversación más compleja.

Una en la que escuchemos a quienes se sienten afectados, distingamos la intimidad de la representación pública y revisemos nuestras propias ideas sin asumir que cuestionarlas equivale a renunciar a nuestra libertad.

Las cuatro adolescentes que escribieron aquel artículo en The Guardian no estaban preguntando qué deberían hacer los adultos en sus dormitorios.

Estaban preguntando por qué su uniforme escolar había terminado formando parte de una industria sexual y por qué tenían que ser ellas quienes reclamaran que se discutiera.

Quizá la respuesta empiece por hacer algo bastante sencillo.

Tomarlas en serio.

Y preguntarnos qué otras cosas hemos dejado de cuestionar porque llevamos demasiado tiempo considerándolas normales.

Fuentes y lecturas complementarias

1. Rose, Mae, Aylin y Willow (2026). We’re teenage girls fighting to ban the use of school uniform in porn. The Guardian, 23 de octubre de 2026. Consultar fuente

2. Willis, M. y colaboradores (2019). Sexual Consent Communication in Best-Selling Pornography Films: A Content Analysis. Comprobar referencia bibliográfica definitiva. Consultar fuente

3. Organización Mundial de la Salud (2026). Comprehensive sexuality education. Consultar fuente

4. UNESCO y organismos de Naciones Unidas (2018). International technical guidance on sexuality education. Consultar fuente

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

Cómo cuidamos lo que lees

No publicamos por publicar. Revisamos la información, las fuentes y la forma de contarla para que lo que encuentres aquí sea claro, riguroso y útil de verdad.

¿No sabes por dónde empezar?

A veces lo difícil no es pedir ayuda, sino saber qué necesitas o por dónde empezar. Puedes escribirnos y vemos contigo cuál puede ser el primer paso.

¿Quieres consultar las fuentes?

Cuando un artículo incluye información clínica o científica, encontrarás las referencias que hemos utilizado para sostenerla y seguir profundizando por tu cuenta.

Más articulos