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Cómo la infancia nos sigue afectando de adultos (y qué podemos hacer con eso)

Tabla de contenidos

No, la infancia no desaparece cuando crecemos.

No es una historia que dejamos atrás solo porque ya pagamos facturas y nos hacemos cargo de nuestra vida. Se queda en cómo nos tratamos, en lo que creemos que merecemos, en las relaciones que elegimos y en las reacciones que nos explotan en la cara sin previo aviso.

Si alguna vez te has dicho:
🔹 “No sé por qué me siento así”
🔹 “Siempre termino en la misma mierda de relación”
🔹 “Me cuesta poner límites aunque sé que debería”

…Bienvenido/a. Lo que viviste de niñx sigue aquí. No porque estés roto/a, sino porque el cerebro aprende, y lo que aprendió en la infancia sigue siendo el filtro con el que ves el mundo.

No todo lo que nos jodió se recuerda, pero todo lo que nos jodió se siente

A veces ni siquiera recordamos bien lo que pasó. Pero nuestro cuerpo sí.

Porque el trauma no siempre viene en forma de eventos grandes y obvios. No hace falta haber tenido una infancia de película de terror para que te haya dejado huella. Basta con haber crecido en un entorno donde no te sentiste segurx, donde aprendiste que el amor tenía condiciones o donde no te enseñaron a regular tus emociones.

John Bowlby (1969) lo dejó claro con su Teoría del Apego: lo que vivimos en los primeros años de vida no se borra, se queda en la forma en la que nos vinculamos con los demás y con nosotros mismos.

Bruce Perry y Maia Szalavitz explican que el estrés infantil crónico (como vivir en un ambiente de incertidumbre, violencia o negligencia emocional) afecta la estructura del cerebro. Y si tu infancia fue un campo de minas emocionales, tu sistema nervioso sigue caminando sobre ellas aunque ya no haya peligro real.

Cómo la infancia sigue en nosotrxs sin que nos demos cuenta

Puedes crecer, cambiar de trabajo, mudarte a otro país, cortarte el pelo, hacer yoga. Pero si hay cosas que tu cerebro aprendió de niñx y siguen sin resolverse, van a salir en tu vida adulta. Siempre.

1️⃣ La herida de insuficiencia

Alicia es una crack en su trabajo, pero nunca siente que es suficiente. Si la ascienden, cree que fue suerte. Si la felicitan, se incomoda. Su cabeza dice que está haciendo las cosas bien, pero su cuerpo no se lo cree.

Desde niña, cada vez que llegaba con un 9 en lugar de un 10, la respuesta era: “Podrías haberlo hecho mejor”. Aprendió que su valor dependía de lo que lograra, que nunca era suficiente.

Ahora, de adulta, cada vez que alcanza algo, su cerebro busca inmediatamente el siguiente objetivo. Porque su sistema de recompensa está roto, porque aprendió que la validación nunca dura.

Bessel van der Kolk (2014) llama a esto fobia al aspecto positivo: cuando el cerebro se acostumbró a la crítica o al rechazo, recibir algo bueno se siente extraño, incluso peligroso. Así que lo rechazas antes de que te lo quiten.

2️⃣ La ansiedad de no saber estar en paz

Pedro nunca tuvo estabilidad en casa. Un día todo estaba bien, al siguiente sus padres gritaban y tiraban cosas. Creció sin saber cuándo iba a explotar la bomba.

Ahora, con 40 años, lo tiene todo: trabajo estable, pareja que lo quiere, casa propia. Pero sigue sintiendo que algo malo va a pasar. No puede relajarse.

Porque su sistema nervioso se quedó atrapado en la alerta. Su cerebro aprendió que la seguridad es una ilusión, que la calma es solo la pausa antes del desastre.

Stephen Porges (2011) explica esto en su Teoría Polivagal: cuando hemos vivido en estado de supervivencia, nuestro cuerpo se queda pegado a la alerta. Aunque racionalmente sepamos que estamos a salvo, el cuerpo no se lo cree.

3️⃣ El miedo a la vulnerabilidad

Marina no pide ayuda. Nunca. Si algo le duele, se lo calla. Si la pasa mal, se encierra.

Aprendió de niña que mostrar vulnerabilidad era un riesgo. Que si se quejaba, la invalidaban. Que si lloraba, la llamaban dramática. Que si necesitaba algo, molestaba.

Así que su cerebro aprendió que lo mejor era no necesitar nada de nadie.

Esto se llama adaptación al trauma (Herman, 1992). Es cuando dejamos de pedir ayuda porque aprendimos que no la íbamos a recibir.

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¿Se puede cambiar lo que aprendimos de niñxs?

Sí. Pero no basta con entenderlo. Porque el trauma no se cura con fuerza de voluntad ni con frases motivacionales.

1️⃣ Regula el sistema nervioso

Si tu cuerpo sigue atrapado en la alerta, hay que enseñarle que ya no está en peligro.

Algunas formas de hacerlo:

  • Respiraciones profundas y largas (para bajar la activación del sistema nervioso).
  • Movimiento físico (para liberar tensión atrapada en el cuerpo).
  • Sensaciones placenteras (peso, calor, contacto físico seguro).

2️⃣ Procesando lo que se quedó atrapado

El EMDR (Shapiro, 1989) ha demostrado ser de las terapias más efectivas para el trauma. Ayuda a que el cerebro reorganice la memoria traumática y la archive donde corresponde, para que deje de activarse en el presente.

3️⃣ Aprendiendo a vivir sin repetir la historia

Si creciste creyendo que el amor había que ganárselo, que tenías que ser fuerte, que la calma no era segura, todo eso va a aparecer en tu vida adulta. La clave es empezar a elegir diferente.

No es rápido. No es fácil. Pero es posible.

Cómo empezar a reescribir tu historia

Si te das cuenta de que hay partes de tu infancia que siguen afectándote hoy, puedes empezar a trabajarlas aquí:

Fuentes

Artículo relacionado: Cuando el cuerpo recuerda lo que la mente olvida

Sobre Eirene García

Psicóloga sanitaria colegiada

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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