Hace unos días compartí una reflexión sobre el terrible accidente ferroviario que ha conmocionado a España y a tantas personas fuera de nuestro país.
Apenas una semana antes, yo misma había viajado en un tren de alta velocidad a Madrid, a una hora muy parecida. El día del accidente, mis suegros también viajaban a Madrid en otro tren.
Desde entonces no he dejado de pensar en lo sucedido. En las personas que perdieron la vida, en quienes resultaron heridas, en sus familias y en todas las vidas que han cambiado de manera repentina, sin aviso, de la noche a la mañana.
También me ha hecho volver sobre una cuestión que me acompañó durante buena parte del proceso de escritura de mi libro, Cuando nada es seguro, todo es posible: nuestra necesidad de creer que la vida seguirá siendo estable, más o menos, como la conocemos.
La vida que creemos tener por delante
Cuando nos levantamos por la mañana, hacemos planes. Organizamos el trabajo, las vacaciones, las comidas familiares, las cosas que queremos hacer la semana que viene. Damos por hecho que habrá una semana que viene y que, en muchos aspectos, se parecerá bastante a esta.
No lo hacemos por ingenuidad.
Nuestro cerebro necesita anticipar lo que va a ocurrir. Construye expectativas a partir de lo que conocemos, de nuestras experiencias y de las regularidades que encontramos en el mundo.
Esa capacidad nos ayuda a desenvolvernos, tomar decisiones y sentir cierta seguridad.
No podríamos vivir permanentemente pendientes de todas las cosas terribles que podrían suceder.
Pero también construimos una historia sobre cómo debería desarrollarse nuestra vida. Una historia en la que damos por sentados ciertos acontecimientos, relaciones y continuidades.
En mi libro reflexiono precisamente sobre esa especie de guion que aprendemos desde pequeñas. Estudiar, trabajar, construir una familia si así lo deseamos, envejecer, despedirnos de nuestros seres queridos cuando llegue su momento.
Sabemos que las cosas no siempre suceden así. Lo sabemos intelectualmente. Hemos conocido historias que rompen ese orden, probablemente hemos vivido algunas.
Y, aun así, seguimos imaginando el futuro desde lo que conocemos del pasado.
Cuando el pasado deja de servirnos para imaginar el futuro
El filósofo Bertrand Russell planteó hace más de un siglo una pregunta que continúa siendo relevante: ¿hasta qué punto podemos confiar en que algo volverá a suceder simplemente porque siempre ha sucedido así?
Más adelante, Nassim Nicholas Taleb recuperó este problema en El cisne negro, para explorar los límites de nuestras predicciones ante acontecimientos extraordinarios.
La experiencia nos proporciona información valiosa. Pero no puede ofrecernos una garantía absoluta sobre lo que ocurrirá mañana.
Esto no significa que todas las situaciones sean igual de imprevisibles ni que debamos desconfiar de todo. Existen riesgos que pueden estudiarse, medidas de seguridad que pueden mejorarse y responsabilidades que deben investigarse.
De hecho, confiar en que un tren llegará a su destino es una expectativa razonable, sustentada por sistemas que precisamente deberían trabajar para garantizar nuestra seguridad.
Lo que me interesa de esta reflexión no es cuestionar esa confianza, sino comprender qué sucede dentro de nosotros cuando descubrimos, de la forma más dolorosa, que nuestras expectativas no son certezas.
Lo que se rompe cuando sucede lo inesperado
Hay acontecimientos que no solo cambian nuestras circunstancias. También pueden cambiar nuestra forma de entender el mundo.
Una pérdida repentina, un diagnóstico, un accidente o cualquier experiencia que altera profundamente la vida que habíamos imaginado puede enfrentarnos a preguntas para las que no tenemos respuestas.
¿Cómo ha podido pasar? ¿Por qué ahora? ¿Cómo no lo vimos venir? ¿Qué va a ocurrir a partir de este momento?
