¿Y si no son solo las hormonas?

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Menopausia, deseo sexual y la vida que queremos después de los 50

Imaginemos a una mujer que, una noche, escribe en Google: «Menopausia y falta de deseo sexual».

Lleva meses durmiendo mal. A veces las relaciones sexuales le resultan incómodas y hace tiempo que no siente las mismas ganas que antes. Se pregunta si será la edad, las hormonas o si debería consultar con algún especialista.

Encuentra explicaciones sobre los estrógenos, la sequedad vaginal, los cambios en la excitación y las posibles opciones de tratamiento.

Y esa información puede ser muy útil.

Pero hay algo que el buscador no sabe.

No sabe cómo han sido sus relaciones sexuales durante los últimos veinte años. Si disfrutaba de ellas o si, en ocasiones, accedía sin tener demasiadas ganas. Si puede hablar con su pareja de lo que le gusta, de lo que ha dejado de gustarle o de lo que necesita ahora.

Tampoco sabe si lleva años ocupándose de todo el mundo, si encuentra tiempo para sí misma o si últimamente ha empezado a hacerse preguntas sobre su vida que antes no se permitía.

¿Y si la menopausia estuviera coincidiendo con otros cambios que también merecen ser escuchados?

No se trata de negar lo que ocurre en el cuerpo. La disminución de estrógenos puede tener consecuencias reales sobre la sexualidad, y algunas necesitan atención médica.

Se trata de no convertir esa explicación en la única posible.

Porque el deseo sexual no aparece en un cuerpo separado de su historia. Existe en una persona que tiene relaciones, recuerdos, expectativas, responsabilidades y una manera particular de entenderse a sí misma.

Y cuando esa persona cambia, también puede cambiar su relación con el deseo.

¿Y si lo que ha cambiado no es exactamente el deseo?

Volvamos a nuestra mujer y a su búsqueda.

Dice que ya no tiene deseo sexual. Pero ¿a qué se refiere?

Puede que haya dejado de sentir ganas espontáneas de mantener relaciones. O quizá sigue teniendo interés, pero le cuesta excitarse. Puede que experimente sequedad vaginal o dolor, y que la anticipación de ese malestar influya en sus ganas de intimidad.

Son situaciones distintas, aunque en el lenguaje cotidiano terminemos metiéndolas todas en el mismo saco.

El deseo sexual tiene que ver con el interés por vivir experiencias sexuales. La excitación incluye respuestas psicológicas y físicas ante determinados estímulos. Se relacionan, pero no son lo mismo.

Además, existe una idea bastante extendida sobre cómo debería funcionar el deseo: primero sentimos ganas, después nos excitamos y finalmente mantenemos una relación sexual.

Y no siempre ocurre así.

La investigadora Rosemary Basson propuso un modelo de respuesta sexual que ayudó a ampliar esa mirada. En algunas personas, especialmente dentro de relaciones estables, el deseo puede surgir durante una experiencia íntima placentera, en lugar de aparecer espontáneamente al principio.

Es lo que se conoce como deseo responsivo.

Esto no significa que haya que comenzar relaciones sexuales sin quererlas para ver si aparecen las ganas. La disposición, la libertad para elegir y el consentimiento son fundamentales. Significa, sencillamente, que no todas las personas experimentan el deseo de la misma manera ni siguiendo una secuencia fija.

Y tampoco la respuesta física lo explica todo. La lubricación vaginal no es una medida fiable, por sí sola, de cuánto deseo siente una mujer.

Comprender estas diferencias puede evitar que interpretemos cualquier cambio como una pérdida general de sexualidad.

Pero todavía nos queda una pregunta: ¿qué papel desempeña realmente la menopausia?

Lo que sí pueden explicar las hormonas

La menopausia es una transición biológica, no una enfermedad. Y sus cambios hormonales pueden afectar a diferentes aspectos del bienestar.

La disminución de estrógenos puede producir modificaciones en los tejidos vaginales, sequedad y molestias durante las relaciones sexuales con penetración.

