Sobre las cosas que queremos, las que necesitamos y las maneras que inventamos para conseguirlas.
Querías un gin-tonic sin alcohol. Pero no uno cualquiera. Uno con lima.
Tienes la ginebra 0´0, la tónica, el hielo y hasta una copa estupenda que nunca utilizas porque cualquier vaso acaba sirviendo para casi todo. Pero no hay limas.
Abres la nevera. Hay limones, una naranja y medio pomelo que lleva ahí desde hace varios días.
Podrías utilizar cualquiera de ellos. Aunque claro, tú querías una lima.
Y empiezas a darle vueltas. Que si el limón se parece bastante, que si el pomelo podría darle un toque interesante, que si tampoco habrá tanta diferencia… Hasta podrías pintar el limón de verde, aunque sospecho que el resultado sería bastante peor que utilizarlo tal cual.
Mientras tanto, sigues teniendo sed.
Y de repente aparece una posibilidad en la que no habías pensado.
¿Y si primero te bebes un vaso de agua?
No porque el agua sea mejor que el gin-tonic. Ni porque debas conformarte con ella. Simplemente porque quizá llevas un buen rato intentando preparar algo que te apetece mientras desatiendes algo que necesitas ahora mismo.
Lo curioso es que, después de beber agua, puede que sigas queriendo tu gin-tonic con lima.
O puede que ya no te apetezca tanto.
Y ninguna de las dos respuestas sería incorrecta.
Lo interesante no es decidir qué deberías beber, sino descubrir que tener sed, querer un gin-tonic y empeñarte en que lleve lima son tres cosas diferentes.
Aunque a veces las vivamos como si fueran una sola.
¿Qué estamos intentando conseguir realmente?
Las personas no actuamos únicamente para conseguir objetos, alcanzar metas o resolver problemas concretos. Lo hacemos porque esas acciones tienen algún significado o cumplen alguna función para nosotros.
Buscamos experiencias, sensaciones, vínculos, seguridad, reconocimiento, autonomía, descanso, placer…
Y vamos aprendiendo diferentes maneras de acercarnos a todo ello.
Algunas las elegimos deliberadamente. Otras las incorporamos a lo largo de nuestra historia hasta que terminamos utilizándolas casi sin cuestionarlas.
Imagina que llevas tiempo esperando que alguien importante para ti te diga que está orgulloso de lo que has conseguido.
Quizá deseas escuchar unas palabras concretas. Has imaginado esa conversación muchas veces y sabes perfectamente lo que te gustaría que ocurriera.
Pero ¿qué hay detrás de esas palabras?
Puede que necesites sentirte reconocido. Quizá quieras saber que tus esfuerzos han sido vistos. O que esa persona valora algo de ti que durante mucho tiempo has sentido que pasaba desapercibido.
Y aquí aparece una cuestión interesante.
¿Necesitas exclusivamente esas palabras pronunciadas por esa persona? ¿O hay algo que esas palabras representan y que también podría encontrar expresión de otras maneras?
No existe una respuesta universal.
En ocasiones, quién nos dice algo es tan importante como lo que nos dice. No todos los vínculos son intercambiables, ni todas las ausencias pueden compensarse buscando reconocimiento en otra parte.
Pero explorar la necesidad que existe detrás de nuestro deseo puede permitirnos comprender mejor por qué algo nos importa tanto y qué posibilidades tenemos para atenderlo.
Una cosa es aquello que necesitamos. Otra, la forma concreta que hemos aprendido a considerar imprescindible para conseguirlo.
Y distinguirlas puede ampliar nuestras opciones.
El limón no tiene la culpa de no ser una lima
Volvamos a la nevera.
El limón no tiene ningún problema. Es un limón estupendo. Probablemente está delicioso y podría servir para preparar muchas cosas.
Pero no es una lima.
Puedes buscar similitudes, experimentar con distintas combinaciones o descubrir que su sabor también te gusta.
Lo que no puedes hacer es exigirle que sea una fruta diferente.
Con las personas y las situaciones puede ocurrir algo parecido, aunque, naturalmente, somos bastante más complejos que los cítricos.
A veces depositamos determinadas expectativas en una relación, un trabajo o un proyecto y empezamos a intentar que encaje en la idea que habíamos construido.
Esperamos que alguien nos proporcione una forma de afecto que quizá no sabe, no quiere o no puede ofrecer de la manera que deseamos.
O entramos en un entorno profesional esperando encontrar reconocimiento, libertad o estabilidad y descubrimos que su funcionamiento real es muy distinto del que imaginábamos.
Ante esas diferencias podemos hacer muchas cosas.
Hablar, negociar, aprender, revisar expectativas, expresar necesidades o intentar construir acuerdos.
Adaptarnos no es necesariamente renunciar. De hecho, la capacidad de ajustar nuestras expectativas y comportamientos forma parte de cualquier relación humana.
Pero también podemos acabar dedicando una enorme cantidad de energía a intentar que una realidad se parezca a otra.