En el trabajo clínico es importante comprender que esas preguntas no siempre buscan una explicación racional. A veces expresan la necesidad de recuperar cierta orientación cuando lo que parecía estable ha dejado de serlo.
Porque la incertidumbre no consiste únicamente en desconocer el futuro. También puede aparecer cuando perdemos la confianza en las referencias que hasta entonces nos ayudaban a comprender nuestro presente.
Una persona puede saber que un determinado acontecimiento es poco frecuente y, aun así, sentir miedo ante la posibilidad de que vuelva a ocurrir. Otra puede experimentar rabia, tristeza o una necesidad intensa de encontrar respuestas. También habrá quien no sienta una alteración particular en su vida cotidiana.
No hay una única reacción que podamos atribuir a todas las personas.
Y, sobre todo, no deberíamos confundir una reacción emocional comprensible dado el contexto con un trastorno psicológico.
Comprender no significa encontrarle un sentido a todo
Una de las cuestiones sobre las que más reflexioné mientras escribía mi libro fue nuestra relación con los cambios que no elegimos.
No es lo mismo cambiar de trabajo porque encontramos una oportunidad que perderlo de repente. No es lo mismo prepararnos para una despedida que enfrentarnos a una ausencia inesperada.
El acontecimiento importa, pero también importan la forma en que llega, nuestra historia, los recursos de los que disponemos y el apoyo que encontramos a nuestro alrededor.
Por eso me parece tan importante no apresurarnos a convertir el sufrimiento en una enseñanza.
A veces, cuando alguien atraviesa una experiencia devastadora, desde fuera intentamos ofrecerle explicaciones, esperanza o perspectivas diferentes. Queremos ayudar y nos cuesta permanecer junto a un dolor que no podemos resolver.
Pero no todo lo ocurrido necesita encontrar inmediatamente un significado. No todas las pérdidas tienen una lección. Y no existe ninguna obligación de salir fortalecida de una tragedia.
Acompañar también puede significar reconocer que algo es profundamente injusto, que duele y que todavía no sabemos cómo vivir con ello.
En terapia podemos trabajar para comprender qué ha cambiado, qué necesita esa persona y qué recursos pueden ayudarla a seguir adelante. Sin imponerle una interpretación de lo sucedido ni decidir por ella cómo debería sentirse.
¿Podemos seguir confiando sabiendo que no existen garantías absolutas?
La respuesta, al menos desde mi manera de entender la psicología, no pasa por intentar anticiparlo todo.
Tampoco por resignarnos a que cualquier cosa pueda suceder y dejar de preocuparnos por aquello que sí podemos prevenir.
Hay una diferencia fundamental entre reconocer los límites de nuestro control y renunciar a nuestra capacidad de actuar.
Podemos exigir seguridad, responsabilidad y respuestas. Podemos construir relaciones de confianza, tomar precauciones y organizar nuestro futuro.
Y al mismo tiempo reconocer que siempre habrá una parte de la vida que escape a nuestras previsiones.
Aprender a convivir con esa realidad no significa dejar de sentir miedo, ni convertirnos en personas permanentemente tranquilas ante lo desconocido.
Puede significar algo más modesto, pero también más humano: comprender que necesitamos seguridad, que no siempre podremos tenerla y que nuestras respuestas ante esa incertidumbre merecen ser comprendidas, no juzgadas.
Estos días, al pensar en las personas afectadas por el accidente ferroviario y en sus familias, vuelvo a encontrarme con muchas de las preguntas que dieron origen a mi libro.
No tengo una reflexión capaz de aliviar una pérdida de esta magnitud. Tampoco creo que sea necesario buscarla.
Quizá, por ahora, lo más importante sea mantener el respeto por quienes están sufriendo, acompañar de la manera que cada persona necesite y seguir exigiendo que se esclarezca lo ocurrido.
Y recordar que la vida que damos por hecha es, precisamente por eso, una vida que merece ser cuidada.