Cuando existe dolor durante las relaciones sexuales hablamos de dispareunia, aunque conviene recordar que puede tener distintas causas y no todas están relacionadas con la menopausia.

Si una experiencia que antes resultaba agradable comienza a producir dolor, es comprensible que aparezca preocupación, tensión o una menor disposición a repetirla.

También pueden influir los sofocos, las alteraciones del sueño o la fatiga. Y si una mujer lleva semanas sin descansar bien, quizá sus prioridades no incluyan precisamente mantener relaciones sexuales.

No tiene por qué existir un conflicto de pareja para que ocurra.

Por eso es importante no minimizar los cambios físicos ni interpretar de entrada todas las dificultades sexuales como problemas psicológicos.

La sequedad vaginal y el dolor pueden abordarse mediante distintas opciones médicas, entre ellas lubricantes, hidratantes vaginales y, cuando está indicado, tratamientos locales con estrógenos. La valoración profesional permite considerar las causas, los antecedentes médicos y las preferencias de cada mujer.

Ahora bien, que conozcamos el efecto de las hormonas no significa que podamos explicar toda la sexualidad a partir de ellas.

Y aquí la investigación ofrece un dato interesante.

El estudio longitudinal estadounidense SWAN, que ha seguido la salud de miles de mujeres durante su transición menopáusica, encontró cambios relacionados con el deseo y el dolor sexual. Sin embargo, después de considerar otros factores, la transición no se relacionó de manera independiente con todos los aspectos de la sexualidad, como la excitación, el placer físico o la satisfacción emocional con la pareja.

La salud, el bienestar psicológico y las circunstancias relacionales también tenían importancia.

Dicho de otra manera: podemos estar viviendo una transición hormonal y, al mismo tiempo, experimentar cambios sexuales que no se expliquen exclusivamente por ella.

Y eso nos obliga a mirar un poco más allá.

Una pareja no empieza de cero a los cincuenta

Imaginemos que nuestra mujer lleva veinticinco años con su pareja.

Durante ese tiempo han compartido muchas cosas. Puede que hayan criado hijos, cambiado de casa, atravesado problemas económicos o cuidado de familiares.

Quizá han sido un buen equipo para organizar la vida cotidiana.

Pero ¿cómo ha sido su relación como pareja?

Tal vez han conservado la complicidad y el afecto. Quizá llevan años sin hablar de sexualidad. Es posible que hayan aprendido a evitar ciertos conflictos, que uno de los dos se haya acostumbrado a tomar determinadas decisiones o que la intimidad haya ido quedando en segundo plano.

También puede ocurrir que su relación sea satisfactoria y que las molestias físicas hayan aparecido sin que exista ninguna dificultad relacional previa.

Cada historia es diferente.

Lo que no parece razonable es pensar que veinticinco años de experiencias compartidas dejan de importar en el momento en que disminuyen los estrógenos.

Porque el deseo no depende únicamente de nuestra respuesta física. También puede estar relacionado con cómo nos sentimos junto a la otra persona, con la confianza, el afecto, las experiencias sexuales anteriores y la posibilidad de expresar lo que queremos.

Pensemos, por ejemplo, en una mujer que durante años ha mantenido relaciones sexuales más por satisfacer las expectativas de su pareja que por un deseo propio.

Si ahora empieza a cuestionar esa dinámica, ¿sería suficiente atribuirlo a la menopausia?

¿Y qué ocurre cuando una persona descubre que lleva tiempo sin sentirse escuchada o tenida en cuenta dentro de su relación?

No podemos concluir desde fuera que ha perdido el deseo por esa razón. Pero tampoco deberíamos pasar por alto su historia.

A veces la pregunta no es únicamente por qué han disminuido las ganas de tener relaciones sexuales.

También importa comprender cómo se han vivido esas relaciones hasta ahora.

La edad en la que algunas mujeres empiezan a hacerse otras preguntas

Mientras todo esto sucede, la vida continúa cambiando.