Como quien pinta un limón de verde y después se enfada porque sigue sabiendo a limón.
Y quizá merezca la pena preguntarnos qué está ocurriendo.
¿Estamos construyendo algo diferente junto a la otra persona? ¿Estamos descubriendo nuevas posibilidades que nos resultan satisfactorias? ¿O estamos intentando convencernos de que tenemos lo que buscamos porque reconocer la diferencia nos obligaría a plantearnos otras decisiones?
La distinción importa.
Porque aceptar algo por lo que realmente es no significa que tengamos que elegirlo, y descubrir que no responde a lo que buscamos tampoco lo convierte automáticamente en algo malo.
Quizá sencillamente no es lo que necesitamos en este momento.
¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de receta?
Podríamos pensar que, cuando una estrategia no funciona, lo lógico sería probar otra.
Y, sin embargo, las personas no tomamos decisiones únicamente a partir de su eficacia inmediata.
También importa nuestra historia.
Si durante años hemos aprendido que conseguir reconocimiento exige esforzarnos cada vez más, quizá continuemos esforzándonos incluso cuando ese esfuerzo ya no nos está acercando a lo que buscamos.
Si hemos asociado la seguridad a tenerlo todo previsto, puede resultarnos difícil aceptar alternativas que impliquen cierta incertidumbre.
Si una relación ha sido central en nuestra identidad, reconsiderar lo que esperamos de ella puede remover muchas más cosas que una simple preferencia.
No insistimos siempre por cabezonería.
A veces insistir nos ofrece una sensación de continuidad, de control o de coherencia con lo que hemos defendido durante mucho tiempo.
Incluso cuando empezamos a reconocer que esa manera de actuar ya no nos está dando el resultado que deseamos.
La psicología de la motivación lleva décadas estudiando la relación entre nuestras necesidades, las metas que perseguimos y las razones que nos llevan a actuar.
Desde la teoría de la autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, se han investigado especialmente tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y vinculación con otras personas.
No significa que podamos reducir todos nuestros deseos a esas tres categorías. La vida humana es bastante más rica y compleja.
Pero sí nos recuerda algo importante: alcanzar un objetivo concreto no garantiza necesariamente que nos proporcione aquello que esperábamos encontrar en él.
Podemos conseguir el puesto de trabajo que deseábamos y descubrir que no tenemos la autonomía que necesitábamos.
Podemos recibir elogios y seguir sintiendo que no somos comprendidos.
Podemos mantener una relación y continuar experimentando soledad dentro de ella.
A veces el problema no es que no hayamos conseguido lo que queríamos.
Es que quizá habíamos depositado en ello la expectativa de satisfacer algo que requería más cosas.
Y entonces no siempre necesitamos esforzarnos todavía más para alcanzar la misma meta.
Quizá necesitamos comprender mejor qué estábamos esperando de ella.
Un vaso de agua no sustituye a todo lo demás
Llegados a este punto, sería fácil sacar una conclusión demasiado sencilla: si tienes sed, bebe agua y deja de complicarte la vida.
Pero tampoco funciona así.
Porque no todo lo que deseamos es la expresión indirecta de una necesidad que debamos descubrir.
A veces simplemente nos apetece algo.
Nos gusta un sabor, disfrutamos de una experiencia, queremos compartir un momento o nos ilusiona conseguir una cosa concreta.
Y eso también tiene valor.
No necesitamos justificar todos nuestros deseos convirtiéndolos en necesidades profundas.
El gin-tonic sin alcohol, quizá no era una forma complicada de pedir agua. Puede que lo quisieras porque disfrutas preparándolo, porque te gusta su sabor o porque habías imaginado ese pequeño momento al terminar el día de disfrutar tu refrigerio.
Y beber agua no sustituye necesariamente nada de eso.
Lo que puede hacer es atender una necesidad inmediata para que después puedas decidir qué te apetece.
Esta diferencia también es importante cuando hablamos de nuestras relaciones y decisiones.
No se trata de aprender a conformarnos siempre con una alternativa más sencilla, más accesible o menos exigente.
Hay necesidades que merecen ser reconocidas y atendidas. Hay deseos que tienen un significado personal importante. Y hay situaciones en las que aceptar cualquier sustituto supondría ignorar aspectos fundamentales de lo que valoramos.
La flexibilidad psicológica, tal como se plantea en enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso, no consiste en cambiar constantemente de dirección ni en resignarnos a lo que haya disponible.
Tiene que ver, entre otras cosas, con la posibilidad de responder a las circunstancias de manera más flexible, teniendo en cuenta nuestra experiencia y aquello que consideramos importante.
A veces eso significa persistir.
Otras, modificar la estrategia.
Y en determinadas circunstancias, reconocer que necesitamos buscar algo diferente.
Ser flexible no significa que todo nos valga. Significa que podemos revisar cómo intentamos conseguir lo que importa sin perder necesariamente de vista por qué nos importa.