Puede que los hijos hayan crecido y ya no necesiten los mismos cuidados. Quizá hayan abandonado el hogar y la pareja vuelva a encontrarse con más tiempo compartido.

Para algunas personas será una oportunidad de recuperar espacios de intimidad.

Para otras, ese tiempo hará más visible una distancia que llevaba años existiendo.

También puede ocurrir que los hijos sigan viviendo en casa, que haya padres mayores que necesiten atención o que las responsabilidades profesionales continúen ocupando buena parte del día.

No todas las mujeres llegan a esta etapa con menos carga. Algunas tienen incluso más.

Pero hay algo que puede adquirir una importancia distinta: la percepción del tiempo.

Cuando somos jóvenes, muchas decisiones pueden aplazarse. Ya habrá tiempo para cambiar de trabajo, viajar, estudiar algo diferente, recuperar una afición o dedicar más atención a la pareja.

A medida que cumplimos años, algunas personas comienzan a preguntarse cuánto tiempo quieren seguir posponiendo lo que les importa.

Y esto no tiene por qué vivirse como una crisis.

Puede ser una revisión tranquila de las propias prioridades. O puede despertar tristeza, miedo, incertidumbre y contradicciones.

Una mujer puede querer profundamente a su familia y, al mismo tiempo, estar cansada del lugar que ha ocupado durante años.

Puede sentirse orgullosa de lo que ha construido y preguntarse qué partes de su vida ha elegido realmente.

Puede valorar su relación y necesitar que algunas cosas cambien.

No son sentimientos necesariamente incompatibles.

Quizá lo difícil sea encontrar espacio para reconocerlos sin sentir que está traicionando todo lo anterior.

¿Quién dijo cómo tenía que ser una mujer?

Hay otra cuestión que merece la pena explorar.

Durante décadas, muchas mujeres han crecido rodeadas de expectativas sobre su aspecto, su comportamiento y su manera de relacionarse con los demás.

Ser atractivas, pero no demasiado provocativas. Tener deseo sexual, pero sin expresarlo de determinadas formas. Ser buenas madres, buenas parejas, buenas profesionales. Cuidar, comprender, acompañar y procurar que nadie se sienta desatendido.

Y, a ser posible, hacerlo todo sin dejar de resultar agradables.

Es mucho lo que se le puede pedir a una persona.

El envejecimiento femenino también se encuentra atravesado por estas expectativas.

La juventud suele ocupar un lugar privilegiado en los ideales sociales de belleza. Las arrugas, los cambios corporales y la pérdida de determinados atributos asociados a la juventud pueden afectar a la imagen que una mujer tiene de sí misma.

Para algunas, dejar de encajar en ese modelo resulta doloroso. Pueden sentirse menos atractivas o experimentar una pérdida de reconocimiento social.

Para otras, sin embargo, esa misma etapa puede traer una experiencia diferente.

¿Qué pasa si ya no quiero seguir esforzándome tanto por encajar?

¿Qué ocurre si empiezo a conceder menos importancia a la aprobación de los demás?

Tal vez una mujer siga disfrutando de sentirse deseada, pero ya no quiera organizar su vida alrededor de resultar deseable.

Tal vez empiece a dar más espacio a sus preferencias y a poner límites que antes le costaba expresar.

O quizá no experimente ninguna de estas transformaciones.

No existe una manera correcta de envejecer ni una obligación de convertir los cincuenta en una etapa de liberación personal.

Pero cuando hablamos de sexualidad, conviene recordar que la relación con el propio cuerpo también se construye a través de la mirada de los demás.

Y que cambiar la forma en que nos miramos puede modificar lo que esperamos de nuestras relaciones.

¿Y si algunas relaciones llevaban años sosteniéndose por motivos que ya han cambiado?

En los últimos años se ha hablado del fenómeno del divorcio en edades avanzadas, a veces denominado divorcio gris.

En España, los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que el 31,2 % de los divorcios de 2025 correspondió a matrimonios que habían durado veinte años o más.

Esto no demuestra que cada vez más mujeres mayores de cincuenta estén decidiendo separarse. Para afirmarlo necesitaríamos analizar la evolución de las rupturas por edad y sexo, y también distinguir entre quien toma la iniciativa, quien solicita legalmente el divorcio y los motivos de la decisión.

Pero sí nos recuerda algo: las relaciones también pueden terminar después de muchos años de convivencia.

¿Por qué una persona decide separarse tras décadas compartidas?

No existe una respuesta universal.

En ocasiones, los cambios familiares permiten prestar atención a conflictos que antes quedaban desplazados por las necesidades de los hijos.

Otras veces influyen el deterioro de la relación, la pérdida de confianza, las diferencias en los proyectos vitales o experiencias de violencia y control. También importan las condiciones económicas y la posibilidad real de vivir de manera independiente.

Y hay quien, después de muchos años en pareja, descubre que prefiere vivir sin una relación sentimental.

No necesariamente porque haya dejado de creer en el amor, sino porque sus preferencias han cambiado.

También hay parejas que encuentran en esta etapa una oportunidad de conocerse de otra manera, negociar nuevos acuerdos y recuperar una intimidad que creían perdida.

Ninguna de esas opciones constituye por sí misma una medida del éxito personal.

No es más madura la mujer que decide separarse, ni más comprometida la que permanece en pareja.

Lo importante es que pueda comprender qué le ocurre, reconocer qué necesita y decidir teniendo en cuenta sus circunstancias y sus posibilidades.

¿Y si no se tratara simplemente de recuperar el deseo de antes?

Volvamos por última vez a la mujer que empezó buscando información sobre la menopausia.

Después de leer sobre hormonas, excitación y sequedad vaginal, quizá descubra que tiene un problema físico que necesita atención médica.

Es posible que aliviar el dolor y descansar mejor contribuya a que vuelva a disfrutar de su sexualidad.

Tal vez comprenda que su deseo funciona de otra manera y que no necesita compararlo constantemente con el de hace veinte años.

O quizá aparezcan preguntas sobre su relación que hasta entonces no había sabido cómo formular.

Todas esas posibilidades merecen ser escuchadas.

Cuando los cambios sexuales generan malestar, puede ser útil una valoración médica y, dependiendo de las circunstancias, apoyo psicológico o sexológico. No para imponer una frecuencia de relaciones considerada normal, sino para comprender qué está ocurriendo y qué alternativas pueden resultar adecuadas.

Porque tener menos deseo no constituye necesariamente un problema que haya que corregir.

Y querer recuperar una sexualidad satisfactoria también es una necesidad legítima.

La cuestión no es decidir desde fuera cuánto deseo debería tener una mujer a determinada edad. Es comprender cómo vive ella su sexualidad y qué lugar quiere darle en su vida.

Nuestra protagonista comenzó con una pregunta para la que esperaba encontrar una explicación biológica.

Puede que la encuentre. Puede que esa explicación sea una parte importante de lo que le ocurre.

Pero quizá descubra también que hay preguntas que ningún análisis hormonal puede responder por ella.

Cómo quiere relacionarse, qué necesidades desea expresar, qué cosas quiere conservar y cuáles le gustaría cambiar.

Porque el cuerpo tiene una historia biológica.

Pero también tenemos una historia vivida.

Y para comprender el deseo, a veces necesitamos escuchar ambas.


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Sobre Eirene García

Eirene García es psicóloga sanitaria, fundadora de Eirene García Psicología y autora de Cuando nada es seguro, todo es posible.

Acompaña a personas que atraviesan ansiedad, trauma, duelo, dificultades en las relaciones y momentos de cambio, desde una mirada que integra historia, contexto y necesidades actuales.

Su forma de trabajar y de comunicar busca ayudar a comprender qué está ocurriendo, qué función han tenido determinadas formas de afrontar lo vivido y qué puede necesitar cada persona para avanzar de una manera más ajustada a su realidad.

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Subtítulo Menopausia, deseo sexual y la vida que queremos después de los 50.
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Categoría Menopausia.

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