Cambiar la receta, cambiar de frutería… o sentarnos a beber agua
Imagina que finalmente descubres que el limón también queda estupendo con la ginebra sin y la tónica.
Perfecto. Has encontrado una alternativa que te gusta.
Pero también puede ocurrir que lo pruebes y no te convenza.
Y que, después de varios intentos, comprendas que sigues queriendo tu gin-tonic con lima.
En ese caso, quizá tengas que buscar otra frutería.
O esperar a otro día.
O decidir que hoy te apetece algo completamente diferente.
Lo importante es que ahora conoces mejor tus opciones y puedes elegir entre ellas.
En nuestra vida cotidiana no siempre es tan sencillo.
Hay circunstancias económicas, responsabilidades familiares, compromisos, recursos limitados y relaciones importantes que influyen en lo que podemos hacer.
No todas las personas tienen las mismas alternativas, ni siempre es posible cambiar de entorno, abandonar un trabajo o modificar una relación.
Por eso resulta poco útil convertir la flexibilidad en otra exigencia personal: si algo no funciona, cambia inmediatamente y asunto resuelto.
A veces no podemos cambiar la situación. A veces necesitamos apoyo para hacerlo. Y otras veces la decisión más coherente con nuestros valores consiste precisamente en continuar, aunque sea difícil.
Pero incluso cuando nuestras posibilidades son limitadas, explorar la función de lo que estamos haciendo puede ayudarnos a comprender mejor la situación.
Quizá llevamos tiempo buscando tranquilidad intentando que todo nuestro entorno cambie.
Quizá esperamos sentirnos valiosos únicamente cuando otra persona nos reconozca.
O quizá estamos intentando resolver una necesidad inmediata tomando decisiones que afectan a aspectos importantes de nuestra vida a largo plazo.
En lugar de preguntarnos exclusivamente qué más podemos hacer para conseguir lo que queremos, podríamos introducir otras preguntas.
¿Qué es exactamente lo que estoy buscando?
¿Qué espero sentir, experimentar o construir cuando lo consiga?
¿La manera en la que estoy intentando alcanzarlo me está acercando a ello?
¿Existen otras posibilidades que no había considerado?
Y, sobre todo, ¿hay algo que necesito atender ahora, independientemente de lo que decida hacer después?
No son preguntas para encontrar una respuesta correcta. Son preguntas para ampliar nuestra perspectiva.
Porque, en ocasiones, lo que más necesitamos no es otra solución, sino comprender mejor el problema que estamos intentando resolver.
¿Y si lo que tenías era sed?
Volvamos al principio.
Estás en la cocina. Sobre la encimera hay un limón, una naranja, medio pomelo y una copa vacía.
Sigues sin tener lima.
Pero ahora sabes que puedes preparar otra cosa, buscarla en otro lugar o dejar el gin-tonic para mañana.
Y quizá, después de beber un vaso de agua, descubras que la urgencia con la que necesitabas resolverlo todo ha disminuido.
Puede que sigas queriendo exactamente lo mismo.
No pasa nada.
La diferencia es que ya no estás intentando resolver dos cosas distintas como si fueran una sola.
En la vida también podemos llegar a confundir la solución que imaginamos con la necesidad que nos llevó a buscarla.
Y, cuando eso ocurre, corremos el riesgo de dedicar tanto esfuerzo a conseguir algo de una manera determinada que dejamos de explorar qué otras posibilidades tenemos.
No siempre necesitamos cambiar de objetivo.
A veces necesitamos cambiar de estrategia.
Otras veces, revisar nuestras expectativas.
Y en ocasiones, simplemente atender algo importante que habíamos dejado para después.
Quizá mañana encuentres una lima estupenda y prepares el gin-tonic que llevabas imaginando.
Quizá descubras que te encanta con pomelo.
O quizá te des cuenta de que hoy, con un vaso de agua, estabas perfectamente.
El asunto nunca fue demostrar que una bebida es mejor que otra.
Era recordar que puedes preguntarte qué necesitas, qué deseas y qué opciones tienes antes de decidir cómo quieres satisfacerlo.
Y, por favor, si quieres una lima, no pintes un limón de verde.
Que bastante tenemos ya con las complicaciones de la vida como para añadir pintura al gin-tonic.
Fuentes y lecturas complementarias
Deci, E. L. y Ryan, R. M. (2000). The “What” and “Why” of Goal Pursuits: Human Needs and the Self-Determination of Behavior. Psychological Inquiry, 11(4), 227–268.
Ryan, R. M. y Deci, E. L. (2017). Self-Determination Theory: Basic Psychological Needs in Motivation, Development, and Wellness. Guilford Press.
Hayes, S. C., Levin, M. E., Plumb-Vilardaga, J., Villatte, J. L. y Pistorello, J. (2013). Acceptance and Commitment Therapy and Contextual Behavioral Science: Examining the Progress of a Distinctive Model of Behavioral and Cognitive Therapy. Behavior Therapy, 44(2), 180–198.





